
Las redes sociales muchas veces son redes cloacales, solo sirven para que algunos anónimos escriban sus odios y sus frustraciones. Pero otras veces, sobre todo si decidimos seguir gente interesante y no odiadora, podemos descubrir grandes datos. Fue así como hoy el muro de Diego Zigiotto me recordó que el 11 de enero de 2013, hace diez años, dejaron de circular los vagones de madera de la línea A del subte porteño. El autor del posteo sumó más datos. Los vagones de madera eran originarios de Bélgica, los coches marca La Brugeoise, con algunas reformas, corrieron entre 1913 y 2013. En medio de polémicas, finalmente se radiaron del servicio para reemplazarlos por nuevas unidades de origen chino. La línea fue cerrada al público durante casi dos meses para que pudieran realizarse pruebas con el nuevo material rodante. Los vagones de madera fueron declarados Patrimonio Cultural de la Ciudad. Algunos de ellos se encuentran en proceso de restauración; otros están abandonados.
La información de Zigiotto me provocó una mezcla de alegría y melancolía. Uno de los paseos favoritos o el paseo favorito de mis hijos mellizos -hoy adolescentes- era viajar en el viejo subte e ir de Acoyte a Plaza de Mayo, ida y vuelta. Los sábados o los domingos subíamos al primer vagón y nos colocábamos en el asiento junto a la cabina del conductor. Allí vivíamos la primera alegría. Es que existía una regla no escrita pero respetada a rajatabla por todos los pasajeros. Si ocupaban ese asiento y subían niños, inmediatamente se levantaban y lo cedían. Podían estar cansados, malhumorados o aburridos, podían ser jóvenes o cuarentones, mujeres o varones, pero el asiento casi siempre se cedía. Y si algunos se hacia el otario siempre otro le recordaba que “hay chicos, dejalos mirar por la ventana”.

Es que la alegría de los chicos a medida que la formación avanzaba por ese túnel, contagiaba. El recorrido se transformaba en viaje mágico. Había verdaderos hitos. Descubrir la estación “fantasma” entre Miserere y Alberti, pasar de la penumbra del túnel a la luminosidad de la estación, la bajadita y subida antes de Miserere, la expectativa cuando otra formación avanzaba en sentido contrario. Por lo que costaban apenas un boleto recibíamos una mezcla de montaña rusa y túnel del tiempo.
Todavía recuerdo la fascinación de otros pasajeros con la fascinación que demostraban los chicos. Ese viaje que habían realizado decenas de veces, se resignificaba con los ojos de los chicos. Más de una vez vi a alguno “parando la oreja” para escuchar la historia de la estación fantasma. Se trata de Pasco Sur y Alberti Norte. Se construyeron en 1913 y fueron cerradas en 1951. Una versión indica que se clausuraron porque estaban demasiado cerca, lo que hacía que las formaciones se detuvieran muy seguido. Otra versión indica que fueron abandonadas luego del ataque que incendió la Casa del Pueblo (sede del Socialismo y en represalia por las bombas en Plaza de Mayo mientras hablaba Perón en 1953) y una última indica que fue para no ayudar a posibles boqueteros ya que una de ellas quedaba cerca de una bóveda del Banco Nación.
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De todas las versiones, la más temible es la que repiten los antiguos empleados del subte. Aseguran que por la noche deambulan por los andenes las almas en pena de dos trabajadores italianos que murieron en la construcción de la línea A. Dicen que si se presta atención y ellos lo desean, todavía se los puede ver sentados o parados en las vías, mirando a los pasajeros y haciendo titilar las luces sin que nadie toque interruptores.
Ninguna de estas historias era apta para ser contada a niños pequeños. Sin embargo, al abandonar Miserere y decirles que estuvieran atentos por si veían a los fantasmas de la estación fantasma no había modo de no atraparlos. Es que aún en tiempos digitales, un fantasma inventado resulta más interesante que la mejor app.

Es cierto que con fantasmas o sin fantasmas si te tocaba usar el subte todos los días, como medio de transporte era una incomodidad, sin aire acondicionado, con asientos incómodos. Pero los fines de semana y de paseo era genial. En algún momento se aseguró que algunos vagones volverían a funcionar sábados y domingos. Es que para los turistas extranjeros poder viajar en vagones de comienzos del siglo XX que todavía funcionaban resultaba tan extraño como a los argentinos nos resulta extraño el tren bala.
Hace diez años dejaron de circular. Las formaciones actuales son cómodas y con aire acondicionado. Pero no tienen asiento con ventana junto al conductor, ni pasajeros solidarios con miradas cómplices, ni niños que ven fantasmas en estaciones abandonadas. Les sobra funcionalidad pero perdieron magia. Ojalá se pueda rescatar la iniciativa de hacerlos funcionar el fin de semana. Ya lo decía Borges “No hay un día que uno no pase un momento en el paraíso” y a veces el paraíso se trata de dos niños que con sus ojos nos ayuden a encontrar fantasmas viajando en un subte tan viejo como mágico.
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