
Hubo varios recortes en la infancia de Javier Catoni que le inocularon un propósito. Su abuelo fue Jorge Darío Pittaluga, ministro de Bienestar Social de la provincia de Buenos Aires en la década del sesenta y caballero de la orden de Malta. Su niñez fue curtida por una televisión en blanco y negro con cinco canales que lo seducían con El Zorro, Batman, Tarzán, películas en los Sábados de súper acción. Nacido y criado en una casa de clase media en el barrio de Recoleta, hijo de una ama de casa y de un militar de carrera, los desfiles por el 25 de mayo en avenida del Libertador parieron una identificación: recuerda quedarse toda la jornada admirando la rectitud, la disciplina, la prolijidad de los uniformes y la simetría de los movimientos. Le gustaban las motos, jugar a la escondida, el poliladron, con espadas. Se destacaba en atletismo y en rugby.
Con los juguetes armaba castillos, fortalezas, carpas. Jugaba a la guerra con los soldaditos. Hasta que una guerra real y argentina lo sorprendió en 1982 con diez años y una edad preparada para preguntar qué, quiénes y por qué. Una década después lo atravesó otro suceso histórico. El 17 de marzo de 1992 caminaba a las 14:45 de la tarde por la Plaza de Cataluña, ubicada en Arroyo y Cerrito. Estaba yendo al cotolengo Don Orione a llevar ropa en una campaña solidaria cuando, mientras esperaba el semáforo, un estruendo lo arrojó contra el piso producto de una onda expansiva. Se despertó cubierto de polvo y aturdido. Una bomba había explotado a dos cuadras de distancia, en la sede de la Embajada de Israel. Los gritos sostenían la escena dramática: veía gente corriendo desesperada entre el humo. Mientras todos corrían en dirección contraria, él se dirigió al epicentro. “No pensé la reacción, sencillamente me encontré escarbando los escombros para ayudar. Era mucha confusión. La gente corría, gritaba, sangraba. Me terminaron sacando los bomberos y las fuerzas”, recuerda.
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Dice que por esa coincidencia espacio-temporal descubrió su pasión. Una fascinación sobre el mundo militar, policial y de fuerzas especiales que lo había introducido la televisión durante su infancia y que en la enseñanza universitaria permaneció adormecida. Es técnico en ingeniería biomédica y en ingeniería en sistemas, aunque nunca ejerció la ingeniería en ambas ramificaciones académicas. Se egresó en Entre Ríos y después terminó vendiendo computadoras en un local sobre la calle Córdoba en el barrio de Palermo, antes de que su vocación se despierte.

No fue más que un estudio y un trabajo. “Mi vocación estaba en otro lado, en ayudar al más débil”, define. “Mi infancia fue bastante traumática, vulnerable y abusiva -relata-. Dicen los especialistas que de ahí es que me surge la vocación de proteger a los demás. Algo que yo quizás no tuve”. Por los valores adquiridos por el linaje paterno, es que se fue generando otro tipo de búsqueda. “Fue una vocación que fue desarrollándose en mí. Un poco por curiosidad, un poco por mi círculo. Iba a congresos, charlas militares. Hice tiro práctico, de combate, boyscout, supervivencia. Ya con 27 años en el polígono en Microcentro, un hombre que le llamó la atención mi labor disparando, me dejo su tarjeta. Ese hombre era el jefe de seguridad de la custodia de la familia Pérez Companc. Alrededor de seis meses de pruebas, entré en la custodia. Era un grupo de 27 personas. A los pocos meses ya me encontraba capacitándolos”.
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Invirtió en capacitaciones. Asistía a las mejores que se dictaban en distintas partes del mundo: cursos de maniobras de vehículos, técnicas de armamento, defensa personal. Después de dejar de trabajar para una de las familias más acaudaladas del país, una recomendación de un allegado abrió la puerta a una reunión con el subdirector de una de las agencias de seguridad más prestigiosas de Estados Unidos. “Dejé Pérez Companc, que mi labor era más de seguridad personal, para pasar a una agencia que manejaba inteligencia, defensa y de alcance mundial llegando a ser director”. El salto, explica, le permitiría tratar casos de narcotráfico, terrorismo, seguridad penitenciaria, bases militares, seguridad aeroportuaria en distintos continentes. Llegó a manejar casos de 54 países en distintas zonas críticas entre 2005 y 2006.
El liderazgo global que alcanzó al frente de la agencia lo llevó a coordinar equipos responsables de logística, infraestructura y operativos. “Coordinaba como director mundial equipos de logística, infraestructura, poder de acción y resolución. Trabajábamos sobre la línea de Ecuador”, relata, apuntando que factores meteorológicos dificultan la lucha contra el narcotráfico en esa región, “ya que ahí prosperan los cultivos de plantaciones de droga y conlleva al narcotráfico y derivados como toma de ciudades y guerrillas”.
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El trabajo incluyó auditorías para el sector privado y hasta para gobiernos internacionales. Destaca uno de sus encargos: “Uno de estos casos que tuve fue trabajar para el palacio de Buckingham, con especial foco en los atentados en cines y teatros en toda Europa”. Explica, a su vez, que realizó “una auditoría bajo los servicios de Estados Unidos junto con planes de contingencia y minimización de riesgos”, tarea para la que fue “recomendado por el palacio de Buckingham a príncipes de España y del mundo árabe”.

Fue jefe de custodios de jeques, coordinó la Seguridad en los Juegos Olímpicos de Londres, en su cartera de clientes estuvieron el Grupo Werthein, la familia Caniggia, Alan Faena, Amalita Fortabat, Ricky Martin y Madonna. Aprendió el inglés a la perfección y también comprende el francés, el alemán y el árabe. Estuvo a cargo de la seguridad de algunos de los nombres incluidos dentro de la lista de las 50 fortunas más importantes del mundo, según Forbes. “Estábamos en la seguridad de personas que, en sus casas, tenían cuadros de Van Gogh o de Rembrandt como cualquiera de nosotros tendría colgada una campera en un perchero”, compara.
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Confiesa que trabajó en las tareas de planeamiento y logística en el caso renombrado del Mencho, Nemesio Oseguera Cervantes, el líder del Cártel Jalisco Nueva Generación que falleció el 22 de febrero de 2026 tras un operativo federal en Jalisco, mientras era trasladado en helicóptero a la Ciudad de México. “Así como ese, un sinnúmero de casos que no salieron a la luz. Pero es parte de nuestra actividad. Son muchos clientes y miembros de diversos gobiernos que me solicitan que sea parte del frente de acción, para garantizar el éxito; ya que hay mucho que juega en esos casos, que es la confianza”, describe. “Nosotros también estuvimos en lo que fueron las elecciones de Capriles vs. Chávez. Chávez usaba a las maras para amedrentar la posible incursión de Capriles a la presidencia. Tenía encuestas favorables. Nosotros depuramos su sistema de custodios corruptos, protección, y seguridad para llevar a cabo esa campaña”, agrega.
Catoni subraya que la experiencia en temas delicados como el “narcotráfico en Colombia, y Centroamérica, tráfico de armas y también en empresas petroleras” fue consecuencia de un proceso que implicó recorrer diferentes partes del mundo, adquirir nuevas herramientas y una formación constante: “Recorrí el mundo, aprendí nuevas herramientas y mucha formación”.
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Llegó un tiempo en los que entendió que podía dejar de ser empleado de una empresa para construir su propia compañía. Los clientes ya lo conocían. Ofrecía servicios sin intermediarios. Montó en la provincia de La Pampa un centro de entrenamiento de élite donde entrena a escuadrones y suministra cursos de preparación militar para novatos en defensa personal. Se hizo viral la participación de Alex Caniggia, quien contrató su programa de entrenamiento profesional. A la par de “Special Missions”, una suerte de base militar emplazado a setenta kilómetros de la capital Santa Rosa donde dispone de un helicóptero e instalaciones preparadas para el rescate de personas, Catoni mantiene operativas sus capacitaciones aplicadas en terreno, a merced de lo que solicite el cliente.
“Las capacitaciones en el exterior son las mismas que ofrecemos en nuestra base. Son alrededor de 47. Algunas en forma disociada, otras en conjunto. Van en aire, tierra y agua. Soy piloto de aviones y de helicóptero, tanto civil como militar. Trabajo en conjunto con diversas fábricas de equipamiento militar y a partir de allí salen las capacitaciones. Hay que saber de todo un poco para saber de qué se trata. Contamos con expertos de cada materia para poder focalizar en cada especialidad. En la parte de helicóptero prestamos servicios sanitarios. Luchas contra incendios, carga, tendidos eléctricos, rescate de personas. Más allá de estar certificados como empresa, tenemos certificaciones internacionales homologadas”, enumera.
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Afirma que sus servicios a las fuerzas especiales y federales argentina no las cobra. “Es un deber y una obligación civil devolver a nuestro país y a la vida. Es un legado que la gente debería absorber. También juega un factor importante los presupuestos acotados de las fuerzas, por eso nuestra vocación suple esas necesidades. Ya ha sido implementado en varias provincias. La última fue San Luis, para todo el servicio penitenciario, donde se instruyó con canes y otras herramientas. En Mendoza, San Juan, Cordoba, Chubut, hicimos distintas misiones”.
“La clave del éxito es intentar, fracasar y seguir intentando. No rendirse a la primera. La persistencia, los objetivos claros, visualizarse a futuro donde uno quiere estar. Tras caer cuatro veces y en la quinta lograrlo. Todo es un proceso y una filosofía. Nadie te regala nada. La actitud personal siempre positiva. Por mas que uno sepa, si tiene malos formatos de conducción, puede fracasar. Al menos así es mi receta. Siempre en pos de perfeccionar. Nunca me olvide de quien soy. Me apoyo en el deporte, en la vida sana, la proyección y la caridad”, concluye Catoni.
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