
Egipto, la tierra de los faraones, desborda de sitios de interés. Hasta aquí llegó Andrés Salvatori. Las grandes pirámides y todos los atractivos de El Cairo, Alejandría, el Mar Rojo y sus playas, el Nilo y sus templos como Kom Ombo, Edna, Edfú, Luxor y sus misteriosas tumbas. Dejamos todo esto a un lado y nos desplazamos aún más al sur, alejándonos del Mediterráneo, para visitar Abú Simbel y toda su magia.
A este sitio se llega desde Aswán, la última ciudad grande en cierta medida en la zona meridional del país, y para acceder se puede ir en combi, las cuales van en caravanas y a veces con un auto de policía adelante y otro atrás, o bien en avión, en un viaje muy corto que apenas dura media hora. Idealmente los trayectos se realizan bien temprano en la mañana para poder ver el amanecer en medio del desierto. Esto precisamente es lo que quiero apreciar, por lo que nos levantamos en la madrugada a las 3.30 am para ir hasta el aeropuerto y subirnos a una nave bien pequeña, dos asientos a cada lado de un angosto pasillo. No tengo tiempo de preocuparme por la fragilidad que contagia porque enseguida aterrizamos y en apenas diez minutos desde la pista a la cual llegamos, ya estamos listos para presenciar una inigualable salida del sol en medio del desierto con los templos milenarios que decoran el paisaje.

El Templo principal de Abú Simbel está dedicado a Ramsés II, un faraón de la Dinastía XIX de Egipto, aproximadamente unos mil doscientos años antes de Cristo. Su fachada tiene 38 metros de alto por 33 de ancho y en ella se pueden ver a cuatro grandes estatuas que representan al propio Ramsés sentado en un trono, cada una de unos veinte metros de altura, rodeadas de otras figuras menores que no les llegan ni a las rodillas. Por dentro, una vez que ingresamos, avanzamos por un corredor, del cual nacen cámaras laterales a ambos lados, con estatuas, bajo relieves, pinturas, hasta llegar a la parte principal, el Santuario, que se ubica al final del pasillo, y en el cual se encuentran cuatro grandes esculturas representando a los dioses Amón, Ra, Ptah y al propio faraón, todos sentados. Lo que tiene de particular es que dos veces al año, el 21 de octubre y el 21 de febrero, los rayos del sol bañan al santuario, iluminando a tres de las cuatro figuras: a Amón, a Ra, al propio Ramsés, pero no lo hacen con la cuarta. Ptah, dios relacionado justamente con la oscuridad y el inframundo, permanece en las sombras.
Al lado del Gran Templo hay otro menor, dedicado a Nefertari, esposa de Ramsés. No es tan grande y en su frente exhibe seis estatuas; por supuesto cuatro del gran faraón y dos de Nefertari, todas del mismo tamaño, lo cual no era habitual, ya que las del monarca siempre eran de mayores dimensiones.

Algo muy interesante con respecto al lugar aconteció en la década del sesenta del siglo pasado. En esos años se estaba por construir la represa de Aswán, que hoy en día está al lado de la ciudad, razón por la cual, al elevarse el nivel del agua antes de la represa, implicaba que muchos edificios históricos iban a quedar sumergidos, entre ellos, los más notables, los templos de Abú Simbel.
En 1964, un equipo multinacional comenzó el traslado cortando los templos en muchos bloques de hasta treinta toneladas los más grandes. Cada sección fue desmantelada y vuelta a armar en una localización más elevada, sesenta y cinco metros más alto. Los templos se colocaron con una orientación similar a la que tenían originalmente e inclusive detrás de ellos se construyó una gigantesca montaña de hormigón armado, para que el entorno original se conservara. Una estructura artificial de cientos de metros, recubierta por terreno natural, la cual, si uno no conoce la historia, no se da cuenta que existe. Lo particular es que cada 21 de octubre y cada 21 de febrero, el sol sigue penetrando en el templo hasta el final llegando hasta el santuario. Ptah, el dios de la oscuridad tampoco puede ver sus rayos en la nueva ubicación del majestuoso templo.
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