
Cuando se escapa al bullicio del boulevard marítimo Peralta Ramos y se traspasa la puerta giratoria del Gran Hotel Provincial en Mar del Plata, la imagen obliga a atravesar el hall del edificio con la mirada hacia arriba, puesta en los seis murales gigantes en los que uno queda inmerso y que repasan una mitología que, si bien nos parece ajena, está íntimamente relacionada a la ciudad balnearia.
La obra es del artista César Bustillo y se inauguró en el año 1950, cuando el pintor tenía 38 años. El proyecto de la ejecución de los murales en el atrio del Provincial comenzó en 1948 por ofrecimiento de su padre, Alejandro Bustillo, arquitecto del tradicional hotel marplatense, así como también del Hotel LLao Llao, en Bariloche, y de la sede central del Banco Nación en la ciudad de Buenos Aires.

No tanto ahora, pero sí entonces, la ciudad de Mar del Plata y la costa atlántica eran sinónimos de fuertes y constantes vientos que casi todo el año aminoraban la vida de los habitantes. En ellos se inspiró el artista para representar un conjunto alegórico de recreados personajes míticos, insinuando las distintas estaciones del año, pero con una serie de guiños locales que vale la pena pararse a buscar.
Bustillo escogió a Eolo, dios de los vientos para que se uniera con diosas "fenomenales" americanas: la sensual Tórrida, la gélida Antártica, Cordillera y Nube, de las cuales nacieron las "Eólidas": Eólida Tórrido identificando los vientos cálidos al norte, Eólida Antártico, por los fríos del sur, Eólida Andino por los secos del oeste, y Eólida Atlántico por los vientos húmedos del este.

Las cuatro nuevas deidades, ubicadas y orientadas según los cuatro puntos cardinales, desnudas y de fuertes rasgos, acriolladas y americanizadas, conviven en el mural de Bustillo: Tórrido tiene las alas de Guacamayo, Andino de Cóndor, Atlántico de Albatros.
Otras escenas muestran pescadores de un lugar costero del océano; a jóvenes arreando caballos a la orilla del mar, un paisano apartando un recio toro semental y dos aborígenes cabalgando libremente por la Pampa. Incluye también un naufragio, hecho recurrente en la pesca de Mar del Plata, siendo el más fuerte el de fines de agosto del '44, que acarreó a la pérdida de varias lanchas y pescadores.

Finalmente se presentan teros y gaviotas, mares y llanuras y el autor mismo en un rincón, exaltado por el movimiento, con prominentes curvas, músculos y articulaciones. Una obra fuera de contexto que hace ya más de 67 años decora el hall de uno de los edificios más emblemáticos de Mar del Plata con una mitología propia.
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