
La muerte prematura de Ayrton Senna representó no sólo una conmoción en el mundo automovilístico; también fue un cimbronazo emocional para toda la sociedad brasileña que veía proyectada en su héroe deportivo la grandeza, los valores y el orgullo nacional.
En 1994, Ayrton Senna tenía 34 años y un futuro muy prometedor. Era uno de los mejores pilotos de la historia del automovilismo international: ya había sido tres veces campeón mundial de la Fórmula 1.
Aquella mañana del 1° de mayo, competía en el Gran Premio de San Marino. Pero en la vuelta número siete, su Williams FW16 se volvió indomable: la fatídica curva de Tamburello en Imola (Italia) presenció el impacto del monoplaza contra un paredón a una velocidad de 218 kilómetros por hora. Senna recibió una herida fatal en la cabeza cuando una varilla de la suspensión del vehículo atravesó la visera de su casco.
Tras el impacto, el reconocible casco amarillo, negro y verde del piloto, apenas se movió. Horas después, a las 18:05, la doctora María Teresa Fiandri, jefa del servicio de reanimación del Hospital Maggiore de Bolonia, confirmó la muerte de Ayrton Senna. Como ocurrió con la noticia del deceso de Diego Armando Maradona, nadie podía creerlo. Los brasileños, como ahora los argentinos, pasaron de la incredulidad a la tristeza. Y con ellos, el inmenso público que a lo largo y ancho del mundo había disfrutado del espectáculo de talento y audacia que brindaron estos deportistas en vida.
¿La causa del accidente? Rotura de la columna de dirección de su veloz vehículo. El equipo Williams nunca admitió su responsabilidad en la muerte de Senna y no hubo condenas.
Tras el deceso de Senna, el gobierno del Brasil decretó tres días de duelo. El ataúd del piloto de Fórmula Uno fue llevado por las calles de San Pablo en un coche de bomberos. Pasaron cuatro días hasta que el féretro del ídolo llegó a su sitio de sepultura. En el medio, un cortejo fúnebre de más de dos millones de personas despidió al joven piloto que ya entraba en la leyenda. Su entierro se hizo con los mismos honores previstos para un Jefe de Estado.
Una caravana interminable acompañó el féretro desde su llegada al aeropuerto de San Pablo hasta la Asamblea Legislativa, donde el piloto fue velado. Una interminable fila de gente, que hacía hasta 7 horas de cola, pasó a despedirse del deprotista cuyos éxitos implicaron un reconocimiento para el país todo.
A su funeral acudieron pilotos de la talla de Jackie Stewart, Alain Prost -su eterno rival- y Emerson Fittipaldi, entre otros. Participó también la conductora y modelo Xuxa, con quien el automovilista había mantenido un romance durante dos años.
Todo Brasil lloró a su campeón prematuramente desaparecido. La gente, el público que lo adoró en vida, pudo despedirlo en una ceremonia a la altura de su trayectoria y del afecto popular.

Una salva de 21 disparos por cañones del Ejército saludó la salida del féretro hacia el cementerio de Morumbí. Allí, los soldados que lo escoltaban volvieron a disparar salvas, mientras una cuadrilla aérea zurcaba el cielo.
En el punto más alto del cementerio de Morumbí, en la tumba 0011, bajo una lápida dorada, reluciente, donde flamea una bandera de Brasil, a la sombra de un árbol lapacho amarillo descansa su cuerpo desde hace 26 años. La placa dice: “Ayrton Senna da Silva -21/03/60 y 01/05/94. Nada puede separarme del amor de Dios”. De acuerdo con un artículo de ElTiempo.com, la tumba de Senna “es uno de los lugares más visitados por los turistas en Sao Paulo”.
En San Pablo, Ayrton Senna es una leyenda, un ídolo que partió demasiado pronto y que es recordado cada 1° de mayo. En la ciudad hay una avenida que lleva su nombre, un complejo de túneles en el que el límite de velocidad es de 50 kilómetros por hora.

En contraste con los funerales de Senna, Diego Armando Maradona, máximo ídolo deportivo de los argentinos, ícono del fútbol mundial, no tuvo una despedida a la altura de su trayectoria. Una mezcla de inoperancia, sectarismo, usufructo y desconsideración privó a la gente de su derecho a homenajear a un ídolo que, por su trayectoria, conducta y carisma, pertenece a todos los argentinos.
Una ceremonia apresurada -son muchos más los argentinos que vieron frsutradas sus ganas de darle un último adiós que los que efectivamente pudieron hacerlo- y caótica que también privó al propio Maradona del adiós de muchos referentes del deporte y del arte del mundo entero que, de haber tenido tiempo, como lo hicieron aquellos pilotos con Ayrton Senna, se hubieran dado cita en Buenos Aires para tener el honor de escoltar al Diez hasta su morada final.
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