
12 de enero de 1989. Treinta años atrás. Argentina. Último año de mandato de Raúl Alfonsín. Hiperinflación en puerta. Caos y calor de verano. En ese contexto, la cartelera de cine de Buenos Aires recibe una película que luego (y por los motivos más variados) quedará en la historia. Pero no en la historia grande, la película ocupará apenas un rincón en la historia lateral, esa que cuenta las cosas pequeñas. Digamos más bien que ese día de hace exactos treinta años se estrena una película que muchos van a recordar.
Su nombre es Cocktail. Su director, Roger Donaldson. Su protagonista, Tom Cruise. Un Tom Cruise de 27 años que ya había hecho Top Gun, de Tony Scott o El color del dinero, de Martin Scorsese. Un Tom Cruise en carrera ascendente hacia el estrellato. Uno que todavía no había conocido la Cienciología, que estaba casado con Mimi Rogers (dos años después lo haría con Nicole Kidman), y que estaba a punto de estrenar Rain Man.

Volvamos entonces a Cocktail y al verano de 1989. La película cuenta la historia de un barman llamado Brian Flanagan (Cruise), que llega a un bar con el sueño de poner su propio local de tragos. Resulta que es tan carismático y encantador y hace tan buenos tragos que se convierte en algo así como la estrella del lugar. Uno de esos tragos emblema que prepara es el verdadero protagonista de esta historia: el Sex on the beach (en español: sexo en la playa).
Se hace el poeta, el tal Flanagan, y dice en una escena: "Veo a America tomar/ los fabulosos cocktails que hago/ América se está pegando a algo que sacudo./ El Sex on the beach is not made from peach (durazno)". En otra escena está en la playa y compite con otro barman a ver si alguno de los dos puede seducir a una chica con un trago y llevarla a la cama. Él, carente totalmente de sutileza, prepara un sex on the beach.
La cuestión es que la suerte de la película y la del trago corrieron por sendas separadas. Lo mismo la de Tom Cruise, que se convirtió en uno de los actores más taquilleros de la industria.
En cuanto al filme, ganó varias nominaciones a los premios Golden Raspberry, que galardonan a las peores películas del año. Cocktail compitió honrosamente por el peor guión y la peor película, mientras que Cruise fue postulado al peor actor. No había terna para peor poema, por suerte para ellos.

Hoy el filme tiene 5.9 puntos en Imdb, el gran sitio de búsqueda de información sobre cine y series, y para algunos es una especie de película de culto (probablemente, acompañada del famoso consumo irónico), pero en su momento el efecto fue otro. Por un lado, la taquilla acompañó a Cocktail aquel verano. Tanto en Estados Unidos (donde se estrenó el año anterior) como en la Argentina, fue algo así como un éxito rotundo, y hubo un efecto colateral: ese verano en las playas argentinas empezó a florecer un pedido único en la barras: todos querían un sex on the beach.
Historia de un trago marketinero
Aunque lo popularizaron, no fueron ni Flanagan ni Donaldson ni Cruise los inventores del cóctel. El origen de todas formas es confuso y hasta misterioso, si se quiere. ¿Por qué se llama así? ¿Sexo en la playa? Obviamente, lo más pretenciosos dicen que al tomarlo se siente la misma sensación que al tener sexo, que bien hecho puede conducir al orgasmo.
Otros dicen que tiene que ver con el color. Que al servirse el sex on the beach dibuja los mismos colores que un atardecer sobre el mar. ¿Será? Por caso, los ingredientes mágicos son vodka, licor de melocotón, jugo de naranja y granadina. Ahí, figúreselo: arena, mar y un sol que cae lentamente tras el firmamento, haciendo espejo entre la copa y la naturaleza. (Sí, algunas historias conducen inquívocamente al cliché).

Una de las versiones más difundidas de su origen se remonta a 1987 en Florida, Estados Unidos. Exactamente en Fort Lauderdale, una ciudad balnearia muy cerca de Miami. Al parecer una empresa lanzó ese año un nuevo licor de melocotón (digamos de durazno, aunque no es lo mismo), y quería popularizarlo. Para eso armó un concurso en el que invitaba a distintos barmans a hacer tragos con el licor.
Entonces entró en escena la astucia. Un tal Ted Pizio tomó la posta, inventó el trago con los ingredientes ya mencionados y aportó un componente mágico: un nombre que causara misterio, erotismo y volviera imposible no querer probarlo: sexo en la playa. Ahí está, todo el misterio concentrado en la idea tramposa de un astuto.

Por supuesto, Ted Pizio ganó el concurso y se llevó los mil dólares de premio. Qué otra cosa podía haber de un trago semejante sino el marketing.
Pero no podía imaginar el amigo Pizio que dos años después Tom Cruise iba a preparar su bebida en la pantalla grande y los argentinos, como probablemente muchos otros alrededor del mundo, empezarían a pedírselo a su barman amigo. Y así, hasta hoy, temporada tras temporada: seres inquietos buscando su hora alta de verano, soñando con que un día, tal vez, el sexo en la playa llegue también para ellos.
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