Cuando el barco que lo llevaba a Montevideo dejó el puerto de Buenos Aires, seguramente Albert Einstein respiró aliviado. Terminaba para él un intensísimo mes en nuestro país. Invitado por la Asociación Hebraica y por la Universidad de Buenos Aires para dictar una serie de conferencias, fue objeto de homenajes, paseos, viajes, vuelos sobre la ciudad, actos con discursos interminables, compromisos oficiales, acoso periodístico y en el mientras tanto, muchos que pugnaban por conocerlo.
Había mucha expectativa sobre su visita, ya que los diarios la venían anunciando con bombos y platillos. El propio científico había ido a diversos países para que se conociera, de primera mano, su teoría, quejándose de aquellos que se habían largado a hacer interpretaciones libres.

Arribó al puerto de Buenos Aires a bordo del Cap. Polonio, buque de bandera alemana, la mañana del 25 de marzo de 1925. Antes había hecho escala en Río de Janeiro y Montevideo.
Lo esperaban actividades organizadas por diversos comités de recepción. Había uno presidido por el ingeniero Eduardo Huergo, otro de la Facultad de Filosofía y otra de las comunidades israelita y sefardí. Su viaje había sido posible gracias a la contribución de cuatro comerciantes israelíes.
Gobernaba un país próspero Marcelo Torcuato de Alvear y Einstein ya había iniciado su carrera que lo consagraría. Con 46 años cumplidos el 14 de marzo, era una suerte de celebrity mundial de trato encantador, sencillo y amable, con un especial sentido del humor.
Nacido en Ulm, había estudiado en Múnich y en Suiza cursó, entre 1896 y 1900 en el Politécnico de Zúrich, donde obtuvo un doctorado en Ciencias Físicas y una habilitación para ejercer la docencia en la universidad. En 1905 comenzó con los estudios que lo harían famoso, y por el hecho de haberse nacionalizado suizo eludió pelear en la Primera Guerra Mundial, a la que criticó, lo que le valió no pocos ataques de alemanes nacionalistas y de racistas.
Cuatro años atrás de su llegada a Argentina había recibido el Premio Nobel de Física por sus investigaciones sobre el efecto fotoeléctrico y sus contribuciones a la física, y no por la famosa Teoría de la Relatividad, ya que el experto que la estudió no la entendió y se temió hacer un papelón si le otorgaban semejante galardón por un trabajo que podía terminar en un fiasco.
Se alojó en la lujosa residencia que Bruno Wassermann, un comerciante judío alemán poseía en la esquina de Zabala y Villanueva, en el barrio de Belgrano, y que hoy la ocupa la embajada de Australia.
Aseguró que de nuestro país conocía su hospitalidad, del que tenía referencia por amigos que poseía en la comunidad judía local.
Como era de esperar, fue saturado por homenajes, banquetes, visitas, recorridos por la ciudad, a la que encontró cómoda, lujosa, pero aburrida y superficial; fue recibido por el presidente Alvear; se sometió a entrevistas periodísticas –hasta tuvo su bautismo de vuelo en un Junker- además de las conferencias que brindó en francés a los asistentes ávidos de conocer más sobre la famosa Teoría de la Relatividad.
El único día que disfrutó de un impasse fue el 29 de marzo cuando se quedó descansando porque llovía y se habían suspendido las actividades programadas.
Dio ocho conferencias en la Facultad de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales; una en la de Filosofía y Letras y otra en la Sociedad Hebraica.
En la primera brindada en el Aula Magna del Colegio Nacional de Buenos Aires, que fue la inaugural, se sorprendió por la cantidad de jóvenes, a los que alentó a que lo interrumpiesen ante la menor duda y que cuestionasen sus conceptos.
Los diarios publicaban íntegras sus conferencias y la Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales lo nombró académico honorario. Todo lo que hacía tenía cobertura y algunas empresas incluyeron su nombre en sus avisos publicitarios.

Le agradó la ciudad de La Plata, y allí visitó el Museo de Ciencias Naturales y la sede del Jockey Club, donde fue homenajeado. También viajó a Córdoba en tren y en cada estación había gente en el andén esperándolo para saludarlo. Hubo recorrida por su universidad y parada en el Hotel Edén, en La Falda, propiedad de los alemanes Eichhorn –futuros aportantes a la campaña de Adolf Hitler- quienes le prepararon un banquete.
Cuando dio la conferencia en la Universidad de La Plata, el rector quiso reconocerle sus honorarios. Azorado miró la cifra del cheque, que era de mil pesos. Luego de un tira y afloje, aceptó quinientos pesos y pidió que el resto fuera destinado a un premio para investigaciones científicas.
Lo cierto era que Einstein no tenía un minuto de tranquilidad, producto de una apretada agenda de compromisos de actos, charlas y visitas.
La solución se la dio su familia anfitriona. Donde halló la paz que buscaba fue en la quinta que los Wassermann poseían en la localidad de Llavallol, en el sur del conurbano, por entonces un caserío con calles de tierra y mucho verde.
Tenían su casa de descanso en la calle Moldes y Néstor de la Peña, a escasos metros donde está situado el Instituto San Francisco de Asís. Estuvo un par de días a comienzos de abril, y le alcanzó para recorrer la reserva de Santa Catalina, considerada una de las primeras colonias agrícolas que tuvo el país, formada por escoceses en 1825.
Y, tal vez, disfrutando de su anonimato, era posible verlo sobre el puente peatonal de madera, cercano a la estación del ferrocarril, contemplando el paisaje. Se lo recuerda como una persona afable, tranquila, siempre de buen humor. También se hizo del tiempo para visitar la catedral de Lomas de Zamora y la localidad de Adrogué.
Dijo sentirse tan relajado en Llavallol que estuvo trabajando en una idea sobre la conexión entre la gravitación y el electromagnetismo, trabajos que desecharía a su regreso a Europa.
Einstein dejó el país el 23 de abril. Su visita a la Argentina no había pasado inadvertida. Hasta escribió columnas en el diario La Prensa. En la primera de ellas, ahondó en el concepto de una “pan Europa”, con lo que se adelantaba casi ochenta años a la conformación de la Comunidad Europea.
Antes de la partida, fue agasajado por estudiantes universitarios, el comité de sociedades israelitas le organizó una despedida y él realizó una cena en lo de los Wassermann, con lo que culminó la visita del creador de una teoría que pasó un ajetreado mes en ese lejano país de América del Sur llamado Argentina.
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