El misterio recorre Villa Gesell cada temporada y nunca se logró dilucidar. Los turistas que suelen recorrer la rambla de madera las tardes ventosas y nubladas se quedan paralizados al verlo. En la esquina del Paseo 110, antes de desembocar en la arena aparece un castillo que está en construcción hace un poco más de cinco años. Muchos se preguntan quién lo levanta, para quién o qué será en el futuro cercano. Terminan las temporadas y los propios vecinos de la ciudad costera tampoco saben mucho sobre el destino que se le dará a la edificación. Infobae habló con la familia que está a cargo del proyecto. Una idea que se inspira en migrantes, un amor apasionado y la confianza en el pueblo costero que les dio todo.
La localidad tiene una historia que combina la visión de Carlos Gesell, un descendiente de alemanes que decidió armar su refugio frente al mar. Para eso, usó pinos y arbustos para fijar los médanos. Primero construyó su mítica casa de 4 puertas (así si una se le tapaba con arena podía salir por otra). Luego, empezó con la promoción para la llegada de turistas. El lema era que Villa Gesell era el balneario que se “recomendaba de boca en boca”. Entonces, empezaron a llegar los primeros emprendedores. Muchos de ellos eran alemanes por la cercanía con el fundador e italianos.
La construcción de Villa Gesell
En la década del 60, la localidad era reducto de los hippies y las primeras bandas de rock. Para esos años, llegaba a la Argentina desde el norte de Italia, Humberto Galardi. Este joven tano se convirtió junto a su hermano en los primeros mecánicos de Fiat en el país. Humberto pasaba los veranos en Villa Gesell. Allí se enamoró de Delia. “En menos de un año nos casamos. Es y será por siempre el amor de mi vida”, cuenta el hombre en diálogo con Infobae.

Los Pampuri vivían en Villa Gesell. De hecho, la madre de Delia, Elsa solía recorrer con el jeep del fundador las calles de arena para elegir nuevos terrenos para construir casas y departamentos. Mientras tanto, Delia y Humberto hacían su vida en el norte del conurbano, cerca del taller mecánico de los Galardi. “Ella era mi princesa y por eso primero le construí un castillo en Carapachay. Ya no la tengo más conmigo y por eso ahora estoy haciendo otro castillo pero al lado del mar en su honor”, relata Humberto con acento italiano pese a que lleva más de 60 años en Argentina.
Tras varios años en Buenos la pareja se fue a vivir a Villa Gesell. Allí construyeron su lugar en el mundo. Sus hijos quedaron en Buenos Aires para estudiar. “Todos los veranos íbamos a pasar los veranos. Recuerdo con mucha nostalgia los que pasábamos a mediados de la década del 90″, relata Paolo, hijo de Humberto y actualmente a cargo de la construcción del castillo del Paseo 110.
“De chico todos mis amigos querían venir a mi casa en Carapachay porque era un castillo -cuenta Paolo-. Muchos vecinos inventaban historia de que era una vivienda abandonada o que había fantasmas dentro”.
“A mi papá le costó mucho recuperarse tras la muerte de mi mamá -cuenta Paolo-. Teníamos este terreno que por muchos años funcionó como garage en temporada y era una apuesta a todo o nada. O me quedaba en Gesell con mi emprendimiento de departamentos más el castillo. O vendíamos todo y me volvía a Buenos Aires. Decidimos quedarnos para cumplir este sueño de Humberto y regalo para Delia”.

Desde principios de la década del 90 hasta el 2017 el terreno funcionó como un estacionamiento en temporada. Lo trabajaba Paolo que por muchos años llegaba para hacer la temporada y ayudar a su papá. “No nos rendía tanto ese negocio y encima era muy cansador. Estábamos casi todo el tiempo pendiente. Era abrir a la mañana y estar hasta la noche tarde sin descanso”, explica Paolo.
El sueño del castillo propio
Como todo lo que hicieron en Gesell, la edificación se hace a pulmón y se involucra a toda la familia. El primer paso fue romper un contrapiso que era parte del garage. Ese trabajo lo hizo Humberto con sus manos. “Llegaba todas las mañanas y empezaba a picar y a sacar cascotes. Después esas mismas piedras se usaron para las nuevas losas. En otro momento, veía a los albañiles que usaban muchos clavos. “Empecé a llevarles menos por semana - recuerda Humberto-. Además, recolectaba los clavos usados y los enderezaba en el patio de mi casa todas las mañanas”.
El proyecto comenzó en el 2017. En ese momento, Paolo se radicó definitivamente en Gesell con su familia. Empezó a administrar el negocio familiar de alquiler de departamentos para temporada. “Primero le alquilábamos a jóvenes y había muchos problemas con los vecinos por los ruidos. Y con la policía también. En el 2015, cambiamos la estrategia. Ahora, sólo son para familias. Le agregamos videojuegos, bicicletas. En general, son turistas que vienen todos los años”, explica Paolo.

Así, empieza el sueño del castillo en ese terreno heredado a unos metros del mar. Humberto dibujó su sueño en una hoja y después hasta hizo maquetas con cartón. Después un arquitecto se encargó de llevar esas ideas a un plano. “La obra recién arrancó cuando estuvo todo aprobado y autorizado. Por eso el retraso -explica Paolo-. También tuvimos el parate de la pandemia. En esos momentos no pudimos tocar ni un ladrillo”.
Cuando esté terminado la idea es que sean 18 departamentos, una confitería y una juguera que esté lo más cerca del mar posible. “Nuestro objetivo es tener los primeros departamentos, lo de planta baja, terminados para el verano 2026 - cuenta Paolo-. Es muy costoso todo y cada ventana con arco es muy compleja para confeccionar, por ejemplo”.

En el centro del castillo se ubica lo que para Humberto es su “niña mimada”. Una pileta de 10 metros de diámetro en forma de trébol de cuatro hojas, el de la suerte. Los Galardi son fanáticos de los autos, especialmente de los Alfa Romeo. Por eso la forma de la piscina del castillo. El “quadriflglio” de esta marca que representa a sus modelos de alta gama. “La pileta tendrá unos 21 asientos con un hidromasaje cada uno que funcionará a manera de jacuzzi individual”, explica Paolo. Cada parte de la construcción lleva un cuidado especial. Todas las ventanas y puertas tienen aberturas y los techos están hecho con lajas sin corte de una sola pieza. “El 80% de nuestra recaudación del verano se invierte en este proyecto. Es nuestra obsesión terminarlo lo más pronto posible”.
Cada mañana Humberto se levanta y camina las 8 cuadras desde su casa en el Paseo 118 hasta el 110 en el que se levanta su castillo. El italiano se para en la rambla de Gesell. Y desde esas maderas gastadas por la sal marina y el viento levanta su mirada para contemplar su creación. Desde allí, sus ojos siguen al cielo. “Todo esto es para vos, Delia. El amor de mi vida”, suele pensar en esos momentos. Después, se mete de lleno en motivar a los albañiles para que apuren con una pared o un nuevo techo de una de las torres. Necesita ver su obra terminada lo antes posible.
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