
Quizás es como escribió Goethe, que "la vida ociosa es una muerte anticipada", y por eso no dura mucho el cuerpo extendido sobre la reposera, los ojos cerrados bajo el sol de enero. Demasiada quietud, posiblemente un exagerado "silencio" para el cerebro humano. Tal vez así se explica el afán de actividad y movimiento que se despliega en las playas aunque estar de vacaciones quiera decir hacer-nada-salvo-asados. Y no hay arena sin juego, o deporte que la revuelva un poco. Paleta, fulbito, disco volador, vóley en la orilla y especialmente tejo -monarca austero, indiscutido y leal de las arenas vernáculas- conforman el menú clásico del entretenimiento veraniego. Sin embargo, en intentonas marketineras de copar la parada, todas las temporadas aparece una nueva opción. Este año la que parece que pega, al menos en Pinamar, es el spikeball.
Es un juego tan nuevo que no tiene nombre en español. Pero consiste en darle con la palma de la mano (spike es como se le dice al remate de vóley en inglés) a una pelotita, que debe rebotar en un disco con una red tensada y anclado en la arena. Se juega dos contra dos (o más, pero en parejas) y mezcla cosas del tenis, el vóley y la ciencia ficción.
"Mi papá lo trajo de Estados Unidos", cuenta Facundo, un chico rosarino de 13 años que se está matando a partidos con sus cinco amigos en las playas de Ostende. Pero lo cierto es que ya se consigue en el país, bajo la intimidante suma de dos mil pesos.
Una de las marcas que se comercializa localmente apuntó a la tendencia en la red social Instagram, y muestra a deportistas (la Selección de handball o el plantel del Independiente campeón de la Sudamericana) metidos en el juego.
Según cuenta Wikipedia, el spikeball nació como una variante del "vóley 2 versus 2", inventado en Estados Unidos en 1989 por Jeff Knurek, un diseñador industrial creador de juegos de ingenio y juguetes. En el país del norte continental ya tiene seguidores y hasta tiene una competencia oficial que lo convierte en algo así como un deporte, pero en Pinamar es una novedad que empieza a conquistar cuerpos curiosos, como un nuevo juguete para salir de la monotonía.
En el parador Boutique, epicentro de los adolescentes y los hiperactivos, este domingo van a desplegar una decena de spikeball en la arena. "Los traemos porque son furor en Estados Unidos", sintetiza Rodrigo García, productor general del lugar y buscador de entretenimientos para ofrecer cada verano.

Johanna y Lucas ya lo conocían antes de venir a Pinamar. Lo trajeron desde su casa en San Justo, La Matanza, porque lo vieron en las redes sociales. "Nos pareció re divertido, mucho más que el tejo, que es un embole", comentan, con la provocación de la juventud a flor de piel.
De lejos los escucha Juan Carlos, que no puede evitar meterse e increparlos por atacar al tejo. "El tejo es todo en nuestras playas. Es cómodo, divertido, sencillo, son pedacitos de madera, nada sofisticado", argumenta el hombre, llegado de Junín.


Pero el spikeball no es la única innovación. En La Escondida, parador de Ostende, hay desplegadas sobre la arena cuatro canchas de beach tenis, otra deformación astuta que toma influencias de varios deportes: el casi extinto paddle, el vóley y el tenis. Originado en Italia, este es menos un juego de playa que un deporte. "Está bueno porque es muy activo, nosotros estamos un escalón abajo de Brasil, que son insuperables, y Venezuela y parejitos con Chile", explica Victorio Imperiale, difusor de esta práctica playera, que tiene torneos oficiales y, según cuenta, está amparado por Asociación Argentina de Tenis.

El paso del tiempo dirá si el spikeball ocupa un lugar preponderante en la diversión playera. Tiene competidores firmes. "A nosotros nos gusta lo clásico, la paleta o el fútbol tenis", dice Ramiro, que desplegó una red comprada a cambio de 800 pesos. "Además me mantiene a los pibes entretenidos", remarca y guiña un ojo.


El tejo, mientras tanto, ostenta el reinado desde hace décadas. Cada cien metros de arena hay no menos de cuatro partidos simultáneos de este juego de origen incierto, que toma el nombre de una práctica ancestral de las comunidades andinas pero que encuentra una técnica similar a la del juego de bochas.

"El tejo es un clásico", dice Sergio, rosarino, a punto de lanzar el tejín. "Acá todas las tardes disputamos un licuado. El que pierde paga. Y vamos generando un ranking que se dirime a final de temporada", detalla, con entonación sofisticada. Por eso, cuando se le pregunta por la aparición del spikeball, por la amenaza que supone a la monarquía de su juego predilecto, este hombre nacido en las arenas del Paraná, buen terreno para el tejo, se ríe y lanza, desafiante: "Va a fracasar. Eso es cosa e' gringo".
FOTOS: Diego Medina
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