
Cuando apareció, como surgido de la nada, Mario César Fendrich llevaba 109 días prófugo, era el hombre más buscado de la Argentina y pesaba sobre él una orden de captura internacional. Su foto estaba en las páginas de los diarios y en las pantallas de televisión, mientras las especulaciones sobre su paradero crecían como hongos. Se decía que había escapado a Europa con un pasaporte falso, que estaba escondido en algún lugar de Paraguay, que se lo había visto en una playa brasileña acompañado por una mujer mucho más joven que él, que se había sometido a una cirugía plástica y que andaba tranquilamente por ahí sin que nadie pudiera reconocerlo.
Más allá de las especulaciones, durante esos 109 días se habían seguido decenas de pistas para encontrarlo, pero no había siquiera un rastro que llevara hasta él. Eso había contribuido a elevarlo más en la consideración de muchos, que lo veían como un “héroe popular”, en un ladrón mítico, el tesorero que había desvalijado a su propio banco sin que nadie se diera cuenta. El botín era impresionante: 3.200.000 de pesos en esos tiempos en que un peso argentino equivalía a un dólar, y otros 187.000 en verdaderos billetes verdes.
Así estaban las cosas la mañana del lunes 9 de enero de 1995, cuando el comentario todos era la muerte del excampeón del mundo de los medianos Carlos Monzón en un accidente automovilístico ocurrido el día anterior, y Mario Fendrich apareció desde la nada. Lo hizo sin estridencias, con la misma discreción con que se había ido, para entregarse a la Justicia de su provincia, Santa Fe.
Ya no era el gris subtesorero bancario -prolijo y meticuloso- que pareció haberse esfumado de la tierra 109 días antes. Estaba bronceado, usaba barba, se lo veía un poco más gordo y vestía con naturalidad una camisa sport y sandalias franciscanas. Se veía que no la había pasado mal mientras la policía lo buscaba por todas partes. En su primera declaración judicial no dijo -y no lo haría nunca- dónde había estado ni que había hecho con la plata. Tampoco las razones por las que había robado el tesoro de la sucursal del Banco Nación en la ciudad de Santa Fe.

“Vieja, me voy a pescar”
“Después del banco me voy a pescar con los muchachos”, le dijo Mario César Fendrich a su mujer la mañana del viernes 23 de septiembre de 1994. Le dio un beso y salió de su casa para no volver, porque ese viernes, después de trabajar como siempre en el banco, el opaco tesorero no fue a pescar sino que partió a bordo de su Fiat Duna Weekend con rumbo desconocido. Con él se esfumó también una suma sideral del tesoro.
Hombre prolijo a la hora de llevar los números -su rutina de décadas-, antes de partir le dejó dentro del tesoro una notita a su jefe, Juan José Sagardía, que ese día no había estado en el banco porque participaba de un curso de capacitación: “Gallego, me llevé tres millones de pesos del tesoro y 187 mil dólares de la caja”, decía. El arqueo realizado días después, cuando recién se pudo abrir el tesoro, demostró que como siempre los números de Fendrich eran exactos.
El lunes 26, cuando Sagardía llegó al antiguo edificio de la esquina de San Martín y Tucumán de la capital santafesina se encontró con dos sorpresas: su compañero y amigo Fendrich -siempre puntual- no apareció a la hora habitual y algo pasaba con el tesoro, porque no lo podía abrir. Pensó que Fendrich había cometido un error al programar la apertura de la puerta de la bóveda. Raro en él, siempre tan cuidadoso, pero a cualquiera le podía suceder. Como el subtesorero seguía sin llegar, decidió llamar a su casa. La respuesta de la esposa de Fendrich lo preocupó aún más: “Estoy por hacer la denuncia porque todavía no volvió de pescar”, le dijo la mujer desde el otro lado del teléfono.

222 años de sueldo
Fue un lunes frustrante y agitado en la sucursal Santa Fe del Banco Nación de Santa Fe y con el correr de las horas también en la casa central de Buenos Aires: nadie podía abrir la puerta de la bóveda y no había noticias de Fendrich.
Recién el martes se develó el misterio. Cuando finalmente pudieron acceder al tesoro descubrieron que alguien -que no podía ser otro que el subtesorero – había desconectado las alarmas y programado el reloj trigonométrico de la puerta de la bóveda para que se volviera a abrir recién cuatro días después.
También descubrieron que faltaba plata, mucha plata. La nota que Fendrich había dejado dentro del tesoro decía cuánto se había llevado y el arqueo lo corroboró: faltaban 3.200.000 pesos (dólares por la cotización 1 a 1), casi todos en billetes de 100, a los que se sumaban otros 187.000 en billetes verdes. Tal vez porque consideró que eso era suficiente o, quizás, porque le hacían demasiado bulto, el subtesorero había dejado dos sacas que contenían otros dos millones de pesos.
Hace unos años, en una nota en Infobae, el colega Rodolfo Palacios calculó que con el sueldo de 1.200 pesos que cobraba Fendrich tendría que haber trabajado 222 años para ganar ese dinero con el que se había esfumado.
Un héroe popular
“Robar un banco es un delito, pero es más delito crearlo” es una frase que se le atribuye al poeta y dramaturgo Bertolt Brecht. Quizás por eso, los ladrones de bancos -cuando se trata de robos incruentos y planeados con ingenio- suelen caer simpáticos a mucha gente.
La opinión pública estaba dividida. Una encuesta de la época, publicada por Página/12, mostraba que un 20% de los entrevistados lo consideraban un personaje “simpático”. En otra, de la revista Noticias, el 32,5% lo calificaba de “ídolo”, contra un 56% que lo consideraba un ladrón.
Ladrón era, pero un ladrón con mejor imagen que la mayoría de los dirigentes políticos de ese momento. “No me siento símbolo de nada”, contestó cuando se lo dijeron. Y agregó lo que podía entenderse como su motivo para robar: “Era un trabajo poco grato. La rutina a uno lo absorbe, lo atrapa y lo lleva. Nunca debí haber trabajado en un banco. Ahora soy más libre”.
Además, el hombre sabía mantener el misterio. No soltaba prenda sobre lo que había hecho con la plata ni dónde se había escondido, aunque era evidente, por el bronceado, que no se había ocultado del sol.
Mario César Fendrich fue juzgado dos años después del robo. Ante el Tribunal Oral Federal de Santa Fe ensayó una defensa que resultó muy poco creíble: dijo que lo habían secuestrado y que los delincuentes se habían llevado todo el dinero. Fue una de las muchas versiones que dio. Quizás la más insólita fue que, una vez cometido el robo, se fue en el auto rumbo a Rosario y que durante el viaje hizo paradas para ir entregando el dinero a personas que le habían indicado.
Mientras tanto, las especulaciones no se detenían: se decía que había comprado campos a nombre de testaferros, que se había gastado todo el dinero en un casino paraguayo, que casi todo lo robado se le había ido pagando para que lo escondieran, entre muchas otras cosas. La Justicia estuvo a punto de abrir las tumbas del cementerio privado de un amigo de Fendrich, Rogelio Picazo, para comprobar si el dinero estaba enterrado en una falsa tumba.
En el juicio oral declararon 33 testigos. Sus amigos y excompañeros seguían sorprendidos por el mal paso del subtesorero. “Es un pingazo. Cuando íbamos a pescar, no quería que habláramos de política y de trabajo”, declaró uno de ellos.
Las autoridades del Banco Nación pidieron una dura condena, para que sirviera de ejemplo y a nadie se le ocurriera imitarlo. Lo mismo exigía el tesorero Sagardía, que había perdido el empleo “por negligente” debido al robo. “Mario era honesto, pero se convirtió en delincuente con todas las letras. Hizo lo peor que una persona puede hacer: manchó su apellido para siempre”, dijo el hombre, que después escribió un libro para dar su versión, El robo nacional.
El 12 de noviembre de 1996, el tribunal condenó a Mario César Fendrich a ocho años, dos meses y quince días de prisión por el delito de peculado y lo inhabilitó de por vida para ejercer cargos públicos. No se lo podía condenar a más, porque el hombre no había ejercido violencia para hacerse del dinero.

El récord Guinness
El subtesorero infiel cumplió cuatro años, nueve meses y veinte días de prisión en la cárcel de Las Flores, en la Provincia de Santa Fe. Los informes penitenciarios dicen que tuvo una conducta ejemplar, lo que favoreció que le otorgaran la libertad condicional. Cuando salió, dijo: “Adentro hay más códigos que afuera”.
Entre las condiciones que la Justicia le impuso para liberarlo, además de tener un domicilio fijo, trabajar y no tomar alcohol, hubo una que sonaba risible. Le ordenaba que, si sabía dónde estaba el dinero, tenía que presentarse para devolverla.
Una vez en libertad, Fendrich tuvo varias ocupaciones. Primero montó una pequeña fábrica de placas de yeso para cielorrasos y de fibra de vidrio para lanchas, después tuvo un bazar y finalmente una casa de loterías y quiniela. En sus ratos libres iba a pescar, pero de verdad.
Años después dio otra versión del robo: que lo había planeado con unos amigos en una charla de café y que después lo habían estafado. También le dijo a su ex abogado, Antonio Ciarro, de quien terminó siendo amigo: “Ni muerto vuelvo a hacer lo que hice. Sufrí mucho e hice mucho mal a mi familia”.
Mario César Fendrich murió a los 77 años en diciembre de 2018, mientras estaba de vacaciones con unos amigos en La Habana, Cuba, luego de sufrir un accidente cerebro-vascular. Para entonces ya tenía un lugar en el Libro Guinness de los Récords como el autor del mayor robo individual e incruento de la historia.
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