
A los 8 años, Julián Provenzano (37) se divertía entre los pastizales del campo descubriendo objetos abandonados que pertenecían a tractores o cosechadores. Ya estaban oxidados, en mal estado y habían quedado en desuso. Aún así, lo fascinaban. “Lo acompañaba a mi padre a trabajar y me escapaba a curiosear. Siempre volvía a casa con algo”, recuerda.
Casi tres décadas después, esa chatarra que lo hipnotizaba forma parte de una escultura imponente. Un caballo de 2.50 metros de altura y otros 2 de largo, que se vendió en la exposición de Scrap Art de Doha, Qatar, por 50.000 dólares.
Julián nació y creció en Pergamino, provincia de Buenos Aires. Su familia llegó de Sicilia, Italia, escapando la Primera Guerra Mundial y se instaló en la zona, montando sus comercios. Por mandato, y también por desconocimiento, decidió estudiar contabilidad. Obtuvo el título en 2009, mientras se hacía cargo del negocio de su padre y su tío: “Sabía que me iba a dar herramientas útiles para la vida porque es aplicable a todo, en especial para el corralón de materiales que fundó mi familia”, le cuenta a Infobae.

Siempre que tenía tiempo libre, se perdía en un taller restaurando piezas en forma improvisada. “Lo hacía por el simple hecho de crear belleza. Nunca me planteé vivir del arte seriamente. Lo veía como algo imposible, inalcanzable”, admite.
En forma paralela a su vida dentro del corralón y la contabilidad, Julián no paraba de experimentar. Pasó por varias etapas de descubrimiento: la pintura, el dibujo, algunos trabajos en madera, hasta que aprendió a soldar.
La premonición
Tuvo un sueño justo antes de saber que se convertiría en padre por primera vez. “Me acosté en la cama, cerré los ojos e imaginé un caballo”. Sin dudarlo, se puso a hacerlo. “Busqué chatarra, y empecé a darle forma a través de la soldadura”. El toque final fue una patente de auto que le regaló un cliente y termina con el número 24. Sin saberlo se la agregó en el pecho: este número en la quiniela representa a este animal.
Con su escultura lista le tomó una foto y la compartió en sus redes sociales. Los comentarios positivos no tardaron en llegar. Al mes recibió un mensaje inesperado: una invitación para exponer en Doha. “Pensé que era mentira. Que se trataba de una estafa. Me inquietó bastante”.
Finalmente, fue real. Después de meses de negociación. Preparó una serie de 10 obras -un gallo, un toro, un venado- que se mostraron en la feria de Scrap Art, la más importante de la región. “Fue una gran movida, porque el caballo árabe que armé con componentes grandes, pesaba alrededor de 700 kilos”.

La muestra fue inaugurada por S.E. El Primer Ministro y el Ministro del Interior S.E. el Jeque Abdullah bin Nasser bin Khalifa al-Thani. El trabajo de Julián fue uno de los principales atractivos. En el otro continente se cruzó con colegas de Japón, Estados Unidos y España. “Era el único argentino y sudamericano participando”. Lo que no esperaba era vendió todas sus creaciones, lo que ocurrió. “Ser parte de ese universo me dio una legitimación internacional y a la vez me hizo entender que tal vez podría vivir de mi sueño”.
Ese mismo año nació su hija Lupe. “Creo que todo se dio en el momento justo. Lo entendí como un renacer, una nueva oportunidad ...”.
Lo que vino después fueron más logros. “Tuve el empujón que necesitaba. Surgieron clientes por todo el país, Córdoba, Buenos Aires, Neuquén, incluso aterricé en Barcelona y Nueva York. Aún me cuesta creerlo”.

Para Julián cada pieza de chatarra guarda una historia que merece revivir en otra forma. “No solo reciclo metales que no se usan, sino que también hago circular creaciones de otras obras. Siempre le encuentro un nuevo propósito y significado”.
Desde hace dos años que intenta dejar atrás su vida contable para sumergirse de lleno al universo de las esculturas. “El taller que monté ya me queda chico, tengo una necesidad de superación constante, además de vivir de lo que tanto amo”.
Cada vez está más cerca de cumplirlo.
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