La madrugada del 17 de febrero de 1994, alrededor de las 3:30 horas, en el barrio porteño de Flores, un crimen brutal sacudió a la Argentina. La vivienda familiar de la calle Baldomero Fernández Moreno al 1900, donde vivía la familia Bagnato, se transformó en una trampa mortal. El hecho fue conocido como la Masacre de Flores.
Esa noche, José Bagnato (42), su esposa Alicia Noemí Plaza (40), sus hijos Fernando (14) y Alejandro (9) y un amigo de éste último, Nicolás Borda (11), murieron a causa de un incendio que se propagó de manera devastadora. El fuego no fue accidental: la Justicia determinó que el domicilio fue rociado con combustible y prendido fuego de forma intencional.
La familia era conocida en el barrio como trabajadora y tranquila. José había tenido una fábrica de zapatillas que atravesaba dificultades económicas en los años previos, en un contexto de apertura de importaciones y crisis industrial que golpeó con fuerza a muchos pequeños empresarios en los años noventa.
Lo que pocos conocían, o lo sabían solo como un rumor, era que José mantenía un conflicto comercial grave con un ex socio: Fructuoso Álvarez González. Aquella madrugada, según reconstruyó la investigación, el atacante roció la vivienda con combustible altamente inflamable en distintos puntos estratégicos: puerta de ingreso, garage y aberturas laterales. La intención no era intimidar. Era asegurar que el fuego avanzara con velocidad y sin posibilidad de escape.

El inicio del fuego mortal
El incendio fue tan violento que los peritos describieron un fenómeno de “flashover”: una combustión súbita generalizada que convierte un ambiente cerrado en una cámara de fuego en cuestión de segundos. Las víctimas murieron por asfixia y quemaduras. Algunas fueron halladas en posiciones que indicaban que intentaron escapar.
El único sobreviviente fue Matías Bagnato, por entonces de 16 años, quien logró salir por una ventana de su habitación en el primer piso, empapado de sudor y luchando por respirar en medio de las llamas. Ante semejante caos, un vecino alcanzó a gritarle: “¡Matías salí, salí rápido! ¡Se quema todo!” Su desesperación por buscar y rescatar a su familia fue infructuosa: nadie respondió a sus llamados. La única salida era una ventana. Saltó desde varios metros de altura. Cayó al pavimento. Sufrió heridas, pero estaba vivo. Lo que continuó fue una escena que marcó su vida para siempre: intentó volver a entrar a la casa. Los bomberos lo detuvieron. Minutos después entendió que estaba solo.
La escena revivida posteriormente por el propio Matías, incluía el ruido ensordecedor de las llamas y la lucha por respirar mientras buscaba una salida. Las paredes ardían, las voces de sus seres queridos ya no respondían y el único camino de escape fue saltar a la calle desde una altura peligrosa. Un detalle que aún hoy estremece: la casa tenía rejas en ventanas y puerta, una medida de seguridad que durante años los protegió contra la inseguridad, y esa noche resultó funcional para el plan del asesino.

El responsable: quién fue y por qué lo hizo
La investigación pronto identificó al autor del crimen: Fructuoso Álvarez González, un hombre que había sido socio comercial de José Bagnato en una fábrica de zapatillas y con quien tenía un litigio por una deuda millonaria, unos 180.000 dólares que reclamaba.
Según las pericias judiciales y los testimonios de vecinos, Álvarez González no solo actuó con furia ese 17 de febrero: antes del crimen había estado llamando repetidamente a la casa de los Bagnato, con voz distorsionada anunciando la desgracia. Repetía frases siniestras como: “Uhhh se quemaron todos. Están todos muertos.”
Este patrón de amenazas fue confirmado por el propio Matías años después, quien recordó cómo la familia vivía con miedo a ese hombre que aparecía como un espectro en llamadas telefónicas previas al ataque en las que decía frases escalofriantes tales como: “Se van a morir, se van a quemar, los voy a prender fuego”.

En algunos casos, el propio Matías atendió el teléfono. La voz parecía disfrutar del terror que generaba. Lo que más impactó a los investigadores fue que, luego del incendio, mientras los cuerpos aún estaban siendo retirados, hubo nuevas llamadas en las que el agresor repetía: “¿Viste que cumplí?”. Esa mezcla de amenaza, premeditación y necesidad de hacer saber que era él resultó clave en la investigación.
La relación entre José Bagnato y Álvarez González había sido comercial. Compartieron emprendimientos vinculados a la industria del calzado. La sociedad terminó mal. Hubo denuncias cruzadas por dinero. Álvarez González sostenía que le debía 180.000 dólares. La Justicia no encontró respaldo legal suficiente para su reclamo. Pero en su relato personal, esa deuda se transformó en una obsesión. Testigos declararon en la causa que el hombre repetía que “si no cobraba, iba a destruirlos”. La justicia concluyó que la noche del incendio no cometió un acto impulsivo: fue el punto culminante de un proceso de resentimiento que había escalado durante meses.
El derrotero judicial del asesino
Cuatro días después de la masacre, el 21 de febrero de 1994, Álvarez González fue detenido por la policía. En su poder se encontraron elementos que lo vinculaban con el combustible utilizado. También surgieron testimonios que lo ubicaban cerca de la escena del crimen.

Un año más tarde, en noviembre de 1995, un Tribunal Oral en lo Criminal lo condenó a prisión perpetua por el delito de homicidio agravado por la muerte de cinco personas. Durante el juicio no mostró arrepentimiento. Esa actitud sería recordada años más tarde por Matías como una de las cosas que más lo perturbaban.
Pese a todo, en 2004 fue trasladado a España bajo el marco de tratados internacionales que permiten a ciudadanos extranjeros cumplir sentencia en su país de origen. Allí ocurrió uno de los capítulos más polémicos del caso: el sistema penal español aplicó su propio régimen de cómputo de penas. La condena fue reinterpretada bajo la legislación local y en 2008 Álvarez González recuperó la libertad. Para Matías semejante noticia significó revivir el incendio, más aún porque el homicida nunca demostró indicios de rehabilitación.
Su vuelta a la Argentina y nuevas detenciones
El regreso de Álvarez González al país terminó marcando un nuevo capítulo del caso. En 2011 fue recapturado tras amenazar de muerte a Matías y a su abuela, lo que provocó que la justicia argentina lo volviera a detener. Fue alojado en el Complejo Penitenciario Federal 1 en Ezeiza.
Las amenazas del asesino se siguieron reiterando y no fueron escasas ni tímidas. Se reportaron llamadas directas a Matías en las que el hombre le decía cosas como: “Estás muerto”, especialmente en horarios nocturnos, provocando terror y sensación constante de peligro.

Para colmo, cada seis meses, la defensa de Álvarez González solicitaba salidas transitorias o libertad condicional basándose en la legislación vigente, lo que generó múltiples audiencias judiciales y enfrentamientos legales con Matías como querellante en cada intento.
Con su vida marcada por el terror del incendio, Bagnato se refugió con su abuela, Norma Calzaretta, quien vivía con ellos y no estaba en la casa el día del ataque porque había viajado. Su ausencia evitó que la mujer también fuera una víctima más. Así, juntos iniciaron una vida marcada por el duelo y el miedo. La presencia de Álvarez González -incluso desde prisión o luego de su liberación en España- significó para ellos una amenaza constante. Las llamadas intimidantes, los mensajes y la posibilidad de que regresara para terminar lo que había empezado eran temores reales que acosaban a Matías cada día. Sus amenazas no cesaban: “Cuando salga, voy a terminar lo que empecé. Vos también vas a arder”, insistía del otro lado del teléfono. El joven denunció cada episodio. Vivió durante años con custodia. Cambió rutinas, horarios y hábitos. Evitaba exponer su domicilio. Su sensación de peligro era permanente.
La abuela Norma fue un pilar para él hasta su fallecimiento en junio de 2020, sin haber podido ver el fin del calvario judicial. La pérdida de su figura materna y protectora le significó otro golpe profundo.
El miedo constante y la vida después del horror
Durante años, los tribunales evaluaron informes psicológicos y penitenciarios del condenado. Algunos señalaban buena conducta intramuros. Otros advertían rasgos de personalidad obsesiva y ausencia de empatía. Cada audiencia implicaba para Matías volver a escuchar detalles del crimen. Uno de los aspectos más debatidos fue si una persona que comete un quíntuple homicidio con ese nivel de planificación puede ser considerada rehabilitada.

Bagnato siguió viviendo con custodia policial, relatos de miedo persistentes y la sensación de que el asesino podía volver a amenazarlo o incluso intentar matarlo cuando estuviera libre. En diversas entrevistas aseguró no estar tranquilo ante cada pedido de libertad condicional: “No puedo vivir en paz si él sale”, dijo en una de las audiencias, subrayando que sentía que el hombre “tiene la intención de terminar con lo que empezó”. Muchos de esos pedidos de libertad fueron rechazados por la Justicia argentina, que evaluó el contexto del caso, las amenazas y el peligro para la seguridad de Matías y la sociedad.
El 30 de abril de 2023, Fructuoso Álvarez González murió en el Hospital Zonal General de Agudos doctor Alberto Antranik Eurnekian, dentro del penal de Ezeiza, donde permanecía internado desde principios de ese mes por un reemplazo de cadera que complicó su salud. La noticia fue confirmada por las autoridades del Servicio Penitenciario Federal y por el propio Matías, quien en sus redes sociales expresó un mensaje de alivio: “Hoy sí por fin puedo decir: se terminó. Mami, Pa, Fer, Ale, Nico descansen en paz. Los amo con todo mi corazón”.

Desde ese momento pudo respirar con tranquilidad después de más de 30 años de lucha: el hombre que destruyó a su familia ya no representaba una amenaza latente, aunque el dolor por la pérdida de sus seres queridos y los años de persecución quedaron grabados en su mente y en su corazón para siempre. Hoy sigue lidiando con las secuelas emocionales, reconoce que ciertas situaciones lo afectan profundamente y, en palabras propias, aún lucha por “recuperar la normalidad” en su vida cotidiana.
La historia de Matías Bagnato es la de un joven que perdió a todos los que amaba en cuestión de minutos, que vivió décadas con miedo real y amenazas constantes, y que, sin embargo, no se rindió ante la idea de que su familia fuera olvidada o que el asesino volviera a estar en libertad.
Es la historia de un adolescente que vio arder su casa, escuchó morir a su familia y vivió con la certeza permanente de que el responsable quería terminar el trabajo.
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