
—¿Fue el partido más difícil de tu vida?
La pregunta del periodista me enfrentó a algo familiar, pero de lo que yo no era totalmente consciente.
Acababa de ganarle la final del mundial a Jahangir Khan, el mejor jugador de squash de todos los tiempos. Un hombre extraordinario con el invicto más largo de toda la historia y de todos los deportes: cinco años y medio sin perder un partido. Ni uno solo. La cantidad de veces que habrá jugado con fiebre, contracturado, aburrido, desconcentrado por peleas con su mujer, un organizador, o su padre, y aun así entró a la cancha y ganó. No hay otro deportista que haya logrado lo mismo. Y yo acabo de ganarle.
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Con mi hermano Brett siempre tuvimos una relación compleja. Él es dos años más grande y desde que tengo recuerdos, mantenemos una competencia silenciosa, casi invisible, incluso antes de que ambos empezáramos a jugar al squash.
Uno de mis primeros recuerdos de esta lucha brutal es cuando yo tenía ocho años. Un día, al salir del colegio, Brett me propuso jugar una carrera hasta casa. El que primero lograra sentarse a la mesa se quedaba con el postre del otro. Confiando en mí mismo acepté el desafío aunque mirando para atrás, no era una decisión inteligente. La diferencia de edad hacía que mi hermano fuera bastante más alto y desarrollado que yo.
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Salimos del colegio a toda velocidad y corrimos las cuatro cuadras que había hasta casa. Brett me fue sacando una ventaja y era evidente que ese día iba a quedarse con mi postre. Perdido por perdido, se me ocurrió una idea audaz. Habitualmente entrábamos a casa por la puerta de servicio porque la principal estaba cerrada con llave. Como el comedor de diario, a donde teníamos que llegar y sentarnos, estaba antes que la puerta de servicio, no dudé un instante. Con el envión que traía por la corrida, me tiré contra la ventana, rompí el vidrio y logré sentarme antes que Brett.
Él había entrado a casa por la puerta y llegó justo para ver cómo yo le ganaba. Mamá apareció alertada por el ruido de los vidrios rotos, y quedó petrificada al ver la escena. Yo tenía heridas sangrantes, pero estaba orgullosamente sentado en mi silla. El postre de Brett era mío y no me importó nada que tuviéramos que ir a la guardia para que me dieran doce puntos de sutura en el antebrazo.
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No sé cuándo empezó esta locura entre nosotros. Es difícil identificar los hechos que nos marcaron y establecieron nuestra rivalidad. Quizás tenga que ver con haber nacido segundo y que todas las miradas familiares estuvieran puestas en Brett.
Diversas situaciones forjaron nuestro camino de antagonismo, silencioso pero firme. En el fondo yo solo anhelaba que a mí también me miraran, que me quisieran como lo querían a él.
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Él siempre fue la gran esperanza familiar. A él le compraban la ropa linda y a mí me llegaba lo que él dejaba de usar o le quedaba chico. Él tenía un lugar de importancia en las comidas familiares, mientras que yo parecía ser invisible. Ni hablar del deporte. Todo lo mejor siempre era para él, el hijo mayor, al que había que apoyar y estimular. Mis padres estaban sorprendidos por el talento de Brett para el squash. Yo, en cambio, empecé a jugar porque no me quedaba más remedio. Toda la familia lo acompañaba a los partidos casi religiosamente, y mi hermana y yo no teníamos más alternativas que estar ahí. Entre aburrirme mirándolo jugar torneos, o intentar aprender ese deporte, opté por esto último.
Acabo de ganar el campeonato mundial de squash, el deporte que Brett siempre jugó tan bien, en el que toda la familia siempre lo apoyó. Él esta décimo en el ránking. Pero ahora el rey soy yo.
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—Sin duda, ganar el campeonato mundial y nada menos que a Jahangir Khan, el mejor jugador de toda la historia, es increíble —contesté—. Pero a pesar de ser un partido de una intensidad descomunal como ustedes vieron, no fue el partido más difícil de mi vida. Mis partidos más difíciles son siempre con mi hermano Brett. Con Jahangir Khan solo peleamos por el campeonato del mundo. Con mi hermano, en cambio, se juegan cosas mucho más importantes.
***
Con frecuencia, alcanzar el éxito, más que reparar las heridas, las subraya.
Rara vez nuestros objetivos son por los motivos que creemos; suelen tener otras causas subyacentes, que son las realmente importantes.
* Juan Tonelli es escritor y speaker, autor del libro “Un paraguas contra un tsunami”. www.youtube.com/juantonelli
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