
Todo empezó con una canción. Eran las 22.55 del 24 de abril de 1974 cuando la Rádio Emissores Associados de Lisboa puso al aire “E depois do Adeus”, la balada con la que Paulo de Carvalho había representado a Portugal en el Festival de Eurovisión apenas unos días antes. Era, en apariencia, una canción inocua, melancólica, sin nada político para decir.
Pero en distintos cuarteles de todo el país, los soldados del Movimiento de las Fuerzas Armadas (MFA) escucharon la canción y supieron que esa era la primera señal. Era la hora de empezar a prepararse. El plan que habían elucubrado durante meses, en la clandestinidad y con el miedo permanente de ser descubiertos, estaba a punto de ponerse en marcha.
Una hora y media después, a las 00.25 del 25 de abril, la Radio Renascença emitió la segunda señal. Esta vez era “Grândola, Vila Morena”, compuesta por el músico José Afonso y prohibida por el régimen gobernante porque en ella se cantaba a la fraternidad entre los hombres y a la importancia de escuchar la voluntad del pueblo.
Era, por todo eso, una canción que el llamado Estado Novo había decidido que los portugueses no podían escuchar. Y sin embargo ahí estaba, sonando en los parlantes de una radio nacional. Para los oficiales del Movimiento de las Fuerzas Armadas fue la confirmación definitiva: había que derrocar a la dictadura que llevaba casi cincuenta años imponiéndose en Portugal.
Medio siglo de censura y represión
El régimen que se autodenominaba Estado Novo (Estado Nuevo) se había instalado en el poder en 1926, cuando un golpe militar interrumpió la Primera República portuguesa. Seis años después, António de Oliveira Salazar, un economista austero y profundamente católico, se convirtió en primer ministro y transformó a Portugal en una dictadura que combinaba el catolicismo conservador, el nacionalismo imperial y la represión sistemática de cualquier disidencia.
Salazar construyó un Estado que controlaba casi todo: la prensa, los sindicatos, la vida cultural, la educación. Creó la PIDE, la Policía Internacional y de Defensa del Estado, una fuerza de seguridad que tenía informantes en todas partes y que usaba la tortura y el encarcelamiento arbitrario como herramientas habituales de gobierno. Quienes se oponían al régimen podían terminar presos, exiliados o desaparecidos. Durante décadas, el terror funcionó.
Pero en 1968 Salazar sufrió un accidente que le provocó un hematoma cerebral y tuvo que dejar el gobierno. Murió dos años después, en 1970. Su sucesor, Marcelo Caetano, llegó con promesas de apertura y modernización que nunca se pusieron en marcha. Los popes del régimen se encargaron de abortar cualquier reforma real: la inercia del Estado Novo y el poder intacto de la PIDE garantizaban que nada cambiara.

Portugal era, a principios de los setenta, el país más pobre de Europa Occidental. El resto del continente atravesaba el boom económico de la posguerra, su clase media crecía. Pero Portugal se quedaba atrás. La emigración era desesperada: cientos de miles de portugueses se habían ido a Francia, a Alemania, a Venezuela, a Canadá, a Estados Unidos. Los que se quedaban lo hacían sin muchas alternativas ni esperanzas. Y padecían, además, una guerra sin fin.
Trece años de guerra que nadie podía ganar
Desde 1961, Portugal combatía en tres frentes africanos al mismo tiempo. En Angola, en Mozambique y en Guinea-Bissau, los movimientos de descolonización que recorrían el continente africano habían prendido también contra el Imperio colonial portugués. El régimen respondió con las Fuerzas Armadas porque consideraba que las colonias eran algo así como un elemento sagrado de la identidad nacional, algo que había que defender a cualquier costo. El problema era que ese costo crecía sin parar.
Portugal destinaba más de la mitad de su producto bruto interno a sostener esas guerras. Mandaba a sus jóvenes a combatir en selvas y desiertos de los que muchos no volvían: más de ocho mil soldados portugueses murieron en los conflictos africanos entre 1961 y 1974.
El malestar dentro del Ejército se fue acumulando en silencio durante años. Los oficiales medios eran los que pagaban el precio más alto: eran enviados constantemente a África, con escasos recursos, en medio de ascensos que el gobierno otorgaba de manera arbitraria y que privilegiaban a los que el régimen consideraba más confiables por sobre los que tenían méritos de campaña.
En febrero de 1974, el general António de Spínola, que había servido en Guinea-Bissau y había visto de cerca la imposibilidad de ganar aquella guerra, publicó un libro que se llamaba Portugal e o futuro (Portugal y el futuro). En el texto, Spínola sostenía con claridad que el país no debía continuar la guerra en África sino buscar una solución política. El régimen lo consideró directamente una herejía. Marcelo Caetano destituyó a Spínola inmediatamente.

Ese error, el de intentar sacar del juego a un general respetado y con enorme influencia en las Fuerzas Armadas, le costaría carísimo al Estado Novo porque terminó por empujar a muchos oficiales que todavía dudaban a acercarse al Movimiento de las Fuerzas Armadas.
Una conspiración en las sombras
El MFA había nacido en secreto en 1973, al principio como una agrupación de oficiales preocupados por cuestiones profesionales: los ascensos injustos, las condiciones de servicio, la exposición permanente al combate sin perspectivas de mejora. Pero rápidamente, a medida que se fueron conociendo, su agenda se fue politizando. La guerra era injusta. El régimen era ilegítimo. Portugal necesitaba cambiar.
En diciembre de 1973 empezaron a planear lo que vendría. La conspiración creció. A fines de 1973, la PIDE ya sabía que algo se estaba gestando dentro del Ejército, pero no pudo frenarlo. El 16 de marzo de 1974 hubo un primer intento: un grupo de oficiales del MFA buscó encabezar la sublevación de un regimiento de infantería en Caldas da Rainha, a noventa kilómetros de Lisboa, para marchar sobre la capital.
El Levantamiento de las Caldas fracasó ese mismo día. El régimen respondió con una ola de espionaje, detenciones y traslados. Lejos de amedrentarlos, ese fracaso convenció a los jefes del MFA de que había que acelerar el proceso. Que no podían darse el lujo de dar tiempo a que el régimen los desarticulara. Decidieron que usarían canciones como señales para poner el plan en acción cuando llegara el momento.
Una noche que cambió a un país
A las 22.55 del 24 de abril de 1974, el periodista João Paulo Diniz leyó la presentación de “E depois do Adeus” en la Rádio Emissores Associados y la canción salió al aire. En cuarteles de Lisboa, Santarém, Oporto, Braga, Faro y otras ciudades, los oficiales del MFA empezaron a moverse en silencio. A las 00.25 del 25 de abril, la Radio Renascença emitió “Grândola, Vila Morena”. Fue la orden definitiva.
A la una de la madrugada, las guarniciones de las principales ciudades del país empezaron a ocupar aeropuertos, aeródromos e instalaciones gubernamentales. Unidades de la marina de guerra tomaron el control de los puertos del Atlántico, de Madeira y de las Azores.
Los “capitanes de abril” —como se conocería después los oficiales del MFA— emitieron llamados radiofónicos pidiendo a la población que se quedara en sus casas y a la policía que no se opusiera a las tropas rebeldes. Nadie acató el primer pedido. Al amanecer, miles de civiles salieron a la calle a mezclarse con los soldados.
A las cuatro de la madrugada, el gobierno de Caetano tomó conocimiento de la magnitud de lo que estaba ocurriendo. Ordenó a sus fuerzas que detuvieran a los rebeldes. Nadie obedeció. A las nueve de la mañana del 25 de abril, el MFA controlaba todos los puntos clave del país. Caetano y su gabinete, incapaces de contener la situación, se refugiaron en el cuartel del barrio del Carmo, en Lisboa.
El capitán Salgueiro Maia, que había salido de Santarém al frente de las fuerzas de la Escuela Práctica de Caballería y había ganado la adhesión de más tropas en el camino, cercó el Carmo con sus tanques y una multitud de manifestantes. A las 14.30 le presentó a Caetano un ultimátum para que se rindiera antes de las 16.00.

Caetano pidió rendirse ante un oficial de alta graduación. Llamaron al general Spínola, el mismo que el régimen había destituido dos meses antes por atreverse a decir que la guerra en África no tenía sentido. A las 19.30 de ese 25 de abril, Marcelo Caetano entregó el poder. Acababan de terminar cuarenta y ocho años de Estado Novo, la dictadura más longeva de la Europa moderna.
Celeste, la chica de los claveles
Nadie los había planeado. Y aún así, los claveles serían el detalle que le daría nombre a una de las revoluciones más recordadas del siglo XX. Aparecieron en escena sin premeditación y se convirtieron en un símbolo. Estuvieron allí porque era temporada de claveles en Portugal y porque una joven llamada Celeste Caeiro los tenía en la mano en el momento indicado.
Celeste era moza y esa mañana había comprado varios ramos de claveles para repartirlos en el restaurante donde trabajaba porque el negocio celebraba su primer aniversario. La revolución ocupando Lisboa canceló el festejo, así que Celeste salió a la calle con las flores que ya no serían para ningún comensal.
En la plaza del Rossio, al inicio del Largo do Carmo, un soldado asomado desde un tanque le pidió un cigarrillo. La joven no tenía cigarrillos pero tenía claveles. Le dio uno. El soldado lo metió en el cañón de su fusil. Sus compañeros vieron el gesto y repitieron la acción: claveles en los fusiles, por toda la ciudad, como el símbolo de que no querían disparar. De que esa revolución no se proponía matar a nadie, sino terminar con la muerte de la guerra.

La PIDE, la policía secreta del régimen, fue la única que resistió. Disparó contra los civiles que se habían concentrado frente a su sede. El único derramamiento de sangre de aquel día histórico fue de parte del régimen dictatorial: cuatro personas murieron. Sus nombres eran João Arruda, Fernando Reis, Fernando Giesteira y José Barneto.
Un año frágil
Los meses que siguieron al 25 de abril fueron caóticos. Portugal vivió una ebullición política sin precedentes: los partidos que habían estado prohibidos salieron a la luz, los sindicatos recuperaron su derecho a existir, los presos políticos fueron liberados, la prensa pudo hablar.
Pero también hubo feroces internas entre las distintas facciones que competían por orientar el rumbo del país: moderados, comunistas, militares con distintas visiones, civiles que querían la democracia y otros que querían algo más radical.
La Junta de Salvación Nacional, liderada por Spínola, gobernó en los primeros meses hasta que nuevas tensiones la desplazaron. Hubo intentos de golpe desde distintos sectores. Se habló de guerra civil. Portugal estuvo, en varios momentos de ese año turbulento, en un equilibrio muy frágil.
En abril de 1975, exactamente un año después de la revolución, Portugal celebró sus primeras elecciones legislativas libres en más de cincuenta años. Participó el 91,7 por ciento del padrón electoral, uno de los porcentajes de participación más altos que registraba el continente europeo en esa época.

En 1976 se aprobó una nueva Constitución que estabilizó la democracia y la volvió irreversible. La constitución de 1976 supuso también la consolidación de las libertades fundamentales que el Estado Novo había negado durante décadas: libertad de expresión, libertad sindical, derecho de huelga, sufragio universal.
El fin de un imperio
La revolución no fue solo el fin de una dictadura, sino también el fin de un imperio. Portugal concedió la independencia a Angola, Mozambique, Guinea-Bissau, Cabo Verde, Santo Tomé y Príncipe y Timor Oriental. Más de quinientos años de presencia colonial portuguesa en África y Asia llegaron a su fin.
El régimen que durante décadas había justificado la guerra en África como defensa de la identidad nacional entregó el poder a los pueblos que reclamaban gobernarse a sí mismos. Fue el gesto más contundente de aquella revolución que no disparó ni un tiro.
El 25 de abril es hoy el día más importante del calendario cívico de Portugal. En un siglo XX plagado de golpes que simplemente cambiaron la cara del autoritarismo, la Revolución de los Claveles fue una anomalía extraordinaria.
“Grândola, Vila Morena” todavía se escucha en Portugal cada 25 de abril. Suena en la radio, en las plazas, en los actos conmemorativos. Y cada vez que suena, el pueblo portugués recuerda lo que significó escucharla por primera vez aquella madrugada de 1974: que la dictadura tenía las horas contadas, que la guerra interminable iba a terminar, que algo que llevaba casi toda una vida pesando sobre el país estaba por fin a punto de romperse.
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