
El señor Marc Goodman (norteamericano, 64 años, escritor, especialista en política, ética y leyes), ha hecho sonar una estridente alarma en su libro "Los delitos del futuro".
Según su tesis, son tantas (infinitas, en verdad) las recomendaciones y condiciones de los contratos de cualquier especie –desde servicios on line hasta la compra a crédito de…¡una tostadora!–, y tan diminuta y prieta la letra en que están escritas, que nadie las lee, salvo un portador de TOC (Trastorno Obsesivo Compulsivo).
En parte, se comprende.
La vida, hoy, es vertiginosa: chocolate por la noticia…
Cada vez son más los papeles, los contratos, los créditos, los trámites bancarios, los seguros, los distintos tipos de facturas, los créditos a corto o largo plazo, que el simple mortal, ante la acumulación de miles de caracteres microscópicos al pie, acaba por ignorarlos, y firma.
Y en ese punto, ¡pisa el palito!
Porque, como bien cita Goodman en su libro, el vendedor, solapadamente y refugiado en la fatiga y el apuro de su víctima, puede despojarlo de todo derecho.
Casi, de adueñarse de su alma inmortal.
Imaginemos que un día, a uno de esos pícaros, se le ocurre escribir al pie y en letra mínima, "Satanás Inc.", y a continuación desgrana:
"Desde el momento en que usted ha firmado este documento, a `Satanás Inc.´ le corresponde, en caso de falta o demora en el pago de sus obligaciones, apoderarse de todos sus bienes materiales, incluidos su cuerpo y su alma, en caso de que esta fuera tangible. Además, en el caso de que usted haya escrito libros, piezas teatrales, guiones cinematográficos o libretos televisivos, nuestra empresa podrá disponer automáticamente de cuanta suma produzcan, y por tiempo indeterminado. Este derecho de `Satanás Inc.´ será extensivo y de por vida sobre cuanto produzcan, del mismo tenor, sus hijos, nietos y parientes cosanguíneos directos".
Y la víctima, abrumada por la extensión del texto y la pequeñez de la letra, y atosigada por la avalancha de condiciones, instrucciones y advertencias que viene no leyendo y sí firmando desde que los tiempos modernos le han impuesto sus ventajas tecnológicas y crediticias imprescindibles para no ser un dinosaurio perdido en la manada de la hipermodernidad… ¡firmaría otra vez!
Y mientras sube al cadalso, recuerda una película que vio hace mucho, mucho tiempo.
Se llamaba (se llama todavía) Milagro en Milán.
La dirigió Vittorio De Sica (1901-1974), uno de los grandes del neorrealismo italiano.
Narraba la historia de un grupo de indigentes que, abrumados por la injusticia y la desigualdad, huían de la Tierra hacia el Cielo buscando un mundo "donde buenos días quiere decir buenos días".
Sólo eso.
Y sin letra chica.
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