Crónica de un 1 de mayo sangriento: obreros asesinados, una semana de huelga general y el papel del temible coronel Falcón

La conmemoración del Día del Trabajador se transformó en una espiral de violencia con muertos, heridos y atentados. Los reclamos obreros y el papel de Ramón Falcón, jefe de la policía, centro de todas las críticas

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1 de mayo
Una multitud se había dado cita en Plaza Lorea, en Congreso, y que también copaba avenida de Mayo (Archivo General de la Nación)

Ese sábado 1 de mayo de 1909 hacía frío, pero era un día despejado. Cuando a las tres de la tarde miles de trabajadores anarquistas se habían concentrado en Plaza Lorea, ya estaba nublado.

Algo se veía venir. Los actos obreros eran disueltos sin más por la policía, las huelgas eran reprimidas, muchos dirigentes eran detenidos y a los extranjeros se les aplicaba la ley de Residencia.

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Desde 1890 se conmemoraba el día del Trabajador en Argentina. En ese año se realizó un acto organizado por una agrupación socialista, la mayoría eran exiliados políticos alemanes, en el Prado Español, un predio sobre Quintana, entre Junín y Ayacucho.

Manifiesto dado a conocer el 1 de mayo de 1890, la primera vez que se conmemoró en el país el Día del Trabajador
Manifiesto dado a conocer el 1 de mayo de 1890, la primera vez que se conmemoró en el país el Día del Trabajador

Argentina se preparaba para los festejos del centenario de la Revolución de Mayo, en medio de un clima de creciente inestabilidad social y de reclamos de los trabajadores.

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Aún no estaban reguladas las ocho horas de trabajo y la paga era muy baja. A comienzos de siglo XX, el salario obrero era entre $1,50 y $3 diarios. El kilo de pan de segunda clase valía 16 centavos y 25 pesos el kilo de carne. El alquiler de una pieza de conventillo rondaba los veinte pesos mensuales.

Los dirigentes pedían la abolición del trabajo infantil, ya que a chicos menores de 14 años se los podía ver trabajando en fábricas o talleres, y también que las mujeres dejasen de cumplir turnos nocturnos. El único organismo estatal que existía era el Departamento Nacional del Trabajo, creado en 1907, y el primer convenio de trabajo fue en 1901 con los marmoleros.

En 1909 gobernaba José Figueroa Alcorta, por la muerte de Manuel Quintana.

Ese 1 de mayo, el plan de los anarquistas era el de concentrarse en Plaza Lorea, marchar por Avenida de Mayo, llegar a Plaza San Martín por Florida y de ahí tomar el Paseo de Julio (hoy Leandro Alem) hasta Plaza Mazzini, “en repudio a la burguesía parasitaria y los gobernantes opresores”.

Gobernaba el país José Figueroa Alcorta, por la muerte de Manuel Quintana
Gobernaba el país José Figueroa Alcorta, por la muerte de Manuel Quintana

Por su parte, los militantes del Partido Socialista se habían concentrado en Plaza Constitución, con el propósito de marchar hacia la plaza Colón, la que se ubica detrás de la casa de gobierno.

Plaza Lorea ocupaba un terreno comprendido entre Rivadavia, Mitre, Montevideo y Paraná, y recordaba a Isidro Lorea, quien murió junto a su esposa en la defensa de la ciudad durante la segunda invasión inglesa.

El lugar se fue poblando de banderas rojas, que representaban a distintas asociaciones anarquistas. Una de ellas, llamada “Luz del Soldado” llegó por avenida Entre Ríos, rompiendo las vidrieras de las panaderías que no habían cerrado en adhesión al día del trabajador. También atacaron a guardas de tranvías y conductores y hasta desengancharon los caballos de los cocheros que estaban trabajando.

1 de mayo
El dirigente socialista Alfredo Palacios habla a la multitud. Su partido se había concentrado en Plaza Constitución (Archivo General de la Nación)

En un carruaje en Avenida de Mayo y Salta estaba el temido jefe de la policía, el coronel Ramón Lorenzo Falcón. Ajeno a los insultos y provocaciones, Falcón estudiaba el panorama.

Falcón tenía 53 años y era jefe de la Policía desde 1906. Militar de carrera, integró la primera promoción del Colegio Militar. Participó de la Campaña al Desierto y además fue senador.

No hubo tiempo para los discursos. Antes de que comenzaran, los asistentes aseguraron que la policía provocó un incidente, que todo empezó cuando se escuchó el estampido de un disparo. Entonces se desencadenó una lucha campal con armas de fuego, sables y palos. Los manifestantes aseguraron que los policías disparaban a mansalva, ante el pánico general. En los frentes de las casas quedaron las marcas de los impactos de los proyectiles.

Desde 1906 el coronel Ramón Falcón era el jefe de policía. Estuvo en Plaza Lorea y se retiró antes de que todo comenzara
Desde 1906 el coronel Ramón Falcón era el jefe de policía. Estuvo en Plaza Lorea y se retiró antes de que todo comenzara

Cuando la refriega terminó, habían muerto el vendedor ambulante Miguel Bech, español de 72 años; el empleado de tienda José Silva, también español de 23 años y el peón de albañil Juan Semino, de 19. Horas después fallecerían el español Manuel Fernández, guarda de tranvía, de 36 y Luis Pantaleone. La mayoría de los cuarenta heridos eran de nacionalidad española, italiana y rusa; además, una decena de policías quedaron con heridas, producto de sus caídas de sus monturas.

Ambulancias de la Asistencia Pública, que estaban en las adyacencias, retiraron los cuerpos y los heridos.

Mientras tanto, los socialistas, que a esa altura marchaban por Bernardo de Irigoyen hacia el centro en lo que habían llamado “la fiesta del trabajo”, se enteraron de lo que en Plaza Lorea había sucedido, y colocaron crespones negros en sus banderas, en señal de luto. Cuando llegaron a Plaza Colón, se encontraron con una fuerte presencia policial, que estaba acompañada de tropas de caballería del ejército.

1 de mayo
Las corridas ya habían empezado y la gente buscó dejar el lugar. En el centro de la foto, una mujer llevando una bandera. Recordemos que ya habían surgido movimientos femenistas que pedían la igualdad de derechos con el hombre (Archivo General de la Nación)

Aún así, los socialistas hicieron el acto. El dirigente Enrique Dickmann, miembro del comité ejecutivo del partido, propuso ir a una huelga general como desagravio de la clase obrera, pedir la renuncia del jefe de la policía y el castigo de los responsables de los hechos. “Muchos hogares obreros quedaron en la orfandad y en la miseria, y la clase obrera toda queda una vez más convencida de que las clases privilegiadas y parasitarias, representadas y defendidas por el gobierno, son implacables en la persecución y el asesinato”, se dijo entonces.

Del gobierno aseguraron que la mayoría de las víctimas eran extranjeros y que el jefe de policía se iría cuando el presidente finalizase su mandato el 12 de octubre de 1910. Se aseguró que al sumario policial se agregaron escritos “en lengua hebrea que encierran una propaganda violentísima”.

El domingo 2 se reunieron miembros de la Unión General de Trabajadores, de la Federación Obrera Regional Argentina y otros nucleamientos. En una acalorada reunión, no lograban ponerse de acuerdo con los motivos de la huelga, si era por las muertes o por la clausura de locales y por la observación de los socialistas que se había dejado de lado la petición de que Falcón debía renunciar.

En la proclama publicada en La Vanguardia, órgano oficial del Partido Socialista, se llamó a la huelga “hasta que renuncie o sea despedido el jefe de policía” y a abrir los locales obreros.

El lunes 3 ya no circularon carros ni carruajes y a la tarde ya no circulaban tranvías. A las cinco de la tarde todos los comercios habían cerrado, así como los teatros. Cuando cayó el sol, los tranvías desaparecieron. La policía y el ejército, fuertemente armados, se habían hecho dueños de las calles. Los diarios pudieron salir con esfuerzo ya que la Federación Gráfica Bonaerense se había plegado a la medida de fuerza.

Ramón Falcón
Dibujo publicado en Caras y Caretas, en el que se recrea el momento del atentado a Falcón

Los socialistas habían llamado a una reunión en Plaza de Mayo, pero la policía lo impidió. Más de tres mil personas se dirigieron entonces a Plaza Constitución.

El 4 de mayo los artículos de primera necesidad comenzaron a escasear y lo que se conseguía se vendía mucho más caro. Para los porteños fue difícil viajar, porque los tranvías de las compañías Lacroze y Sud no circularon. La ciudad permanecía sucia.

Si bien solo había algunos locales obreros habilitados para reunirse, cuando Juan B. Justo quiso ingresar al de Vieytes 1455, la policía se lo impidió, y el dirigente lo hizo por los fondos y habló a la gente desde los techos. Terminó por unas horas en la comisaría.

Mientras tanto, unas ochenta mil personas participaron en el sepelio de las víctimas. Se habían congregado en la morgue, en Junín y Viamonte. Cuando cargaron los féretros a un furgón, le pidieron a la policía que fueran lentos para que la gente pudiera acompañar. Pero en la esquina de Uriburu y Lavalle, el policía que iba en el pescante azuzó a los caballos y partieron al galope.

Sin embargo, otra multitud esperaba en la puerta del cementerio de la Chacarita, donde hablaron algunos dirigentes. Por las constantes refriegas con la policía, ese día hubo 300 detenidos, lo que provocó que más gremios se adhiriesen a la medida de fuerza.

Para el 5, si bien se había decidido hacer un acto en Plaza de Mayo, la policía lo impidió cuando a las tres de la tarde la policía cargó contra la gente que estaba allí. Terminó como un juego: cuando se los dispersaba, se reunían en otro punto, así estuvieron horas. Los oradores pudieron hablar en Plaza Constitución, pero lamentablemente un conscripto mató a dos obreros con su fusil máuser.

El jueves 6 se veían a escasos carros, custodiados por hombres del ejército, que llevaban algunos productos básicos, cuyos precios seguían aumentando, mientras se producían encontronazos entre grupos de obreros y policías.

Al día siguiente, soldados vigilaban la circulación de tranvías, así como la entrada de talleres y de comercios. El juez Rodríguez Larreta desestimó el pedido de los socialistas de que permitiese la apertura de sus locales, ya que dijo que no existía la clausura sino la supervisión policial para desalentar la formación de grupos subversivos.

Esa tarde estalló una bomba, oculta en una canasta, dentro de un tranvía Lacroze en Corrientes y Cerrito, que produjo un muerto y 22 heridos, algunos de gravedad, y otra explotó en Cangallo y Medrano, sin cobrar ninguna víctima. La policía, que aseguró que los explosivos salieron de locales obreros, prohibió a la gente subir a los tranvías con bultos.

Para el sábado 8 eran los transportes del ejército los que llevaban las mercaderías en la ciudad. En el puerto la actividad era mínima y la justicia autorizó la apertura de los locales y levantó la vigilancia policial sobre ellos.

Entonces, los dirigentes socialistas obreros resolvieron levantar la huelga y Benito Villanueva, presidente provisional del Senado y de estrecha relación con el presidente, les aseguró que éste estaba dispuesto a abolir del Código de Penalidades y la Libreta de Vecindad -que era más un certificado de buena conducta que un documento de identidad- lanzados por la municipalidad. También prometía la reapertura de los locales, y la libertad de obreros detenidos durante esa semana, siempre y cuando no hubieran cometido faltas graves o que no tuvieran antecedentes.

Ramón Falcón se convirtió en el enemigo número uno de los anarquistas y socialistas. Viudo y sin hijos, vivía con su hermano en avenida Callao al 1000, y hacía caso omiso a las cataratas de amenazas que desde los sucesos de Plaza Lorea recibía diariamente.

El 14 de noviembre de ese año, transitaba por Callao en un carruaje milord junto a su secretario Juan Alberto Lartigau, de 20 años, luego de asistir al entierro de su amigo Antonio Ballvé, director de la Penitenciaría Nacional. De pronto, un individuo que luego se lo identificó como Simón Radowitzky corrió hasta ponerse a la par y arrojó una bomba. Con gravísimas heridas en sus piernas, Falcón y su acompañante fallecieron a las pocas horas.

Si bien Radowitzky actuó en solitario, el anarquismo local lo tomó como la venganza de lo que meses atrás había ocurrido en Plaza Lorea, donde el cielo plomizo de ese 1 de mayo auguraba que algo malo pasaría.

Fuentes: Gremialismo Proletario Argentino, de Jacinto Oddone; Los anarquistas expropiadores, Simón Radowitzky y otros ensayos, de Osvaldo Bayer; Simón Radowitzky. Del atentado a Falcón a la Guerra Civil Española, de Alejandro Marti; Un anarquista en Buenos Aires (1890-1910), de Eduardo Gilimón.

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