
“Madre hay una sola”, dice el dicho de vuelo internacional que ya huele a naftalina. Es que a estas alturas se supone que aprendimos que ni existe una sola manera de maternar, ni todas las mujeres vinimos al mundo para parir vidas, y mucho menos se trata de contundencias biológicas. Ser mamá es un rol, una función que debería elegirse cumplir con deseo, sin presiones ajenas que nos obliguen a encajar en un molde afectivo.
Precisamente por fuera de la matriz estándar materna está Fawn Regina Pereyra: cantante en la banda Purpubel, ilustradora, a veces actriz y jornada completa como conservadora preventiva en la Biblioteca Nacional. Fawn tiene 38 años y es la mamá de Priscila, Pris, como le gusta llamarla.
Este domingo van a festejar en Wilde, en casa de la abuela. Seguro comen ñoquis caseros. Seguro disfrutan de pasar la fecha juntas. No llevan mucho haciéndolo: Fawn fue el papá de Pris hasta sus 18 años.

“Es mi tercer o cuarto Día de la Madre. Ya soy una madre hecha y derecha ─Fawn se ríe fuerte; se ríe con ganas─. Lo importante es pasarlo con Pris. Tener su compañía ese día, su cariño y lo que piense el resto del mundo trato de no darle mucha atención. Lo que me importa es el vínculo con mi hija. En el fondo, es como cambiar el día del padre por el día de la madre. Mudé la fecha”.
Fawn decidió transicionar a su identidad femenina no hace tanto. Renovó su documento y le puso el cuerpo también a la burocracia de papeles.
“Recuerdo la época en que decidí transicionar como un sueño. Fue bastante intenso. Me ayudó que estaba haciendo terapia y pude en ese espacio soltar mi deseo y darme cuenta de lo fundamental que era para mí. Lo había tenido encima todo el tiempo, pero escondiéndolo”.
Comenzó despacito. Con pequeños toques en su expresión de género: otras ropas, otro corte de pelo…
“Esperaba el momento adecuado para hablar con Pris. Y me parecía que nunca llegaba o que era a cada rato. Una tarde estaba simplemente muy sensible y no sé bien cómo vino la conversación pero de golpe me puse a llorar. Mi hija se asustó, pensó que tenía una enfermedad. Pero cuando le dije que era trans, lo tomó súper bien y se alivió porque no era nada malo”.
Camino al ser
Fawn creció en la zona sur de Avellaneda. Fue a la primaria Nro. 50, en el barrio Gráfico. Pero cruzó la General Paz para cursar la secundaria en una escuela técnica de Barracas, donde podía despuntar su vicio por dibujar.
“No viví una infancia trans. No fui el típico caso de chico que envidiaba el vestido de princesas o que jugaba a las muñecas. Aunque tampoco fue una infancia del todo normal. No era sociable, no me gustaban los grupitos de chicos porque no la pasaba bien. No encajaba en el modelo de chico varonil. La pasaba muy mal en colonias de vacaciones donde hacíamos deportes, por ejemplo. Pero no necesariamente tenía inclinación hacia ‘lo femenino’. Lo que sí me gustaba era el artificio, el disfraz… pero como a cualquier otro nene. Igual, prefería meterme en mi propio mundo: inventar personajes, dibujarlos. Dibujo un montón desde siempre. Me sentía diferente al resto y le decía a mi mamá que yo había venido de otro planeta, que era marciano”.

En la adolescencia algo trocó. A fines de los 90 Fawn descubrió el rock, a David Bowie y a Brian Molko. Encontró asimismo en el arte un lugar para dejar fluir el gusto por la caracterización.
“Como que salí un poco de mi burbuja, de estar solo dibujando. Conocí artistas que explotaban la idea de ser extraterrestres, de ser de otro mundo… lo que yo sentía. De pronto la extrañeza me servía como disparador artístico, como una expresión de género alternativa. Me obsesioné con la ambigüedad de género, con lo andrógino como le decíamos, con no parecer ni varón ni mujer. Y entonces comenzaron los primeros sustos a mi mamá porque me ponía su ropa. Pero como le agarraban picos de presión cuando me veía me vestía así a escondidas, salvo que fuera para un show que tocaba en vivo y ahí se justificaba”.

En estos inicios andaba Fawn cuando conoció a una chica, vivieron un romance furioso y adolescente, y sus 17 años nació Priscila.
“Con la ‘paternidad’ los mandatos familiares se volvieron más duros que antes y dejé de lado todo eso que me gustaba. Asumí el papel de padre lo mejor que pude. La mayor parte de los desafíos de criar una persona los viví con sus matices y particularidades. Pero cuando Pris cumplió 18 años no aguanté más mi cáscara, mi disfraz y decidí transicionar. Ya no me alcanzaba con montarme solamente para tocar. Quería encontrar mi felicidad y sentí que iba por ese camino. No me equivoqué. Todo fue para mejor. Mi hija me apoyó, me entendió. Y al haberme sincerado conmigo misma, al estar mejor plantada ante la vida y ante quién quiero ser y quién soy, con todo lo que eso conlleva, nuestra relación se hizo más sincera y cercana. Yo pensaba que era un cambio de nominación nada más, que de ser padre ahora soy madre, pero en realidad varias cosas son diferentes en mi relación con Pris. Y ella me dijo que está súper contenta”.
Fawn ríe otra vez. Elige reír seguido y fuerte.

“Al principio me sonaba raro que me dijera ‘mamá'. Le pedí que me siguiera llamando ‘papá'. Pero después de unos meses se volvió necesario. Lo volvimos a charlar y me empezó a decir ‘mamá'. Fue como natural. Por suerte la otra mamá me acepta al 100%. Nunca me hizo sentir que le robaba un título ni nada. Nos separamos cuando Pris era muy chica, pero ahora nos estamos llevando mejor que nunca. Nuestra hija, además, se casó hace unos meses y los parientes del marido son muy amorosos conmigo, me aceptaron con todo. Así que estoy feliz con esta familia que se ha formado. No me equivoqué”.
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