Para Celeste Giles, argentina de 43 años, licenciada en Comercio Exterior y radicada en Valencia desde 2019, el ranking que eligió a España como el país más divertido del mundo no es una sorpresa: lo vive en carne propia.
Llegó a ese destino casi por casualidad, con mochila al hombro y pasaje abierto, y terminó quedándose en la tierra que hoy ostenta ese título, por encima de Brasil y Tailandia. Y no solo eso: fue testigo privilegiada —desde un balcón y con credencial oficial— de la fiesta que ayudó a colocar a España en lo más alto del listado: La Tomatina.
El sondeo internacional 2026 de la revista especializada U.S. News & World Report valoró la cultura vibrante, la vida social intensa y, sobre todo, a ese evento icónico capaz de convertir a una pequeña ciudad, como la de Buñol, en un escenario festivo repleto de extranjeros.

La Tomatina, el evento que le valió a España el primer puesto en el ranking
Cada último miércoles de agosto, el municipio de Buñol, en la provincia de Valencia, se transforma en un mar rojo desde hace 80 años. Más de 20.000 personas participan de una batalla campal en la que se lanzan alrededor de 120 toneladas de tomates maduros, en una tradición que nació de manera espontánea en 1945 y que hoy es Fiesta de Interés Turístico Internacional.
“El evento en sí es corto, dura apenas una hora pero explota de gente, sobre todo turistas extranjeros”, contó Celeste en diálogo con Infobae. Pero esa hora es la culminación de varios días de expectativa y preparativos. Los vecinos cubren con plásticos las fachadas de las calles principales por donde pasarán los camiones cargados de tomates. Se instalan vallas, se señalizan accesos y se organizan actividades previas, como el tradicional palo enjabonado que desafía a los participantes a trepar hasta la cima en medio de risas y resbalones.
Para participar hay que comprar entrada con anticipación. “Los precios oscilan entre 15 y 45 euros, dependiendo de lo que incluya el ticket. Hay opciones básicas, que permiten ingresar y participar de la batalla, y otras más completas, con acceso a lockers para cambiarse después, transporte en micro desde Valencia o incluso la posibilidad de subir a los camiones que descargan los tomates”, detalló Celeste.

“En algunos casos, el ticket te permite estar arriba del camión. Y desde ahí ves cómo se va llenando todo de rojo”, remarcó. Son alrededor de cuatro camiones los que recorren la avenida principal, arrojando los tomates que desatan la locura colectiva.
Reglas, olor a salsa y un “piletón” de tomate
Una de las aclaraciones que más se repiten cada año es que los tomates utilizados no son aptos para el consumo humano. “Siempre hay polémica por el desperdicio de comida, pero la realidad es que no se usarían para comer”, explicó Celeste.
Las reglas son claras: aplastar el tomate antes de lanzarlo para evitar golpes fuertes, no tirar directamente a la cara y respetar la señal de inicio y finalización. Aun así, el caos es parte del encanto. Al principio, la batalla es entre quienes están arriba de los camiones y quienes esperan abajo. Pero en cuestión de minutos el suelo queda cubierto por una alfombra espesa y resbaladiza.
“Entre el agua y el tomate te puede llegar hasta la rodilla. Es como un piletón de salsa”, describió entre risas. El olor a tomate triturado impregna el aire y la escena parece salida de una película surrealista: cuerpos teñidos de rojo, zapatillas que chapotean y carcajadas que se mezclan con música y gritos en distintos idiomas.

Porque si algo sorprendió a Celeste fue la cantidad de extranjeros. “Viene muchísima gente de afuera. Se nota que hay todo un negocio turístico nacional e internacional armado alrededor de la Tomatina”, aseguró. A la pequeña Buñol llegan visitantes de toda Europa, Asia, América y Oceanía, muchos de los cuales arriban en tren desde Valencia en una especie de procesión festiva.
Balcones privilegiados y manguerazos solidarios
Celeste no participó desde el suelo, sino desde un balcón asignado por el Ayuntamiento. Se inscribió previamente y fue aceptada como invitada. El día anterior recibió su credencial y le indicaron en qué casa podía ubicarse.
“Estás en el balcón de una familia que sigue su vida normal. Mientras ellos almuerzan, vos estás mirando la Tomatina desde arriba”, cuentó. Hay reglas estrictas: si bajás a la calle, no podés volver a subir para no ensuciar la vivienda.
Desde las alturas se aprecia mejor la magnitud del evento: cuatro o cinco cuadras cubiertas de rojo, camiones que avanzan lentamente y fotógrafos apostados en balcones alquilados especialmente para la prensa.

Una de las postales más entrañables es la de los vecinos que, en pleno agosto y bajo el calor intenso, lanzan baldazos de agua desde sus balcones o riegan con mangueras a los participantes.
“Después de la batalla, algunos jóvenes se dirigen al río cercano para quitarse la pulpa, otros utilizan duchas improvisadas y muchos agradecen la hospitalidad de los residentes que ayudan a sacar los rastros de tomate del cuerpo, cambio de un propina”, contó.
La ciudad, además, se recupera rápidamente. “Apenas termina el evento, comienza un operativo de limpieza intensivo. Con el manguereado queda todo bien, no hace falta volver a pintar las fachadas”, explicó.
Zapatillas en la basura y una economía que respira turismo
Entre las escenas que más la impactaron, Celeste recordó que había los tachos de basura repletos de ropa y zapatillas, muchas casi nuevas. “No podía creer que tiraran zapatillas así”, admitió. Es que para algunos turistas, la prenda manchada es un recuerdo efímero; para otros, un objeto irrecuperable.

Buñol es una localidad pequeña que durante el resto del año no recibe multitudes. Pero en esos días explota. “No cabe un alfiler”, graficó Celeste. “Para los comercios, bares y restaurantes, la Tomatina representa uno de los momentos económicos más fuertes del año”, agregó.
El pueblo también cuenta con algunos atractivos adicionales —un pequeño castillo y una ruta de senderismo hacia una cascada—, “pero es la batalla de tomates la que lo puso en el mapa mundial”, destacó Celeste.
Las Fallas de Valencia, también entre los eventos más divertidos
No se trata de un evento aislado en el calendario español, sino de una celebración profundamente arraigadas en la historia y en la vida cotidiana de cada ciudad. Las Fallas de Valencia involucran a barrios enteros, asociaciones culturales y generaciones que crecen participando activamente de los preparativos.
El festejo, declarado Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, comenzó el último domingo de febrero y se extenderá hasta el 19 de marzo.

“La semana más importante arranca el 15, cuando se concentra la mayor cantidad de eventos. Durante ese tiempo, Valencia cambia por completo: calles cortadas, luces decorando los barrios, carpas que funcionan como discotecas móviles y un calendario diario de actividades para todos los gustos”, precisó Celeste, quien destacó el fuerte sentido de pertenencia.
“Cada barrio tiene su ‘casal fallero’, algo que ella compara con las escolas do samba de Brasil: compiten entre sí por el mejor monumento. Cada comisión elige una fallera mayor, su representante, y es tal el orgullo que incluso colocan carteles gigantes en las fachadas de las casas donde vive”, detalló.
Pero lo que más la sorprendió fue ver a los jóvenes comprometidos con la tradición. Lejos de considerarlo algo antiguo, vestir el traje tradicional es para ellos un orgullo. Y cuando todo termina, el último día ya anuncian cuánto falta para las próximas Fallas. “Viven todo el año preparándose para la siguiente”, resumió Celeste.
La fiesta culmina con la “Cremà”, cuando las esculturas se queman en una puesta en escena impactante. A lo largo de esos días, mascletàs, fuegos artificiales y verbenas nocturnas convierten a la ciudad en un espectáculo continuo.

“La fiesta se basa casi en tirar petardos”, contó entre risas. A diferencia de Argentina, donde están muy restringidos, en Valencia los fuegos artificiales y las mascletàs forman parte esencial de la celebración y estallan a cualquier hora del día. “Si vivís cerca de un casal fallero, a las cuatro de la mañana es como estar dentro de un boliche”, advirtió.
De Palermo a Valencia: una vida que cambió de ritmo
Celeste se fue de Argentina en 2019 de mochilera y nunca volvió. Vivía en el barrio de Las Cañitas, en Palermo, trabajaba en el sector agroexportador y decidió recorrer el mundo con su pareja, con quien está hace 15 años.
Gracias a que su empresa fue pionera en el teletrabajo, pudo continuar trabajando de manera remota mientras viajaba. Pero la devaluación del peso hizo que el salario dejara de rendir en euros y tuvo que reinventarse. Hoy es gerente de ventas en una empresa editorial que comercializa títulos académicos en inglés para el mercado latinoamericano.

Su llegada a Valencia fue casi accidental: su madre se mudó allí desde Italia y Celeste decidió pasar las fiestas de 2019 en la ciudad. En marzo de 2020 estalló la pandemia y el confinamiento la obligó a quedarse. Con el tiempo, lo que fue circunstancial se volvió elección.
“Al principio la ciudad me quedó chica. Venía de Buenos Aires, siempre a mil. Acá el ritmo es más tranquilo. Me ayudó a trabajar la paciencia”, reflexionó. La bicicleta reemplazó a los colectivos abarrotados, la playa y el sol —más de 300 días al año— compensaron la nostalgia del café porteño.
Celeste no regresó a Argentina desde que se fue, aunque mantiene contacto diario con su familia. La distancia es costosa y, a veces, elegir implica resignar. “Con lo que me sale ir a Argentina, me voy dos veces a Tailandia”, comparó. Sin embargo, planea viajar el próximo año para ser madrina de su sobrino.

No descarta volver algún día. “No me fui enojada. Siempre tengo la puerta abierta”, aclaró. Por ahora, renovará contrato de alquiler en julio y seguirá disfrutando de una ciudad que la adoptó casi sin proponérselo.
Mientras tanto, cuando cada agosto los camiones cargados de tomates avanzan por la avenida principal de Buñol y el rojo lo invade todo, Celeste confirma que, al menos por ahora, vive en el país más divertido del mundo. Y que, entre manguerazos solidarios, olor a salsa y risas internacionales, encontró un hogar donde la fiesta no es excepción, sino parte de la vida cotidiana.
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