Paredes cubiertas de manos, huellas de animales y símbolos que aún intrigan: Infobae entre pinturas rupestres milenarias

En la provincia de Santa Cruz, la Cueva de las Manos y el alero de Chacamata conservan algunos de los registros visuales más antiguos de Sudamérica. Una recorrida por lo que la ciencia pudo reconstruir y por lo que quedó sin respuesta

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Cueva de manos
La Cueva de las Manos fue declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1999 (Foto/Horacio Barbieri. Rewilding Argentina)

“Con nuestras manos tocamos, conocemos y nos apropiamos del mundo exterior. Pensemos en esto como la infancia de la humanidad. En todas las culturas utilizamos nuestras manos para ayudarnos y relacionarnos con el entorno. Mostramos las palmas como señal de paz y tranquilidad. Por eso decimos que la mano es una forma de identificarnos. Somos la única especie que puede hacer esto porque tenemos huellas dactilares”, nos dice el guía.

Estamos en el Parque Provincial Cueva de las Manos, más específicamente en el corazón del cañadón del río Pinturas, al noroeste de la provincia de Santa Cruz, y dentro del Parque Patagonia. Caminamos por la Cueva de las Manos, uno de los sitios arqueológicos más importantes de Sudamérica, donde quedaron registradas las huellas de los primeros pobladores humanos que habitaron la región entre los años 13.000 y 9.500 a.C. En 1999, fue declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.

Llegamos allí un domingo ventoso de marzo, después de un viaje en 4x4 por caminos de ripio. Antes de comenzar la recorrida, pasamos por el centro de informes, donde, como parte del protocolo, nos dan un casco para mayor seguridad. El guía se presenta y pide que lo sigamos. Bajamos unas escaleras y caminamos por un sendero zigzagueante. No es complicado, pero impone respeto. La propuesta es mirar el lugar con otros ojos: imaginar la vida de quienes habitaron esa tierra mucho antes que nosotros. “¿Están listos?”, pregunta el guía mientras avanzamos por una pasarela de madera.

Cueva de manos
La cueva está ubicada en el corazón del cañadón del río Pinturas, al noroeste de la provincia de Santa Cruz, y dentro del Parque Nacional Patagonia (Foto/Franco Bucci. Rewilding Argentina)

Algunas hipótesis sobre las pinturas

La cueva tiene 20 metros de profundidad, 10 metros de alto y 15 metros de ancho. Lo más llamativo fue y sigue siendo la técnica que utilizaron para pintar sobre esas paredes de piedra: a pesar del paso de miles de años, las imágenes se conservan, incluso frente a las inclemencias del clima de la zona.

Entre los distintos estudios sobre las manos en negativo, se determinó que prevalecen las izquierdas. Se han identificado más de 800 siluetas, con palmas de distintos tamaños: algunas muy pequeñas y otras con dedos finos y alargados, lo que sugiere que no solo pertenecían a hombres, sino también a mujeres y niños. La explicación más aceptada es que los autores apoyaban esa mano sobre la roca y utilizaban la derecha para soplar un pigmento a través de tubos hechos con huesos, una especie de aerógrafo primitivo.

Los colores predominantes —rojo, ocre, blanco, amarillo y negro— fueron obtenidos de óxidos minerales mezclados con grasa animal o saliva. Eso, sumado a la porosidad de la roca, al clima frío y seco de la región y a que muchas pinturas estén protegidas bajo aleros o superficies cubiertas, explica su durabilidad hasta nuestros días.

Consultado por Infobae, el arqueólogo e investigador del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET), Carlos Aschero, explicó que los significados de las manos responden, en su mayoría, a hipótesis: “Podrían ser personas concretas que formaban parte del grupo social que era dueño del sitio por herencia de su linaje, como en otros pueblos cazadores. Todos los miembros de ese grupo sabían de quién eran las manos”.

Cueva de manos
Paredón con manos de distintos tamaños (algunas con seis dedos), escenas de caza y arreo de guanacos, guanacas preñadas y motivos geométricos (Horacio Barbieri. Rewilding Argentina)

Además de manos, también hay escenas que permiten reconstruir aspectos de la vida cotidiana: guanacos en movimiento, secuencias de caza y figuras geométricas que sugieren prácticas, creencias y formas de organización. “En realidad, son rogativas (NdR.: oraciones) para la caza del guanaco y es posible que parte de los negativos tengan que ver con eso. ‘Parte’, digo, porque hay manos de niños y mujeres que no tendrían que ver con esa práctica, sino más bien con ceremonias de paso a la adultez o con prácticas de curación. Y lo que no se puede explicar es el cómo de esas rogativas: cánticos, música… No hay cómo todavía”, agrega el investigador que, junto al arqueólogo Carlos Gradín, fue uno de los primeros exploradores científicos de la Cueva de las Manos, allá por la década de 1970.

Acerca de los autores de las pinturas, se cree que habrían sido los antepasados de las comunidades de cazadores-recolectores que habitaron la Patagonia hace miles de años. “Tenemos dataciones radiocarbónicas que indican que las pinturas ocres de la serie inicial fueron hechas hacia el 9.300 antes del presente”, explica Aschero.

Según el arqueólogo, esos grupos habrían sido físicamente similares a los Tehuelches históricos: altos y fornidos, adaptados a la vida en un territorio hostil. El guanaco, el camélido más grande de Sudamérica, era la base de su subsistencia: no solo como alimento, sino también por el aprovechamiento de sus huesos, cuero y pelaje. Durante milenios, las escarpadas cañadas que desembocan en el río Pinturas fueron utilizadas por los cazadores como “mangas” naturales para el arreo y la captura de estos animales.

En ese contexto, las pinturas funcionan como algo más que representaciones: “Son un testimonio del arte de las antiguas sociedades de cazadores-recolectores, una expresión de su ideología y muestran aspectos de su vida, como la caza del guanaco, su principal fuente de carne y subsistencia”, dice Aschero.

Alero de Charcamata
El alero de Charcamata fue declarado Monumento Histórico Nacional y Provincial. Está dentro de un campo privado y su visita solo es posible con un guía (Foto/Gustavo Calfin. Rewilding Argentina)

Charcamata: un sitio menos conocido

A unos kilómetros de la Cueva de las Manos, y tras una travesía más exigente, el paisaje vuelve a ofrecer señales de ese pasado remoto. El alero de Charcamata aparece como un sitio menos frecuentado y más íntimo. El lugar fue declarado Monumento Histórico Nacional y Provincial, pero aún conserva el misterio de lo poco conocido.

Para llegar hay que desviarse de los circuitos tradicionales: cruzar el río Pinturas en 4x4, avanzar por un cañadón chico y continuar a pie unos dos kilómetros siguiendo el cauce de un arroyo. No hay pasarelas ni estructuras que ordenen la visita. Tampoco grandes grupos. El acceso es limitado y se realiza con un guía. Claudio Figueroa, de Zoyen Turismo, es el nuestro. Nacido y criado en la zona, hace años que recorre estos cañadones acompañando a visitantes de distintos puntos del país y del mundo.

“Lo que van a ver no ha sufrido la intervención humana actual: ni el cañadón, ni el cauce, ni el alero”, nos anticipa. El camino se compone principalmente de arbustos bajos y pastizales resistentes, como coirones, molles y quilembay.

Alero de Charcamata
La pared posterior del alero, donde descansan las pinturas, se curva como si quisera envolver a los visitantes (Foto/Horacio Barbieri. Rewilding Argentina)

Después de una caminata intensa, llegamos al alero. Es una cueva inmensa natural: el techo supera los 20 metros de altura. La pared posterior, donde descansan las pinturas, se curva como si quisiera envolvernos. No hay distancia con las pinturas. Están ahí, a nuestro alcance.

Además de las manos en negativo, hay figuras de guanacos, huellas de choique y trazos geométricos. También aparecen escenas que remiten a embarazos y nacimientos: guanacos preñados, mujeres en cinta o pariendo y formas que algunos interpretan como símbolos de fertilidad o ideas vinculadas a la trascendencia o la vida después de la muerte. “Se cree que usaban la misma pared una y otra vez, algo que se ve en la superposición de manos. ‘Acá hay vida’, dicen esas imágenes”, nos explica el guía.

Las técnicas son las mismas que las de la Cueva de las Manos —pigmentos minerales soplados con huesos—, pero el entorno modifica la percepción. El silencio y la cercanía generan una sensación distinta: no es solo observar, sino estar dentro del mismo espacio donde esas pinturas fueron hechas.

Según Carlos Aschero, el alero de Charcamata corresponde a una serie posterior a la de la Cueva de las Manos, con pinturas realizadas hacia los 5.000 años antes del presente. En ese marco, explica que la diferencia entre ambos espacios también es física: “La cueva tiene mayor profundidad y sectores oscuros, mientras que el alero es más abierto, con una relación distinta entre la boca y el interior. Charcamata es menos conocido, pero de igual importancia desde el punto de vista arqueológico e histórico”.

Alero de Charcamata
El alero de Charcamata alberga pinturas rupestres, entre las cuales se destaca el principal sustento de los pueblos nómades de la región: el guanaco (Foto/Gustavo Calfin. Rewilding Argentina)

Hoy, ese mismo paisaje donde hace miles de años se cazaban guanacos y se dejaban impresas manos sobre la roca forma parte de un proceso de conservación más reciente. En 2015, Rewilding Argentina adquirió la estancia donde se encuentra la Cueva de las Manos y luego donó esas tierras a la provincia de Santa Cruz para garantizar su protección a largo plazo y consolidar el área protegida que resguarda el sitio arqueológico.

Ese trabajo de la fundación no se limita a preservar el pasado. El desarrollo del Parque Patagonia también impulsa la restauración de ecosistemas, la protección de la fauna nativa y un modelo de turismo de naturaleza que involucra a las comunidades locales. Senderos, infraestructura mínima y guías de la zona forman parte de una estrategia que busca que estos paisajes sigan siendo habitables —para las especies que los integran y también para quienes los recorren— sin perder aquello que los hace únicos.

Alero de Charcamata
El Alero de Charcamata tiene 80 metros de boca, 40 metros de alto y más de 20 metros de profundidad (Foto/Canoa Films Co. Rewilding Argentina)

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