
Es un miércoles lluvioso de abril en la terraza techada de un café en el barrio porteño de Villa Pueyrredón. Hernán Majorani llega puntual, con una mochila al hombro. Antes de empezar con la entrevista, dice que está un poco nervioso: es la primera vez que va a contar su historia. Luego saca un libro, lo apoya sobre la mesa y exhibe la portada: “¿Por qué me adoptaron?”, dice en letras negras. Lo abre, busca una página específica y lee en voz alta:
“(...) ¿Has pensado a dónde van las personas para adoptar a un niño? Bueno, pues no van al zoológico. Tampoco van a un supermercado. ¿Has visto alguna vez en un escaparate un letrero que diga: ‘Se venden niños’? ¡Seguro que no! ¡Y tampoco van a buscarlos a París! La verdad es que cada adopción es distinta y cada niño es adoptado de una manera diferente (...)”.
El ejemplar (un clásico infantil de la estadounidense Carole Livingston que, tras la vuelta a la democracia en 1983, se volvió un best seller en las librerías argentinas) estuvo en la biblioteca de su infancia. Durante décadas, dice ahora, fue parte de una historia que siempre dio por cierta: la historia de su adopción. Hasta que volvió a hojearlo hace poco.
La ilustración que acompaña el texto muestra a los niños como si fueran productos: uno asoma desde un bolso, el otro es cargado por una mujer, que camina envuelta en un tapado, y lleva un cartel que dice “vendido”. Una escena absurda —al menos en apariencia— que muestra exactamente lo que el texto niega: la compraventa de niños.
Hernán la señala y sonríe con incredulidad. “Cuando volví a verla, sentí que estaba en una película de Christopher Nolan, donde al final todo cobra otro sentido”, le dice a Infobae.

Una historia que fue variando
Hernán tiene 43 años y nació el 10 de diciembre de 1982 o al menos eso cree. “Recuerdo a mi vieja contándome que cuando llegué podría haber tenido hasta un mes y que todavía tenía el cordón umbilical”, dice.
De lo que sí está seguro es que, desde que tiene memoria, creyó que había sido adoptado. “En casa nunca se habló del tema. Tampoco recuerdo bien en qué momento fui haciendo preguntas, pero la historia acerca de cómo fue ese proceso fue variando. Al principio era como una especie de relato triunfalista. Mis apropiadores estuvieron doce años intentando tener hijos. A mi mamá la sometieron a cinco intervenciones quirúrgicas: la última duró doce horas... Yo creo que esa fue la que le terminó deteriorando la salud”, cuenta.
Aquel relato tenía una escena central. Estaban por festejar el cumpleaños de su apropiador en el campo familiar de Brandsen, cuando un llamado telefónico los sorprendió. “Hay un bebé que necesita una familia”, les avisaba alguien. De acuerdo con esa versión, enseguida fueron a buscarlo y, a su regreso, lo presentaron a todos los invitados. Esa fue la primera historia que escuchó y la que lo acompañó durante años.
Con el tiempo, sin embargo, eso que le contaron empezó a mutar: “Primero me dijeron que mis padres biológicos habían muerto; después, que no podían mantenerme. Más adelante apareció el cuento de que me habían ido a buscar a la casa cuna”, recapitula. A falta de una explicación clara, Hernán lo naturalizó y no indagó. “Creo que como siempre supe que era adoptado y logré —o eso creía— construir un sentido de identidad propio, nunca me interesó buscar a mi familia biológica”, dice.

Antes del quiebre
Todo cambió el 18 de agosto de 2022 cuando Hernán fue papá. Hasta ese momento, cuenta, su vida había seguido un recorrido zigzagueante. Probó varias carreras —Ingeniería Industrial, Publicidad, Analista de Sistemas—, pero no terminó ninguna. En lo laboral, también pasó por distintos trabajos: fue ayudante de cocina, fotógrafo, productor de bandas, encargado de edificio, peluquero canino y paseador de perros.
Ese recorrido tuvo un corte abrupto en abril de 2012, cuando murió su madre. “Yo tenía 29 años. En ese momento estaba a punto de recibirme de publicista, pero colgué todo”, dice. “Mi mamá era un ángel: me resulta muy difícil llamarla apropiadora. Primero porque creo que no se habla mal de los muertos. Segundo porque si tengo recuerdos cariñosos de mi infancia, son de ella como protagonista. Lo único que quería en la vida era ser madre. Y lo fue, a pesar de haber elegido esta forma”, suma.
Con su padre, en cambio, la relación fue distinta. Más distante. “Nunca me sentí su hijo”, asegura. Los recuerdos que conserva con él son pocos y contradictorios: una escena pateando penales juntos y otra en la que le propinó una golpiza desmedida por una travesura en una pileta. Tras la muerte de su madre, el vínculo con él se fue diluyendo, hasta casi desaparecer.
Para esa altura, Hernán ya había construido una vida propia, con amigos que define como “su verdadera familia”. Nada, sin embargo, lo había llevado a cuestionar su origen. La historia que le habían contado —aunque cambiante— seguía en pie.

“A mí me compraron”
El nacimiento de su hijo le abrió preguntas que jamás se había hecho. “La paternidad me dejó bien en claro lo poco probable que es que una madre o un padre entreguen a un hijo de forma voluntaria. ¿Cómo fue que los míos decidieron hacerlo? ¿En qué condiciones y por qué?”, dice que pensó.
Tenía casi 40 años y, por primera vez en su vida, la historia que había aceptado sin cuestionar empezó a hacerle ruido. “Al haber estado tan naturalizado durante mi infancia y adolescencia, nunca se me ocurrió pensar en las condiciones de esa adopción. Nunca se me ocurrió indagar”, admite.
La respuesta llegó sin anestesia, hace alrededor de un año y medio, tras mucha insistencia. Una tarde, en un café, su apropiador (como hoy lo nombra) le contó que lo habían ido a buscar a un departamento en el barrio porteño de Belgrano y que, a cambio, había dejado 3.500 dólares. “Para gastos de internación”, le dijo. Durante días, esa frase le quedó dando vueltas en la cabeza. Hasta que la tradujo en una sola idea: “A mí me compraron”.

Esa sospecha lo llevó a revisar su partida de nacimiento. “Me puse a leer el documento y googleé la dirección (Pueyrredón 308) porque está acá nomás, en San Martín. Pensé: ‘¿A ver qué hay ahí? Si es un hospital, puedo ir a preguntar’”. Pero lo que apareció fue otra cosa. Un grupo de Facebook llamado “Hacia el origen” con un mensaje directo: si en tu partida de nacimiento figura el nombre de Rosa Petitto es muy probable que seas víctima de una red de tráfico de bebés.
Según reconstruyen quienes pasaron por ese circuito, se trataba de una partera y médica obstetra ya fallecida que, durante las décadas del 60, 70 y 80, atendía partos, firmaba certificados de nacimiento apócrifos y entregaba a los recién nacidos como hijos biológicos de otras familias.
En ese instante, aquel libro que Hernán había leído de chico —ese que aseguraba que los bebés no se venden— dejó de ser un simple cuento y pasó a ser una ironía brutal.

La búsqueda y lo que queda
Luego de contactarse con el grupo de Facebook, Hernán siguió la recomendación que le dieron: acudir a la Comisión Nacional por el Derecho a la Identidad (CoNaDi). “Fui, me abrieron un acta, me dieron un turno para el Banco de Datos Genéticos y me sacaron sangre. A finales del año pasado, en noviembre, me contactaron para avisarme que no era hijo de desaparecidos”.
El resultado, lejos de cerrar la historia, abrió nuevas preguntas. “La verdad es que no supe cómo tomar esa noticia. Por un lado descarté algo gravísimo; pero, por el otro, se amplió muchísimo el universo de por dónde tendría que buscar a mis padres biológicos”, dice. Y enseguida lo baja a lo cotidiano: “Es algo tan simple como no poder completar en una ficha de mi hijo si hay antecedentes de alguna enfermedad en la familia. No lo sé. Él es mi primer lazo de sangre”.
Esa búsqueda también reconfiguró su pasado. “A mí nunca me faltó nada”, dice, mientras muestra algunas fotos de su infancia. En las imágenes se lo ve jugando a la pelota, esquiando en la montaña, abriendo una mesa de pool como regalo de Navidad y en un castillo que lleva su nombre. “Creo que la cantidad de lujos con los que me llenaron fue una forma de aplacar la culpa”, sostiene.
Con el tiempo, también resignificó algunas actitudes de su madre. “En los últimos años estaba muy mal, muy triste y con mucho miedo. Siempre decía que alguien podía venir a buscarme, que me iban a llevar. Yo nunca entendí. Hoy, cada vez que recuerdo esos episodios, en los que ella me abrazaba y se ponía a llorar, los veo más como una reacción de culpa que como un miedo a perderme”, dice.

—¿Pudiste volver a hablar con tu apropiador?
—No. Me gustaría conseguir algún patrocinio legal que me ayude a obligarlo a que me cuente todo lo que sabe, que yo sé que es mucho y lo tiene guardado. Lo que cometió fue un delito. (Piensa). Hace un tiempo, cuando mi hijo recién empezaba a caminar, lo perdí de vista veinte segundos en la plaza. Para mí fueron como dos horas. Y entonces me puse a pensar: “¿Qué pasaría si un día alguien se lleva a mi nene?”. Yo estoy seguro de que lo buscaría hasta la muerte. Invertiría todos mis recursos para encontrarlo. Un poco siguiendo esa lógica pensé: “A lo mejor hay alguien buscándome con esa misma intensidad”. Me destroza el corazón pensar que llegué demasiado tarde, que podría haber empezado esta búsqueda antes, que a lo mejor mis papás biológicos se murieron buscándome.
—¿Te imaginás un encuentro?
—Fantaseo con que un día los encuentro y tengo el mismo parecido que mi hijo tiene conmigo. Milo es igual a mí. Es hermoso, pero también refuerza la necesidad de encontrar a mi familia biológica. No solo siento que me robaron el derecho a la identidad, sino que también se lo robaron a él. Y cuando él tenga un hijo, también se lo van a haber robado a su hijo. Como padre, me parece una aberración que existan redes de tráfico de bebés. Y me genera mucho dolor haber estado vinculado tanto tiempo con personas capaces de hacer algo así. Bronca y miedo.

*En Argentina hay según el banco nacional de datos genéticos 14.000 personas que no conocen su origen biológico. Son personas que fueron apropiadas o adoptadas y están por fuera del Terrorismo de Estado, es decir que en caso de haber nacido entre 1976 y 1983, ya se comprobó que NO son hijos de desaparecidos. En el Ministerio de Seguridad de la Provincia de Buenos Aires, en la Dirección de Personas Desaparecidas, existe un área que se dedica especialmente a la Búsqueda de Identidad de Origen, y son quienes, liderados por Alejandro Incháurregui, acompañan estos procesos donde personas de todo el país se acercan para lograr conocer su identidad.
*Más información llamando al 0800-333-5502 y al +549-221-4204188. Sino por mail: busquedadeorigen@mseg.gba.gov.ar
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