
Mi nono Bruno, cuando ya estaba cerca de los 80, escribió sus memorias. No las de toda su vida. Las de su adolescencia y su juventud. Piamontés, había sido maquinista de tren durante la guerra: cruzaba cada día del territorio partisano al fascista y se daba vuelta la escarapela en el saco justo en el límite para no morir fusilado por el bando equivocado. Contaba cómo viajó como polizón en el barco que lo trajo a la Argentina junto a mi padre Ruggero y sus hermanas, escapando de un mundo que acababa de romperse. Recordaba detalles mínimos. El miedo. El hambre. Los nombres. El ruido de los trenes. La textura de ciertas escenas.
Y al mismo tiempo podía no acordarse qué había pasado dos semanas antes, qué había almorzado o quién había llamado por teléfono esa mañana.
Hasta hace muy poco se supone que así funcionaba “la memoria de los viejos”. Una especie de ley natural: recordar perfectamente la juventud y olvidar lo reciente. Pero se acaba de abrir una pregunta preciosa, casi conmovedora. ¿El cerebro envejece y por eso solo conserva con fuerza lo que pasó hace décadas? ¿O recordamos mejor aquello porque estaba ocurriendo mientras la vida todavía ardía?
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La ciencia que estudia hoy a los superagers —octogenarios con memoria episódica fuera de lo común— sostiene que los recuerdos necesitan intensidad, novedad y emoción para consolidarse. Y que cada vez que lo hacen, estimulan la corteza cerebral, la engrosan y la mantienen viva. Recordamos más porque el cerebro se mantiene bien, pero el cerebro se mantiene bien porque seguimos recordando. La paradoja es esta: el problema no es que los adultos mayores olvidan el presente. El problema es que envejecer, demasiadas veces, hace que haya cada vez menos escenas que se impriman con esa intensidad.

Qué es un superager
Desde el año 2000, un equipo de la Universidad Northwestern, en Chicago, sigue a personas mayores de 80 que desmienten buena parte de lo que creíamos saber sobre el cerebro que envejece. Para entrar en el programa hay una sola condición: la memoria episódica —la memoria de episodios vividos— tiene que ser igual o mejor que la de alguien de entre 50 y 60 años. De casi dos mil personas evaluadas en 25 años, menos del diez por ciento calificó. Vale aclarar qué significa eso, porque solemos confundir memoria con inteligencia o con capacidad de acumular datos. No es recordar capitales del mundo ni fechas históricas. No es resolver crucigramas. La memoria episódica es el sistema cerebral que organiza la propia biografía: no saber que París es la capital de Francia sino recordar aquella tarde en París, no saber quién ganó un Mundial sino acordarse dónde estaba uno cuando pasó, quién gritó el gol, qué cara puso alguien en la mesa o qué olor tenía la calle al salir.
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Cuando los investigadores empezaron a mirar esos cerebros encontraron algo desconcertante. Las regiones vinculadas con la memoria, la atención y la motivación parecían mucho mejor preservadas que en otros adultos mayores. En algunas zonas, la corteza cerebral era incluso comparable a la de personas décadas más jóvenes. Tenían además más neuronas de von Economo: células asociadas a la empatía y el comportamiento social que en el resto empezaban a escasear. Y este año, un paper publicado en Nature sumó el dato más sorprendente: los superagers siguen generando neuronas nuevas en el hipocampo —la región central de la memoria— en niveles mucho mayores que otros adultos mayores saludables. El doble, a veces más, que personas mucho más jóvenes. Durante años imaginamos el envejecimiento cerebral como una lenta despedida, algo que había que frenar o simplemente acompañar. Quizás el cerebro viejo no sea un museo. Quizás todavía sea una obra en construcción.

El giro que nadie esperaba
La primera pregunta fue la obvia: ¿qué tienen distinto estas personas? ¿Una genética privilegiada? ¿Menos inflamación? ¿Algún secreto escondido en la dieta o el ejercicio? Pero a medida que pasaban los años y el estudio continuaba, la pregunta empezó a desplazarse. Ya no era solamente qué tenían esos cerebros sino cómo vivían esas personas.
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Los superagers no responden a la fantasía contemporánea del envejecimiento perfecto. Muchos no hicieron ejercicio extremo. No siguen rutinas obsesivas ni dietas milagrosas. En uno de los estudios, el 71% había fumado alguna vez y el 83% tomaba alcohol regularmente. No son precisamente los héroes del biohacking, esos hombres de Silicon Valley que miden glucosa, microbiota, sueño profundo y edad biológica mientras convierten el envejecimiento en un Excel.
Mirtha Legrand encaja sorprendentemente bien en el perfil. Ella misma contó más de una vez que nunca fue disciplinada con el ejercicio y que suele acostarse tardísimo. Hace unas semanas fue al Teatro Colón y después a un recital el mismo día. Volvió de noche, durmió poco y al día siguiente estaba sentada frente a invitados que todavía no sabía bien qué le iban a responder. Quizás el secreto de Mirtha no sea genético. Quizás tenga más que ver con otra cosa: todavía vive una vida llena de episodios, sigue trabajando, sigue saliendo, sigue sorprendida, sigue teniendo conversaciones nuevas y cierta incertidumbre sobre cómo termina la noche.
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Eso es lo que aparece una y otra vez en la investigación. Los superagers son personas profundamente involucradas con el mundo. Mantienen relaciones significativas, conservan curiosidad, aprenden cosas nuevas, participan en actividades, sostienen responsabilidades y, sobre todo, parecen conservar una sensación de propósito. Emily Rogalski, una de las investigadoras principales del programa, observó que suelen involucrarse en actividades que los desafían un poco, que los obligan a salir de una comodidad demasiado estrecha: aprender un idioma, empezar música, seguir trabajando, coordinar grupos, viajar, hacer voluntariado, sostener una agenda donde todavía siguen pasando cosas.

La memoria episódica necesita episodios
Me sé de memoria letras enteras de canciones de cuando tenía 12, 13 o 14 años. Las que escuchábamos caminando de vuelta del colegio o cantábamos con guitarra en los fogones de Pehuen Có los fines de semana. Puedo acordarme de cada palabra de Sui Generis, de Serrat, de Silvio, de una canción de amor imposible que sonaba en un cassette gastado y que en ese momento parecía escrita exactamente para una. En cambio, me cuesta muchísimo incorporar canciones de ahora. Las escucho, algunas me gustan, pero rara vez quedan tatuadas del mismo modo.
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La explicación fácil sería decir que la memoria envejece. Pero quizás haya algo más. Aquellas canciones no eran música de fondo: las escuchábamos como si escondieran una verdad importante, aprendíamos cada palabra, las discutimos con amigos, les dábamos significado, las volvíamos parte de nuestra identidad. Estaban asociadas a un primer amor, a una tristeza nueva, a la sensación vertiginosa de estar descubriendo el mundo. Con el tiempo, muchas veces, la música empieza a sonar mientras hacemos otra cosa: manejamos, cocinamos, miramos el teléfono. No es necesariamente que el cerebro ya no pueda aprender canciones nuevas. Es que pocas veces volvemos a escucharlas con la intensidad de quien todavía siente que una letra puede cambiarle algo de la vida.
La memoria episódica trabaja con escenas reales, con emoción, con sorpresa, con personas, con novedad. Un cerebro recuerda porque algo pasó, porque importó, porque todavía no se sabía cómo iba a terminar. Quizás por eso el verdadero problema de muchas vidas largas no sean los años sino el achicamiento del mundo. Después de cierta edad, todo parece organizarse alrededor de la prudencia: los amigos se mudan al WhatsApp, los hijos dejan de contar problemas para “no preocupar”, los médicos recomiendan calma, la ciudad se vuelve menos amable, el algoritmo decide que ya no queremos entradas para recitales sino remedios para dormir y sillas ergonómicas. Sin quererlo, la vida puede empezar a volverse más repetitiva justo cuando tenemos más años por delante.
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Y si la memoria episódica funciona organizando escenas, vale la pena hacerse una pregunta incómoda: ¿qué pasa cuando dejamos de producir escenas nuevas? Un estudio publicado en PLOS One mostró que los superagers reportaban relaciones interpersonales significativamente más positivas que otros adultos mayores. Otros trabajos encontraron asociaciones entre tiempo compartido con amistades y mejor memoria episódica. La ciencia todavía no puede decir que tener amigos previene mágicamente el deterioro, pero empieza a sugerir algo bastante menos romántico y mucho más interesante: la amistad, la conversación y el sentido de pertenencia podrían no ser solamente factores emocionales sino también cognitivos.

El entorno también construye memoria
La neurocientífica argentina Vanina Salinas, que trabaja sobre neuroarquitectura, agrega una capa que pocas veces aparece en esta discusión: el cerebro no envejece en abstracto, envejece dentro de entornos. Una ciudad caminable o una hostil. Un barrio donde alguien todavía saluda. Un café donde recuerdan el nombre. Una plaza con bancos y gente. Una librería donde alguien recomienda un libro. No hay memoria episódica sin escenas, y no hay escenas sin lugares donde ocurran. El entorno no es el decorado de la vida. Es parte del guion.
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Argentina en el mapa
En América Latina recién empieza a estudiarse el fenómeno. Un equipo de la Pontificia Universidad Católica de Rio Grande do Sul publicó en 2025 el primer estudio regional con adultos brasileros evaluados con imágenes cerebrales y pruebas neuropsicológicas completas, y los resultados confirman que la resiliencia cognitiva no es exclusiva del norte global: hay superagers latinoamericanos, y sus cerebros muestran los mismos marcadores. En Argentina, investigadores del CONICET y FLENI lanzaron recientemente el primer estudio local para entender qué factores permiten llegar a los 80 con memoria comparable a la de alguien de 50. El dato importa porque el neurocientífico Ricardo Allegri estima que hasta el 60% de los casos de demencia podrían prevenirse en Argentina, quince puntos por encima del promedio mundial. Entender por qué algunas personas envejecen tan bien cognitivamente dejó de ser solamente fascinante. Se volvió urgente.
El hallazgo más importante de los superagers no tiene tanto que ver con aprender a recordar como con aprender a seguir viviendo de una manera que produzca recuerdos. Porque quizás el cerebro no necesite solamente ejercicios de memoria. Quizás necesite conversaciones largas, lugares donde ir, algo de incertidumbre, personas nuevas, proyectos todavía abiertos, historias sin terminar.
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Mi nono Bruno recordó hasta el final la escarapela que daba vuelta en el tren. El miedo de cruzar la frontera. El ruido del mar desde la bodega del barco. Si esos años no se borraron no fue porque tenía una memoria extraordinaria. Se grabaron porque estaba vivo de una manera que no pedía permiso.
Gabriela Cerruti es escritora y periodista especializada en nueva longevidad. Autora de La Revolución de las Viejas.
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