
Al procedimiento que tiene como fin concretar la donación de un órgano y trasplantarlo de un cuerpo a otro se le llama “operativo”. Una palabra que hace pensar más en un despliegue de personas, recursos y materiales que en un acto quirúrgico. Que hace pensar más en una misión arriesgada, en una unidad entrenada que ocupa posiciones para custodiar un bien preciado, en una estrategia planificada con minucia que se pone en marcha. Un trasplante de órganos es, también, todo eso.
La cadena de acciones que deben estar coordinadas con precisión de reloj suizo y disciplina militar cuando se activa el protocolo de la donación implica una operación logística intrincada más allá de la cirugía, que es la meta final. Los equipos de personas involucrados deben estar completamente en sincronía para realizar la ablación, trasladar e implantar un órgano vivo en un receptor. Sobre todo cuando se trata de un órgano torácico. El corazón y los pulmones se mantienen aptos para un trasplante entre cuatro y seis horas después de ser extraídos de un cuerpo. El hígado puede funcionar hasta por doce horas y los riñones hasta treinta seis. El operativo enciende un cronómetro tirano. En tiempo récord se debe extraer el órgano del cuerpo del donante y trasladarse, en estrictas condiciones de conservación, al punto del país donde lo esté esperando quien lo necesite. Para eso se arman cordones sanitarios con escolta policial, se dispone de vuelos especiales y de ambulancias. Mientras la acción sucede, otro equipo de profesionales prepara todo para implantarlo en el cuerpo que es destino: operaciones quirúrgicas que suelen ser para los médicos, para los pacientes, para sus acompañantes, un gran shock de adrenalina.
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Quien espera el órgano, especialmente si es un corazón o un pulmón, no tiene manera de saber cuándo llegará. Pueden ser días, pueden ser meses. Tal vez demasiados. Si el paciente está en emergencia nacional, si lo espera internado, si de eso depende la continuidad de su vida, cualquier momento puede ser “el momento”. Ese en el que se abre la puerta de la habitación y alguien dice: empezó el operativo.

***
—Yo, de esta, salgo.
Micaela Galetzky no tenía dudas. En el momento en el que decidió internarse en el Hospital Italiano, sin fecha de salida, a la espera de un trasplante, no había en ella un gramo de inseguridad. Había agotamiento. Necesitaba no uno sino dos pulmones nuevos. No tenía la más mínima idea de si iba a estar ahí tres días, tres meses o tres años. Solo sabía que ella no volvía a cruzar la puerta si no era trasplantada. El 17 de agosto de 2024 había cumplido 23 años. El 18, se mudó al hospital.
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La determinación de todo el universo cabe en un cuerpo de un metro y medio.
La determinación contra todos los vientos y todas las mareas.
—No importa cuánto tiempo: salgo.
La determinación inexpugnable.
Eso fue lo primero.

***
Cuando Micaela nació ni su madre, Paula Pupkin, ni su padre, Mariano Galetzky, sabían lo que era la fibrosis quística. Tampoco imaginaban que se volverían expertos en esta enfermedad que le diagnosticaron a su primera hija con cuatro días de vida.
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—La FQ [fibrosis quística] es una enfermedad genética que afecta la parte pulmonar, la parte digestiva, es multiorgánica —explica Paula Pupkin del otro lado de la pantalla—. Las mucosas del cuerpo se endurecen, se engrosan, y eso trae trastornos. Genera complicaciones en la parte respiratoria, digestiva, pancreática y en todo lo que tiene que ver con estas secreciones espesas. Con lo cual, mi hija, desde que nació, está con enzimas pancreáticas [N. de la R: son proteínas producidas por el páncreas para descomponer grasas, proteínas y carbohidratos en el intestino delgado para su absorción. Cuando el páncreas no las produce adecuadamente se recetan suplementos para reemplazarlas], con nebulizaciones y tratamientos pulmonares para ablandar las mucosas que no puede expectorar.
Cuando Micaela nació y los médicos le diagnosticaron fibrosis quística, a sus padres le dijeron: no busquen en Google.
—Nos empezamos a meter en Google y veíamos: “Probabilidad de vida: diez años”, locuras que nos dijeron “no se enganchen porque cada cuerpo responde diferente” —recuerda Paula—. La fibrosis quística tiene un montón de mutaciones, de combinaciones diferentes, con lo cual teníamos que ver cómo iba a responder Mica. Los médicos nos dijeron que podía tener una o dos internaciones por año, cada dos meses, dependía de cómo iba a reaccionar su cuerpo, porque tenía infecciones respiratorias constantemente. Entonces había que controlar todos los meses con cultivos que no estuviera infectada y que no decayera su parte pulmonar; nebulizaciones: tres, cuatro veces por día desde que nació; kinesiología respiratoria desde que nació. Y la verdad es que vino rebien con todos los tratamientos. Tuvo dos internaciones en toda la primaria e hizo una vida totalmente normal, con su medicación. A los 12 años la enfermedad le disparó una diabetes —nos habían dicho que podía aparecer porque el páncreas está afectado—, con lo cual Mica empezó a ser insulinodependiente. Pero venía muy bien llevada. Hasta los 19 años. Hasta la pandemia, que ahí se desajustó absolutamente todo.
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La agenda cotidiana de Micaela incluía tratamientos, consultas y controles. Diabetóloga, nutricionista, neumólogo, pediatra, y después médicos especializados, eran los pilares sobre los que construía su vida. Esa era su normalidad. La forma habitual en la que convivía con su “amienemiga, la FQ”, como escribe en un post de su cuenta de Instagram. Si había desafíos —y los había— ella, su familia y su entorno encontraban la manera de surfearlos. Como cuando a los 15 años quiso viajar a Israel por un mes como todos sus compañeros y compañeras de colegio y fue pertrechada con su “kit de medicación”, de nebulizadores e indicaciones que ya sabía de memoria. Para ese viaje su familia logró conseguir, incluso, un chaleco vibrador que suplía las sesiones de kinesiología que necesitaba para despegar los mocos de los pulmones y en ese tiempo no iba a poder hacerse.
—Siempre lo tomé como muy natural porque no sabía vivir de otra forma —dice Micaela desde su cuarto, pantalla de por medio—. Como esa siempre fue mi vida, es normal para mí. Capaz una que otra cosa sí era como media pesada pero, en cuanto a los tratamientos, siempre intenté hacerlo lo mejor que pude. Siempre uno se cansa, se frustra, pero tuve el acompañamiento de todo mi entorno, porque si no es imposible. Mis papás, bah, toda la familia y amígos y cercanos y la colectividad también, pero eso ya más para cuando fue la espera del trasplante.
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Con medicaciones, chequeos y turnos constantes, no dejó de hacer nada de lo que deseaba. Ni siquiera la tos, esa que la asediaba cada noche de su vida desde que nació, que la despertaba —y a toda su familia que vivía alerta— cuando la atacaba en accesos que duraban incluso horas hasta que quedaba bordó y agotada, la que se volvió crónica y no le permitió descansar de corrido en más de dos décadas, se atrevió a coartarle los planes.
Hasta que llegó el covid.

***
La cuenta de Instagram de Micaela se llama “Mi historia con FQ” (@mihistoriacon_fq). En la pequeña bio que permite la plataforma, bajo la imagen de perfil, dice: 24 años. Buenos Aires, Argentina. Paciente con FQ. Después, en nueve palabras, lo sintetiza todo: “Tu respiras sin pensar, yo solo pienso en respirar”.
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El primer posteo está dedicado a su madre. Y en la primera foto están abrazadas, de espaldas y ajenas a la cámara, mirando más allá, en la terraza del Hospital Italiano. En el resto del carrete hay más en el hospital: entrenando en la misma terraza, en una camilla vestida con camisolín de friselina y sonrisa desbocada, con su familia alrededor, antes de entrar al quirófano.
El segundo, es un video que compila imágenes de su entrenamiento en el hospital: corre, salta, hace ejercicios aeróbicos en la terraza, bicicleta fija en la habitación. Aparecen su madre y una kinesióloga a la que agradece. En las imágenes, mientras se ejercita, arrastra un cable —lo suficientemente largo para permitirle un buen rango de movimiento— que sale de su nariz y está conectado a un tubo. Debajo escribe sobre lo clave que fueron la kinesiología y la rehabilitación pulmonar y explica que “al estar en lista de espera en emergencia nacional dependía de tener el oxígeno puesto todo el tiempo”, y que el entrenamiento la ayudaba a estar en buen estado, fortalecer los músculos, a “mantener lo mejor posible mi capacidad respiratoria” para cuando llegara el momento del trasplante. Brinda un poco más de información y se ofrece ante quien necesite o desee saber algo más.
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El tercer posteo abre con una foto de una nena de no más de tres años mirando a cámara con la cabeza ladeada, la boca manchada de chocolatada y mirada pícara. Abajo va al hueso: “Mi historia con fibrosis quística”. “Desde el año 2023 tomé una de las decisiones más importantes y difíciles que me tocó afrontar. Aceptar que mi vida como la estaba viviendo no estaba buena, ya que mis pulmones estaban deteriorándose cada día un poco más. Es por eso que decidí, junto al equipo médico y mi familia, entrar en la lista de espera de trasplante bipulmonar. Porque al tener fibrosis quística los dos pulmones se ven afectados de la misma forma. Durante este tiempo, con muchos controles e internaciones de por medio, seguí mi vida lo más ‘normal’ posible. Haciendo siempre los tratamientos con mucha ayuda de mi entorno, porque sin ellos no sé si hubiese tenido los ovarios de tomar esta decisión. Siempre con algunos momentos mejores que otros pero siempre positiva y optimista ya que tengo 23 años y un montón de proyectos y objetivos por cumplir. (...) ¿Fue una decisión fácil? La verdad, no. Pero me superaba en todo sentido y yo ya sabía que en algún momento iba a tocar estar en este lugar por cómo me venían encontrando los neumonólogos (...). El 18 de agosto del 2024 TOQUÉ FONDO. Tanto mental como físicamente, y fue en ese momento que decidí venir al Hospital Italiano”.

***
—Llega la pandemia, en 2020, caos generalizado mundial —repasa Paula—. En casa tuvimos todos covid: Mariano, que es el papá de Mica; Mati, el hermano más chico (que acaba de cumplir 21); y yo. Y Mica no se contagió. Los tres nos contagiamos y ella no se lo pescó, con lo cual era un milagro porque nosotros vivimos en un cuatro ambientes. Al año siguiente, cuando hubo un segundo rebrote, en el 2021, Mica se contagió de covid y ahí empezó en picada. Empezó a decaer. No podía repuntar. Internaciones cada dos meses, no respondía a los tratamientos endovenosos, que eran 15 días de internación con antibióticos más toda la profilaxis de antibióticos que tuvo toda su vida: nebulizaciones, puff, broncodilatadores, vitaminas y todo lo que se te ocurra. Ahí empezamos a hablar de que en algún momento podía llegar a ser que tuviera que ser trasplantada.
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La madre de Micaela dice que siempre supieron que algún día. Que quizás. Que tal vez. Que podía llegar a ser una opción. Era un escenario que, tanto ella como su marido, preferían empujar un poco más hacia la incertidumbre del futuro. Dejarlo conjugado en potencial.
—Lo veíamos recontra lejano porque Mica siempre respondía bien a los tratamientos endovenosos. Pero ya el último año antes de la operación, el 2024, había tenido como tres internaciones en lo que iba de la primera mitad del año. O sea, 15 días internada, con internación domiciliaria, venía muy en picada. Mica cumple años el 17 de agosto, de hecho suspendió el festejo ese año porque no se sentía bien, pero dijo: “Mi cumpleaños no lo paso internada”. Aguantó. Y el 18 la internamos.
—¿Habían pensado en hacerlo antes?
—Es muy difícil. Siempre es costo - beneficio. Cuando nos plantean la posibilidad del trasplante había dos opciones, o que Mica entrara en una lista de espera temprana, porque los médicos a veces sugerían que era mejor que se trasplantara cuando ella estaba fuerte y en buenas condiciones y no esperar a un deterioro extremadamente irreversible, que era la otra alternativa. Las infecciones le traían baja de peso, porque no comía, y ella, por su enfermedad, siempre fue muy flaquita porque no asimilaba bien la comida por esta insuficiencia pancreática y digestiva como consecuencia de las mucosas engrosadas. Entonces era todo muy complicado. Si nivelaba la parte digestiva, se alteraba la respiratoria y una cosa llevaba a la otra. Las infecciones disparaban la glucemia, entonces tenía picos altísimos, eso generaba más infecciones. Cuando nivelaba la infección con el antibiótico subía la glucemia. Controlaba la glucemia y se volvía a infectar. Un círculo de nunca acabar. Pero para nosotros era muy difícil decidir porque, con los tratamientos, Mica estaba bien. Y había un riesgo muy alto en el trasplante. Tenía que ser bipulmonar, o sea, los dos pulmones. Entonces era: “¿Y si no sale bien?”, porque también corríamos ese riesgo. “Si hoy está bien, ¿la meto en un quirófano?”.
Paula purga. Llora. Respira hondo.
—Con el diario del lunes es todo fácil. La verdad que es muy, muy difícil. Muy, muy difícil. Pero Mica dijo: “Yo no aguanto más”.

***
La lista de espera para ser trasplantado tiene tres instancias. La primera, en la que el paciente aguarda un órgano pero puede continuar su vida habitual hasta que llega, lo llaman y se interna de inmediato para operarse. La segunda, en la que tiene un nivel de urgencia más agudo pero todavía sigue llevando una vida normal. Y la tercera, cuando se considera que el paciente está en emergencia nacional. En este caso debe estar internado en terapia a la espera del trasplante sin poder salir del hospital. Si decide irse, aunque sea por poco tiempo y a poca distancia, si sale de la internación, si cruza el umbral, automáticamente es dado de baja. La persona que está en emergencia nacional ocupa uno de los diez primeros lugares de la lista.
Micaela estaba anotada en la primera instancia. Y terminó por internarse con un cuadro y una saturación física y mental que la condujeron a la tercera, sin escala.
Así lo recuerda su madre: “Cuando ella se internó, el 18 de agosto, le tuvieron que poner el CAF, que es una cámara que es previa al respirador, es un tubo de oxígeno —cánula de oxígeno de alto flujo, así se llama—, porque Mica no podía respirar por sus propios medios. Y nos dijeron: “Chicos, no sale de acá si no es trasplantada”. Ahí yo me fui enterando que el tiempo era incierto. Nosotros no sabíamos cuánto iba a estar internada. En un momento Mariano dice: “¿Y si Mica no quiere quedarse internada?”. Y Mica le dijo: “Papá, yo no me voy a casa, yo no doy más“. Escuchar que tu hija te diga “no doy más” es tocar fondo y entender: no quiere seguir así.
Así lo recuerda Micaela: “Hace tres años tomé la decisión, a partir de que varios de los médicos que me trataban me recomendaron empezar a ver la posibilidad del trasplante bipulmonar, de anotarme en la lista de espera porque ya venía con muchas internaciones por año y no era vida. Entonces, dije: “No es lo que más quiero, pero si es el último recurso, el último tratamiento, lo voy a hacer”. En 2023 ya estaba haciendo todos los estudios y todo lo que te piden para agregarte a la lista de espera. Pero la diferencia es que yo entré a la que es como ambulatoria, en la que seguía mi vida normal. O sea, yo estaba en la lista pero seguía yendo a la facultad, seguía entrenando, haciendo baile, gimnasio, trabajando en educación no formal. Ya en 2023 tuve como seis internaciones en un año y era muchísimo, tampoco podía seguir así porque era interrumpir mi vida cada dos meses o cada mes y era imposible. Y en 2024, cuando también me pesaba no solo por cómo me sentía sino porque no tenía fuerzas para hacer las cosas entonces no respondía como yo quería o necesitaba para todo lo que quería hacer, un día después de mi cumpleaños —porque dije: “Yo este cumpleaños no lo paso en el hospital”— decidí internarme definitivamente para esperar el trasplante. Dije: “Si esto me cambia la vida, que sea”.
—Cuando decidís internarte a esperar y te plantás: “Yo de acá no salgo hasta que no tenga mis pulmones nuevos”, ¿te imaginaste que podía pasar tanto tiempo?
—No. En el momento no pensé que iban a ser tantos meses. Sí me habían dicho un estimado, según estadísticas, que creo que era algo de seis meses. En mi caso también se sumaba que soy petisa, que soy mujer, todas las condiciones que se necesitaban para que el órgano fuese apto para mí. Capaz también eso influyó en que fuera tanto tiempo. Cuando se estaban por cumplir los seis meses vino uno de los cirujanos del equipo y me dijo: “Mira, está esta segunda posibilidad que es la de achicar un órgano para que se acomode a vos. La estamos intentando evitar porque capaz es un poco más riesgoso, la operación es más complicada”. Y yo: “Si es necesario hacerlo, háganlo”.
La determinación de todo el universo cabe en un cuerpo de un metro y medio.
La determinación contra todos los vientos y todas las mareas.
—No importa cuánto tiempo: salgo.
La determinación inexpugnable.
Eso fue lo primero.

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Micaela Galetzky entró al Hospital Italiano el 18 de agosto de 2024. En ese momento no lo sabía: pasaría ocho meses ahí. Lo único que sí sabía era que cuando volviera a su casa respiraría hondo.
Durante medio año la habitación de terapia intermedia se convirtió en su mundo. Lo que hizo fue llevar con ella a esas cuatro paredes, que su familia y amigos empapelaron de fotos y dibujos, sus ganas incontenibles de vivir. Y ese cuarto se transformó en gimnasio, en oficina, en academia. Todo el tiempo que estuvo internada Micaela cursó, estudió y rindió materias de su carrera —“ponía el cartelito en la puerta de la habitación: ‘No molestar de 10 a 12 que estoy rindiendo’, cuenta Paula—”; consiguió un trabajo que podía hacer remoto; entrenó dos o tres veces por semana para llegar fuerte a la operación y que la rehabilitación fuera más fácil; continuó con su vida social y amorosa garantizada por una red enorme de familia, amigos, novio, hermano y su madre y su padre que se turnaban cada noche para dormir con ella.
—Intenté acomodar mi vida a esa nueva rutina como pude —dice Micaela—. Antes del trasplante yo tenía kinesiología todos los días, capaz dos veces por día, hacía rehabilitación pulmonar desde antes de internarme y, en ese momento, el ejercicio me salvó. Porque era salir a dar una vuelta, aunque fuera a la terraza del hospital. Era salir una hora a tomar aire. También seguí estudiando virtualmente. Al principio dije: “Uy, no me van a dejar desde la facultad” (porque era todo presencial). Y cuando me dieron la posibilidad dije: “Yo le mando, ya está. Si tiempo, acá, hay de sobra”. Después, todo lo vincular, social y familiar fue el sostén. Porque tenía visitas casi todos los días, siempre estuve acompañada. En el medio tuve dos veces covid. Eso fue un poco complicado porque tenía restringidas todas las visitas, solo mis papás podían verme y hasta ahí. Pero lo que más me acuerdo es que también me acompañaron mucho los profesionales, los médicos de todas las áreas. Estaban todos muy atentos, se formó una red de contención adentro del hospital también. Eso hizo que no perdiera la cabeza. Y me hizo sentir cómoda y en un lugar seguro en un ambiente no tan agradable, y a la espera. En ningún momento pensé: “Bueno, me voy, me quiero ir”.
Micaela y su familia nunca supieron cuánto tiempo iban a estar esperando. Su contextura pequeña, casi de adolescente, hacía que necesitara órganos pequeños pero que a la vez estuvieran desarrollados, porque no era una niña. Especificidades que dificultaban la búsqueda y eternizaban ese estado de paréntesis, de signo de pregunta.
Además de la red de amigos, familia y médicos que la contenían —a ella y a sus padres— los tres estaban acompañados por terapeutas, psiquiatras y formaban parte de los grupos de apoyo psicoemocional del Incucai en el que, una vez por semana para familias y una vez por semana para los pacientes, intercambiaban experiencias, ansiedades, recibían testimonios de personas ya trasplantadas, despejaban dudas. El material que les cimentaba un piso en el cual apoyarse era sólido y forjaba una plataforma gruesa. La decisión y el espíritu de Micaela hacía todo lo demás.

***
La operación no era algo de rutina. Era una carrera contra el tiempo. Y un desafío quirúrgico imponente. Debían remover los órganos para extraer sus pulmones, colocarle pulmones artificiales mientras trabajaban en los nuevos, reducir los que habían llegado para que entraran en su caja torácica, sacar los artificiales y colocar los donados. Todo en la misma cirugía. Por si faltara algún condimento para generar una buena descarga de vértigo en el equipo médico, entre que se extraían los órganos del donante y comenzaba la operación, como eran pulmones, no podían transcurrir más de seis horas.
—¿Tuviste miedo en algún momento?
—No. Creo que desde el momento en que dije me interno y lo espero nunca pensé en el miedo. Nunca terminé de dimensionar lo que era la operación, siendo muy sincera. Porque si lo dimensionás empezás a tirarte para atrás y esa no era opción, al menos para mí.
***
El 13 de febrero de 2025, a las cinco de la mañana, la puerta de la habitación de Micaela, esa en la que vivía desde el 18 de agosto de 2024, se abrió de golpe. Ella y su madre dormían.
—¿Vos sos Galetzky, Micaela? —preguntó una médica o enfermera.
—Sí —respondió Micaela sin estar del todo consciente, todavía adormecida.
—Necesitamos que firmes un consentimiento.
—¿Consentimiento para qué?
—¿Qué, no te contaron?
—No, ¿qué?
—Empezó el operativo.

***
Lo que pasó después fue un torrente. Un vendaval en el que se trenzaban emoción, ansiedad, desahogo, padre y novio que llegaron como por teletransportador, equipos médicos que pasaban a felicitarla, la puesta en marcha de una organización estilo Marie Kondo para desarmar en un rato una habitación en la que Micaela había vivido medio año, y también sus padres, sus amigos. Y más desafíos: contener una impaciencia imposible porque la cirugía iba a ser por la tarde. Ser muy conscientes de que, de todos modos, podía no suceder. Micaela podía entrar a quirófano y, si los órganos estaban en mal estado o había ocurrido algo en el traslado, la operación podía suspenderse.
Como faltaban varias horas y avizoraban un día largo, Micaela prendió Envidiosa en la tele de la habitación para quemar la ansiedad.
—Y en un momento, a las 12 del mediodía, tocan la puerta —recuerda—. Digo: “¿Sí?“. Me dicen: vengo para llevarte a cirugía. Yo: “¡Pero no estoy cambiada, no estoy duchada! ¡No me preparé!“. Me dicen: “Bueno, le decimos que esperen diez minutos”. Entré chocha al quirófano. Retranquila. Me dicen: “Bueno, ¿querés escuchar música para anestesiarte?“. Y yo: “Bueno, poneme música”.
—La emoción que fue cuando la llevaban… —evoca Paula, y esa emoción le estalla en la garganta—. Es tremendo. Y se te juntan tantas cosas. Se te viene el mundo encima. La saludás antes de irse al quirófano y no sabés…
Con la misma determinación con la que había esperado sus pulmones por medio año, trasladado su vida a una habitación de terapia de un hospital, Micaela se fue al quirófano. Los equipos médicos y los enfermeros que la acompañaban desde hacía seis meses aplaudían. Ella reía.
—Antes de entrar hasta los cirujanos me decían: “No puedo creer que estés yendo a un quirófano con una sonrisa y feliz cuando estás entrando a una operación que no es cualquier operación”. Pero yo solo pensaba: “Llegué. Llegué a esperarlo, nomás”.
Micaela no puede seguir hablando.
Ella estaba entrando al primer día del resto de su vida.

***
La cirugía duró 12 horas.
—A la 1:30 de la mañana sonó el teléfono de Mariano —recuerda Paula—. Estábamos nosotros con Mati, el hermano, que iba y venía, el novio de Mica y nuestros hermanos con sus parejas y mis tres sobrinas mayores en la sala de espera. Íbamos cubriéndonos con los baches. Cuando nos llaman, bajamos al subsuelo con el novio de Mica y nos dicen que salió todo bien, mejor de lo esperable. Que igualmente había que esperar, Mica iba a terapia intensiva. Cuando subimos a avisar, mi hermano me dijo: “Fueron los siete minutos más largos de mi vida. Había un silencio ensordecedor”.
A la noticia le siguió el desahogo.
***
Lo último que se acuerda Micaela antes de quedarse dormida por la anestesia es que estaba escuchando música en el quirófano y se entregó a la melodía: “que me lleve a donde quiera”. Lo primero que se acuerda del momento en el que se despertó es que estaban con ella su novio y su hermano. “Fue lo primero que vi cuando me levanté”. A ellos.
Después de la operación su nueva vida no empezó de inmediato. A los seis meses previos en el hospital se le sumarían dos más de rehabilitación. Y cuando le dieron el alta debió seguir yendo todavía un tiempo más. La cirugía también tuvo consecuencias no previstas. Cuando volvió a comer, varios días después del trasplante, le apareció gastroparesia, una atrofia del estómago que hace que no pueda funcionar del todo. Esa secuela derivó en que tuviera que alimentarse por una sonda nasogástrica durante cuatro meses. Mientras, poco a poco, se reinsertaba a su vida fuera del hospital: cada vuelta en auto, paseo por la costanera, caminata al aire libre, para ella, lo era todo.
Micaela Galetzky está a dos meses de cumplir 25 años y sentirse mal ya no es parte de su rutina. Estudia de modo presencial, trabaja como acompañante terapéutica de una niña con autismo, entrena, baila, sale con su novio y con sus amigas. Sigue con controles médicos pero cada vez tiene menos. A medida que se aleje de la fecha de la operación, dice, los chequeos serán más esporádicos.
Los días de humedad la molesta la cicatriz. A veces piensa en lo loco que es saber que “tenés adentro tuyo algo que no es tuyo”. A su yo de antes de la internación le diría que vale la pena la espera. Que paciencia, mucha paciencia. Que vale la pena el esfuerzo. Que no hay que rendirse. Que es muy importante apoyarse en otros. “Porque aunque uno piense que solo se puede, nunca se puede solo y menos en un proceso tan difícil de sobrellevar”.
Le diría que lo logró.
Y que, desde que salió del quirófano, no volvió a toser.
—Desde que me operé no toso más. Eso fue lo primero que dije: ¡no puedo creer esto! Empecé a darme cuenta de que no estaba viviendo bien. Lo pude ver. Lo pude ver. Había naturalizado sentirme mal, respirar mal. No porque yo no supiera respirar sino porque mis pulmones no andaban bien.
Micaela y su familia toda agradecen infinito al Incucai y a ese donante desconocido que lleva dentro. Hoy ella celebra tres cumpleaños: el 17 de agosto, el 13 de febrero, cuando la trasplantaron, y el 25 de abril, que fue el día que le dieron el alta y volvió a casa respirando hondo.
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