Todo lo que ocurría en Buenos Aires colonial repercutía en la plaza. Cuando ese sábado 6 de abril de 1811 los vecinos no hablaban de otra cosa que no fuera el inusitado número de efectivos militares mezclados con gente de las afueras que desde el día anterior participaban de un levantamiento saavedrista a fin de desarticular un plan morenista, también vieron cómo en la plaza de la Victoria se excavaba un pozo.
Es que la Junta Grande, en virtud que se acercaba el 25 de Mayo, había decidido que algo importante había que hacer para conmemorar el primer aniversario de esa fiesta cívica. Trasladada la responsabilidad al Cabildo, se decidió construir una columna que, por esos caprichos inexplicables de la historia, se popularizó como pirámide aunque tuviera forma de obelisco.

Desde 1802 la plaza estaba partida al medio por la recova, una sucesión de locales de venta de carnes, frutas, verduras y hasta comidas al paso. La plaza de la Victoria, que evocaba el triunfo sobre los ingleses en 1806 y 1807 estaba frente al Cabildo y la que lindaba con el fuerte se llamaba Plaza Mayor o del Fuerte.
La obra estuvo a cargo de Francisco Cañete y en el diseño fueron útiles los consejos de Juan Antonio Gaspar Hernández, un talentoso artista y escultor que había tallado retablos en iglesias y sería el primer director de la Escuela de Dibujo creada por Manuel Belgrano.

El pequeño obelisco, mucho más simple que el actual, estaba hecho de adobe cocido y era hueco, quizá para ahorrar ladrillos ya que el presupuesto no era generoso. En un primer momento se pensó en hacerla de madera para que durase un par de años. En su interior un poste de madera colaboraba con su estabilidad.
Fue inaugurado a las apuradas el 25 de mayo de ese año, porque aún no le habían colocado los ornamentos y leyendas previstas, sobre las que no se ponían de acuerdo. Sí habían alcanzado a colocarle en la cúspide un globo decorativo. Eso no fue impedimento para que el gobierno tirara la casa por la ventana. Ya el día anterior habían comenzado las celebraciones. En los cuatro vértices del monumento fueron colocadas las banderas de los regimientos con asiento en la ciudad, y soldados de distintas unidades se turnaban para hacer guardia durante cuatro días, entre las 8 y las 20 horas. Por la noche, la pirámide y la plaza fueron iluminadas por 1141 hachas de cera.
Ese mismo año, el gobierno dispuso que se le colocaran placas con los nombres de Felipe Pereyra de Lucena y de Manuel Artigas, los dos primeros oficiales en morir en combate, ambos en 1811.

Pereyra de Lucena había nacido en 1789. Luchó en la segunda invasión inglesa y en el ejército del Alto Perú combatió en Cotagaita y Suipacha. Murió, a los 22 años, en Yuraycoragua el 20 de junio de 1811. Por su parte Manuel Artigas, que había integrado el grupo de French y Beruti, peleó como capitán en Paraguay a las órdenes de Manuel Belgrano. Se batió en Campichuelo y moriría en 24 de mayo de 1811 por las heridas recibidas en la batalla de San José.
Ambas muertes tuvieron una gran repercusión en Buenos Aires.

A pesar de las insistencias del padre de Felipe, el Estado no disponía de los seiscientos pesos para confeccionar la placa de bronce correspondiente.
Aparentemente, pasado ese 25 de mayo, el entusiasmo declinó. Bernardino Rivadavia, como primer presidente, tenía el proyecto de demolerla y construir en su lugar una fuente monumental que reflejase la real trascendencia de lo que había significado el primer gobierno patrio. Pero antes de que pudiese avanzar en los planes, debió dejar el gobierno y la obra volvió al olvido.
En sus rejas, para indignación de los porteños, el 23 de febrero de 1820 había atado sus caballos los caudillos Francisco Pancho Ramírez y Estanislao López. De todas formas al día siguiente fue todo alegría por haberse firmado la paz.

Durante el gobierno de Juan Manuel de Rosas intentaron hacerle arreglos y en 1852 fue iluminada a gas, gracias a un gasómetro instalado en el solar que hoy ocupa la curia metropolitana.
Nueva cara
Por 1856, el arquitecto Prilidiano Pueyrredón puso manos a la obra. Le cambió el pedestal, le colocó la figura de la libertad en la punta, obra del escultor Joseph Dubourdieu, se la ensanchó y se la hizo más alta. En una de sus caras se le agregó un sol y en las restantes, coronas de laurel.
Además se incluyeron cuatro estatuas que representaban a la geografía, la astronomía, la navegación y la industria. En 1873 estas estatuas fueron a parar a un depósito y en 1972 fueron colocadas en una plazoleta en la esquina de Alsina y Defensa. Hasta que en la última restauración de 2017 fueron devueltas a su emplazamiento original.
La cuestión se planteó cuando en 1883, en un vasto plan de modernización urbana llevado adelante por el intendente Torcuato de Alvear, se demolió la recova y la pirámide dejó de estar en el centro de la plaza.
Recién entre el 12 y el 20 de noviembre de 1912 se procedió a trasladarla a su ubicación actual. En esos ocho días se la corrió 63 metros al este. Para ello, la pirámide fue recubierta por un armazón de maderas y lentamente transportada con la ayuda de dos rieles.
A la pirámide la rodea un jardín que tiene tierra de todas las provincias argentinas y en 2005 fueron depositadas allí las cenizas de Azucena Villaflor, una de las fundadoras de Madres de Plaza de Mayo.

Mientras tanto, los familiares y descendientes de Pereyra y Lucena continuaron reclamando a los diferentes gobiernos que colocasen la placa, tal como se había dispuesto. Pero recién en 1891, fue finalmente instalada una de bronce, costeada por los propios familiares de los dos oficiales que habían dado su vida por un país que por años, por esos vericuetos burocráticos, les había dado la espalda.
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