
Nunca había sucedido. Hasta aquel día ningún represor de la dictadura había sido blanco de una agresión. Fue el 1 de septiembre de 1995. Un hombre le pegó una piña en la cara a Alfredo Astiz, uno de los símbolos de la represión que había manchado de sangre a todo el país durante la dictadura que encabezó Jorge Rafael Videla.
Hoy Astiz está preso y condenado dos veces a prisión perpetua por los crímenes de Lesa Humanidad que cometió en la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA).
Como efecto de la vigencia de las Leyes del Perdón y de los indultos, en aquel lejano 1995 los represores andaban por la calle sin ningún problema. Hasta que un hombre se bajó de su camioneta y encaró a Astiz que, vestido con ropas para esquiar, esperaba una combi para ir hasta el Cerro Catedral, en Bariloche.
El encuentro se dio a metros del monolito que indica en la ciudad cordillerana el inicio de la avenida Bustillo.
El hombre, más petiso que el marino, le preguntó al “Ángel Rubio” si era efectivamente Astiz. Cuando recibió la respuesta afirmativa le pegó una piña en la cara que hizo sangrar a quien por entonces estaba retirado de la Armada aunque conservaba su grado de capitán de fragata.
Luego le pegó una patada en los testículos y le metió los dedos en los ojos. Lo que se había trasformado en una pelea cuerpo a cuerpo terminó cuando un amigo se llevó de allí a quien le había pegado a Astiz.
No había celulares, no había redes sociales. La escena habría quedado sin revelar de no haber sido porque un testigo de lo sucedido llamó por teléfono a una radio local y el caso trascendió a Bariloche. Era la primera vez que le pegaban a un represor. Y ese represor era nada menos que Astiz. Una de las caras de la tortura de la ESMA.
Un día después de aquella agresión este cronista entrevistó, para el diario Clarín, a quien había hecho sangrar a Astiz. Por aquellos días el hombre prefería mantenerse en el anonimato: “No quiero comprometer a mi familia por eso quiero mantener mi nombre en secreto”, explicó en 1995.
Las trompadas a Astiz tuvieron tanta repercusión que el hombre fue entrevistado por diversos canales de televisión: no se le veía la cara. Respondía las preguntas de espaldas.
“No quiero vanagloriarme de haberle pegado a ese cobarde. Lo único que supo hacer Astiz fue torturar, matar monjas, pegarle un tiro por la espalda a Dagmar Hagelin y rendirse frente a los ingleses sin pelear. Creo que me dejé llevar por la actitud reprimida de querer pegarle a un torturador que camina por las calles con la sonrisa socarrona de los que se cagan en todo. Fue una actitud muy natural y animada por el mismo espíritu que creo tiene otra gente. La gente que sobrevivió, porque hay muchos que ni siquiera tienen la oportunidad de pegarle una piña”, dijo entonces para explicar el por qué de su reacción.

Cuando le pegó a Astiz el hombre tenía 36 años y contó su historia: “Estuve detenido en el Vesubio un centro clandestino que estaba en la autopista Ricchieri y Camino de Cintura. Había hecho la ‘colimba’ durante 14 meses y dos días después de haber sido dado de baja, en mayo de 1978, un grupo armado me llevó de la casa de mis padres en Villa Ballester. Estuve preso ilegalmente durante ocho meses. Luego me legalizaron a la espera de un Consejo de Guerra. Una semana después de que me dejaron en libertad estuve acuartelado como integrante de las tropas del Ejército que estuvieron a punto de combatir con Chile por el canal de Beagle. Después de eso decidí mudarme a Bariloche”.
El hombre de quien hasta entonces solo se sabía que era empleado público recordó en 1995 haber declarado como testigo en el Juicio a las Juntas una década antes.
Cuando no habían pasado 24 horas de aquel episodio, el hombre resumió lo que había sucedido en el inicio de la Avenida Bustillo: “Él estaba con una chica esperando para ir a esquiar. Pero yo lo único que vi fue un desfile de pañuelos blancos. Me bajé del auto y le pregunté si era Astiz, me dijo que sí y ahí nomás, sin obedecer órdenes de nadie, lo emboqué bien en la trompa”.
Aquellos días de agosto/septiembre de 1995 no fueron apacibles para el represor. El Concejo Deliberante de Bariloche había intentado declararlo persona no grata, pero cinco ediles no apoyaron la iniciativa. Hubo manifestaciones en contra de su presencia frente al hotel Islas Malvinas, perteneciente a la Armada, donde Astiz se alojaba. Los golpes del empleado público pusieron a Astiz en camino para alejarse de la ciudad rionegrina. El represor tuvo que volver de inmediato a Buenos Aires.
La noticia llegó desde Bariloche a los medios de todo el país y también se publicó en El País de España. El título de la nota impresa en el diario español, el 18 de septiembre de 1995, fue: “Una víctima de la dictadura argentina propina una paliza al capitán Astiz, acusado de torturador”.
Tiempo después del hecho y por consejo de Hebe de Bonafini, el hombre salió del anonimato. Entonces se supo que quien le había pegado a Astiz era tocayo del marino y se llamaba Alfredo Chaves.
Una vez que Chaves decidió presentarse en sociedad contó que había sido fundador del Centro de Estudiantes de la Escuela Superior de Comercio Carlos Pellegrini, militante de la Unión de Estudiantes Secundarios (UES), y que debió dejar el “Pelle” para seguir sus estudios en un colegio comercial de su barrio, en Villa Ballester, y luego a otro cercano, en San Andrés.

Cuando se cumplieron 20 años, Chaves, guardiaparques municipal en la zona de Llao Llao, habló con el diario de Río Negro. Fue entonces cuando dio un poco más de detalles acerca de lo sucedido en aquella mañana de septiembre de 1995.
-Eran las nueve menos diez de un día radiante. Yo había dejado a mi hija en la escuela y volvía para Llao Llao. Cuando paso por el monolito, enfrente del hotel de la Marina, estaba ahí parado, con una chica, como mirando para el centro. Lo vi y seguí de largo dos kilómetros... pero pegué la vuelta. Tengo que contarte que por esos días mis dos hijas, que tenían 12 y 15 años, me habían preguntado qué haría si me cruzaba con los que me habían torturado en el chupadero. “Siempre pensé que si me cruzo a uno le pego una piña y salgo corriendo”, les dije. Pero era una fantasía como tantas otras.
-¿Volviste al monolito entonces? - le preguntaron los periodistas del diario rionegrino.
-Claro. Quería asegurarme de que fuera él. Pasé por la otra mano y el chabón seguía parado en la banquina. Me convencí de que iba a estar ahí hasta que yo fuera a trompearlo. Era una señal de la vida. Tenía que suceder así. Me quedé atrás del monolito en la camioneta. Lo miré bastante: quería asegurarme de que no tuviera un arma, ni guardaespaldas. Yo nunca lo había visto personalmente. Sólo en fotos, pero no estaba tan joven. Mientras pensaba todo esto temblaba como una hoja. Entonces volví a pasar para el oeste, paré la chata a 50 metros, la dejé en marcha y me bajé. Ahí ya estaba frío.
-¿Qué pasó cuando lo tuviste frente a frente?
-Me acerqué y le pregunté: “¿Vos sos Astiz?”. “Sí, ¿vos quién sos?”. “Vos sos un hijo de puta que todavía tiene cara para andar por la calle”. Y me miró de costado, con asco. Ahí le pegué un golpe de lleno en la cara, se fue para atrás y se dobló. Le pegué una patada en las bolas, más patadas y trompadas hasta que me agarró como para tirarme, pero no pudo. Le seguí pegando en la cabezota y le metía los dedos en los ojos, gritándole “hijo de puta, criminal, asesino”. Fue un desahogo. Ya estábamos en medio de la ruta y se había armado una caravana de autos. Todos mirando la pelea. En eso me levanta de atrás un amigo, Roby Eiletz, que me dijo “dejálo Chaveta” y me llevó en su auto.
-¿Astiz qué hizo?
-El tipo sangraba, pero ni dijo nada. Yo le grité de todo: “Vos te cagaste con los ingleses y lo único que sabés es matar adolescentes por la espalda. Tiraste monjas de los aviones, hijo de puta, cobarde, traidor a la patria”. Todo ese verdugueo lo disfruté más que las trompadas.
-¿Fue como lo habías fantaseado?
-La verdad es que en el momento previo estaba cagado en las patas. Pero me acordé de lo que le había dicho a las nenas. Y tuve una imagen con el tipo parado ahí, con ropa de esquí. Pensé: “Ahora se sube al colectivo y se sienta al lado de una viejita con un pañuelo en la cabeza, una Madre de la Plaza, con esa cara de soberbio. Eso me imaginé. Y entonces me bajé de la chata".
Luego de la golpiza Astiz querelló a Chaves por el delito de lesiones leves. El caso no prosperó ya que la Justicia entendió que se trató de un caso de emoción violenta.
“Yo le decía al juez que no fue emoción violenta, que fue un acto de resistencia, y que lo volvería a hacer, que donde la Justicia no estaba presente la Justicia del pueblo se hacía sentir”, recordó Chaves al diario El Cordillerano.
Desde que sucedió aquel hecho en Bariloche, los primeros días de septiembre, de algún modo, se recuerda lo ocurrido. Hubo actos, marchas y recitales para rememorar aquella remota piña de Chaves a Astiz.
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