
Hace 10 años, el 22 de febrero de 2016, los padres de Marina Menegazzo y María José Coni escucharon sus voces por última vez. Durante la charla, las jóvenes mendocinas de 21 y 22 años, respectivamente, admitieron que pretendían extender sus vacaciones por Ecuador unos días más a pesar de que sus otras dos amigas, Sofía Sarmiento y Agostina Cano, ya habían regresado al país unos 10 días antes.
Con su mochila a cuestas, las chicas tenían planeado salir desde la playa de Montañita -donde estaban hospedadas- hacia Guayaquil, continuar por tierra hasta Lima, Perú, y luego tomar un vuelo desde esa ciudad a Santiago de Chile. El último tramo, hasta Mendoza, pensaban hacerlo en micro.
La fecha pactada para abordar el avión era el 25 de febrero. Sin embargo, nunca pudieron hacerlo: las drogaron, intentaron abusar sexualmente de ellas, las golpearon hasta matarlas y arrojaron sus cuerpos en la playa.
Por el doble femicidio, la justicia ecuatoriana condenó (en agosto del 2016) a 40 años de prisión a Alberto Segundo Mina Ponce, el autor material de los asesinatos; y a Aurelio Eduardo “El Rojo” Rodríguez, su coautor. Mientras que José Luis Pérez Castro, considerado cómplice del hecho ya que su ADN apareció en la escena del crimen, recién fue condenado en septiembre de 2017. Él también recibió prisión perpetua.

Un viaje por Sudamérica
El verano de 2016 había empezado en Mendoza con esa electricidad especial que tienen los grandes planes. Para cuatro amigas jóvenes, soñadoras y llenas de ilusión, era el inicio de una aventura largamente esperada: visitar varios países de Sudamérica.
“Majo”, Marina, Sofía y Agostina habían trabajado, ahorrado, planeado rutas, revisado presupuestos. Querían recorrer pueblos, cruzar fronteras, escuchar acentos distintos, caminar calles desconocidas y volver con historias que contar durante años.
Majo era organizada, responsable, aplicada. Estudiaba Contabilidad en la Universidad Nacional de Cuyo y quienes la conocían la describían como reservada, sensible, de esas personas que piensan antes de hablar y que siempre se preocupan por los demás. Marina, en cambio, era espontánea, luminosa, de risa fácil. Estudiaba Fonoaudiología en la Universidad de Aconcagua y tenía esa energía contagiosa que hace que los demás se sientan cómodos cerca.

El viaje no era solo turismo. Era también un símbolo: independencia, crecimiento, alas desplegadas. Y así lo insinuó “Majo” en una carta que le escribió a su familia antes de partir. Un mensaje lleno de corazones, colores y gratitud. Decía que no le gustaban las despedidas, que los iba a extrañar “horrores”, pero que había llegado el momento de volar. Prometía volver en cuarenta y cinco días.
El 10 de enero de 2016, el sueño empezó oficialmente. Salieron de Mendoza rumbo a Santiago de Chile. Allí se reunirían todas, y desde Chile volarían a Lima para comenzar el ascenso mochilero por Perú y Ecuador.
Querían ver paisajes imposibles, playas, ruinas, mercados, ciudades vibrantes. Durante las primeras semanas, todo fue exactamente lo que habían imaginado: fotos, risas, caminatas interminables, la emoción de sentirse libres.

Eran cuatro amigas viviendo el viaje de sus vidas, compartiendo habitaciones pequeñas, anécdotas absurdas, comidas improvisadas y esa sensación incomparable de despertar en un lugar nuevo. Hasta que llegaron a Montañita.
Montañita, el destino de playa ecuatoriano que las sedujo por su ambiente bohemio
Montañita era, en esos años, un imán para viajeros jóvenes. Un pequeño pueblo costero del Pacífico ecuatoriano, famoso por su ambiente bohemio, su “onda hippie”, sus olas perfectas para surf y su vida nocturna intensa. La calle principal era de tierra y desembocaba directamente en la playa. Allí todo sucedía: hostales económicos, restaurantes sencillos, puestos improvisados que vendían bebidas, música sonando a todo volumen desde parlantes gigantes cada pocos metros. Montañita tenía esa promesa peligrosa de los paraísos turísticos: la ilusión de que nada malo puede pasar allí.

Los días transcurrieron entre playa, charlas y planes de regreso. El 10 de febrero Sofía y Agostina tuvieron que regresar a Mendoza por compromisos personales. Marina y “Majo”, en cambio, todavía tenían tiempo. Quedaban casi dos semanas más.
Ambas se alojaron en un hostal sencillo, cerca de la casa comunal, con cocina compartida y ventana hacia la calle principal. En las redes sociales se las veía felices, sonriendo con el mar de fondo y disfrutando de los atardeceres.
El robo que alteró los planes del viaje
Pero el final del viaje se complicó: les robaron dinero destinado al transporte. Fue un golpe inesperado. Se preocuparon, pero mantuvieron su espíritu independiente. Avisaron a sus familias, quienes se ofrecieron a ayudarlas.
El 22 de febrero era el día de salida hacia Guayaquil. Tenían que retomar el camino para volver a casa. Pero en Montañita, el tiempo se detuvo. Pasaron gran parte del día en un bar local, buscando a alguien que pudiera acercarlas. El calor era pesado, la ansiedad crecía.

En ese contexto apareció un hombre del lugar, conocido como “El Rojo”, que les ofreció ayuda y un lugar donde pasar la noche. Desde ese momento no se supo nada más de ellas. Ni mensajes, ni llamadas, ni publicaciones. En Mendoza, la preocupación invadió a las familias. La desaparición se volvió pública y sus padres denunciaron la desaparición en los medios de comunicación.
La noticia más devastadora
El 26 de febrero de 2016, un pescador encontró el cadáver de “Majo” en una zona de maleza y desechos cerca de la playa de Montañita, envuelto en sacos de yute, fundas plásticas negras y cinta adhesiva. La autopsia determinó que tenía un traumatismo craneoencefálico grave causado por un objeto contundente, una fractura en su fémur, lesiones genitales compatibles con intento de abuso sexual resistido, marcas de defensa en manos y un dedo roto.

Esa confirmación destrozó a ambas familias, que todavía no entendían qué había pasado ni dónde estaba Marina, ya que los cuerpos no aparecieron juntos. Pero eso no duraría mucho, porque apenas dos días después, el 28 de febrero, a unos cuarenta metros de distancia en la misma zona boscosa, hallaron el cuerpo de Marina, también envuelto en plástico negro, sacos y cinta de embalar.
Marina presentaba seis heridas punzocortantes de arma blanca en el cuello, desde la mandíbula hasta la región cervical, una de las cuales perforó su columna vertebral y médula espinal, causándole parálisis temporal antes de morir por hemorragia. No presentaba signos claros de abuso sexual, pero sí indicios de haber sido inmovilizada.
Del doble femicidio hasta se hizo eco el mismísimo presidente de Ecuador, por entonces Rafael Correa, quien dijo que haría todo lo posible para que la investigación avanzara y se encarcelara a los culpables. Finalmente, los tres detenidos -más allá de sus distintas responsabilidades en el hecho- recibieron la pena máxima.

Pero ninguna condena alcanzó para reparar lo irreparable. “Ni 40 ni 100 años me devuelven a mi hija ni me devuelven la alegría de mis otros hijos y de toda la familia, pero por lo menos se hizo justicia”, declaró a los medios Gladys Steffani, la madre de “Majo” a la salida del juicio donde se condenó al tercer acusado, un año y siete meses después del hecho.
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