
Millones de personas en el mundo viven con un cansancio que el descanso no alivia, sino que empeora, lo que genera un desalentador y angustiante circuito que se retroalimenta.
Hablamos del síndrome de fatiga crónica (SFC) y la fibromialgia, dos trastornos que, aunque diferentes en sus manifestaciones clínicas y con posibles puntos en común como la desregulación del sistema nervioso, que convierte lo cotidiano en un esfuerzo titánico, aún se discute si están íntimamente relacionados o incluso sean la misma enfermedad con rostros distintos. En una nota anterior hemos mencionado su origen y la sintomatología más frecuente.
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Cada 12 de mayo se conmemora su día mundial. Hasta hace muy poco, los estudios tradicionales mostraban que estos diagnósticos se asociaban casi exclusivamente a mujeres de mediana edad, con sobrecarga laboral y doméstica, pero recientes publicaciones empiezan a mostrar que los diagnósticos están aumentando significativamente en jóvenes y adolescentes, un grupo etario que hasta hace una década rara vez recibía estas etiquetas.
La pregunta como en otras áreas en las cuales se detectan cambios en la incidencia de un cuadro, es si se trata de una nueva tendencia o de mayor capacidad diagnóstica. De todas maneras hoy vemos que lejos de ser una dolencia exclusiva de adultos, la evidencia señala a la adolescencia como una etapa de inicio de estas condiciones.
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Un estudio de 2016 sobre casi 6.000 adolescentes de la Universidad de Bristol (Reino Unido), demostró que 1 de cada 50 jóvenes (cerca del 2%) de 16 años, cumple criterios de fatiga crónica, con una duración superior a los seis meses.
Como en otros temas en medicina clínica, ha sido la pandemia que actuó como un detonante masivo, poniendo en evidencia un síntoma, en este caso fatiga, sea esto por el incremento real o quizás por la mayor detección.
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La fatiga como factor central en el COVID-19, llevó a realizar estudios sobre este síntoma, en una población en la cual raramente se consideraba, y así se realizaron estudios diagnósticos. Quizás no sea que la enfermedad haya mudado de grupo etario, sino que antes no se la buscaba en los jóvenes, y ahora la evidencia la está revelando.
El dato es que el impacto en sus vidas es inmediato: estos jóvenes pierden en promedio más de medio día de clase a la semana debido a la fatiga invalidante. Previamente, muchos de estos cuadros eran etiquetados, como de causa orgánica pura como anemia, o medicados con vitaminas, o considerados equivalentes depresivos.
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El costo psíquico de la conmoción eterna

El especialista en trauma Bessel Van del Kolk, señala en el título de uno de sus libros más famosos, “El cuerpo lleva la cuenta”, una de las características del trauma y es la implicancia somática.
La fibromialgia y el SFC son, en muchos casos, el grito de alerta del cuerpo cuando la psique ya no puede sostener más la exigencia. No son enfermedades de “débiles o exagerados”, como todavía se estigmatiza, sino consecuencias biológicas de un entorno patógeno para la salud mental, en las cuales el “modo supervivencia” se vuelve crónico.
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Una de las hipótesis más aceptadas es la del estrés crónico sostenido en el tiempo, el sedentarismo y la desregulación del sistema inmune, relacionado con estos factores y otros como la alimentación, las alteraciones de sueño y las secuelas post pandémica.
Cuando el sistema nervioso permanece en alerta durante meses o años, por cuestiones de toda índole que hemos abordado en otras notas, como son la incertidumbre sobre el futuro, la violencia social, escolar, la experiencia de la pandemia y en particular las patologías pospandémicas, se produce una desregulación del eje hipotálamo-hipófisis-adrenal.
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El cortisol, entre otros, pierde su ritmo circadiano y aparece un agotamiento que no cede aún en periodos de descanso por tener activo un estado de alarma y alerta constante que se ha llamado modo supervivencia.
Desde otro ángulo de estudio, la relación entre infecciones virales y fatiga crónica en jóvenes, ha quedado sólidamente documentada tras la pandemia de COVID-19.
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Así un estudio de la Universidad de Oslo (Noruega) en 2024, constató que el 47% de los adolescentes estudiados desarrollaron sintomatología a largo plazo tras la infección por COVID-19. Dentro de ese grupo, una alta proporción cumpliría los criterios del síndrome de fatiga crónica.
Otro estudio de este año en el European Journal of Pediatrics, encontró que el 24% de niños y adultos jóvenes con COVID persistente grave, tenían los criterios para un diagnóstico de encefalomielitis miálgica/síndrome de fatiga crónica (EM/SFC). Finalmente, un estudio alemán publicado en JAMA Network Open en 2024 sobre más de 4.500 pacientes post-COVID analizó la incidencia del síndrome de fatiga crónica y concluyó que si bien hay una relación del EM/SFC, con el COVID, la misma no difiere estadísticamente de la presentada en relación a otras patologías infecciosas.
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Síntomas que se confunden con “falta de voluntad”

El diagnóstico sigue siendo clínico ya que no hay un análisis de sangre ni complementario que certifique de manera indubitable o con un margen de certeza que los detecte, y eso alimenta las dudas, la desconfianza por parte de pacientes y desde ya las ofertas diagnósticas y terapéuticas.
En muchos casos los pacientes suelen pasar años de peregrinaje médico, siendo etiquetados y medicados de diversas maneras hasta ser escuchados. Los síntomas cardinales son:
- Fatiga invalidante de más de seis meses, que no mejora con reposo.
- Dolor musculoesquelético generalizado sin causa inflamatoria aparente.
- Sueño no reparador (dormir 8-9 horas y despertarse como si no se hubiera descansado).
- “Niebla mental”: dificultad para concentrarse, pérdida de memoria a corto plazo. Este último a su vez ha adquirido una entidad particular, no solo en razón de la pospandemia sino de cambios sociales, aumento del estrés, etc.
En los jóvenes se suma en muchos casos un progresivo aislamiento social voluntario, por la energía que implica cualquier interacción y esto lleva a veces a la sospecha de patologías psiquiátricas primarias y no secundarias al cuadro, a la automedicación con psicofármacos o, más peligroso y lamentablemente creciente según vemos en la práctica clínica, al uso de estimulantes para poder cumplir con el colegio o el trabajo, lo que agrava el cuadro.
La rehabilitación desde los pequeños pasos

A diferencia de lo que genera como reacción, y propuesto en videos de redes sociales, que es “ponerle más ganas”, o hacer ejercicio intensos, o prácticas agónicas, el enfoque actual combina diferentes aspectos. Estos han demostrado tener una mayor eficacia cuando son aplicados en forma conjunta y son:
- La terapia cognitivo-conductual específica, adaptada a la fatiga, ya que en algunos casos vemos la aplicación de protocolos para depresión y no es eso lo que implicará cambios.
- Reentrenamiento gradual en la actividad: Por ejemplo, hacer 5 minutos de movimiento suave e ir avanzando lentamente y a la vez tomando conciencia corporal.
- Regulación del sueño: de lo cual hemos hablado varias veces y que puede llevar al uso de suplementos (melatonina, magnesio etc.), medicación específica como hipnóticos, o tratar algún problema de base que sea comórbido (apneas, piernas inquietas).
- Un aspecto muy importante dada la prevalencia estadística es evaluar la posibilidad de trauma subyacente, y en tal caso abordarlo de manera específica.

Como vemos, no se trata de focalizar en una idea central, de la cual el cuadro de fatiga sería la consecuencia (alteraciones de sueño, depresión, trauma, etc.), sino entender el aspecto multifactorial y, por ende, la necesidad de un abordaje acorde. También un aspecto psicoeducativo es ayudar al paciente a aprender a convivir con sus niveles de energía sin culpa, ya que no se trata de una falla “moral” y tampoco se trata de “curar” la fatiga. Es un cambio de paradigma: de la lucha contra el síntoma, a la aceptación activa y la gestión de energía.
Quizás el mejor camino de inicio para quienes sospechen que pueden estar atravesando este cuadro, es consultar con un clínico y/o reumatólogo que descarte otras causas (cuadros inflamatorios, tiroides, anemia, enfermedades autoinmunes etc.) y, una vez hecho eso, buscar un abordaje interdisciplinario con experiencia en estos síndromes.
* El doctor Enrique De Rosa Alabaster se especializa en temas de salud mental. Es médico psiquiatra, neurólogo, sexólogo y médico legista
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