
Hay trabajos esenciales que ocurren lejos de la vista. Entre flores, montes y campos cultivados, millones de abejas recorren diariamente enormes distancias en busca de néctar y polen. En ese movimiento constante cumplen una función decisiva para la producción de alimentos: la polinización.
Se estima que estos insectos participan de manera directa o indirecta en la producción de tres de cada cuatro alimentos consumidos en el mundo. Frutas, hortalizas, semillas y numerosos cultivos agrícolas dependen en distinta medida de su actividad para completar sus procesos reproductivos y alcanzar mejores niveles de calidad y rendimiento.
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Pero el aporte de las abejas no termina allí. Su presencia también favorece la biodiversidad y el equilibrio de muchos ecosistemas naturales, donde la reproducción de plantas silvestres depende del transporte de polen entre flores.
Dentro de cada colmena existe una organización compleja y precisa. Las abejas obreras son las encargadas de salir a recolectar alimento y pueden visitar miles de flores en un solo día.

Cuando encuentran una fuente abundante de néctar o polen, regresan y transmiten la información al resto de la colonia mediante movimientos conocidos como “la danza de las abejas”.
A través de esa comunicación indican dirección, distancia e incluso características del alimento encontrado. Esa capacidad de coordinar tareas colectivas es una de las razones por las que las abejas son consideradas uno de los insectos sociales más organizados del planeta.
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Un sector con fuerte presencia en Argentina
La producción apícola ocupa un lugar importante dentro de las economías regionales argentinas. El país cuenta con alrededor de 4 millones de colmenas declaradas y unas 1.200 salas de extracción habilitadas, consolidándose entre los principales exportadores de miel del mundo.
Cada colmena funciona como una pequeña comunidad donde miles de individuos cumplen roles específicos. Mientras algunas abejas recolectan alimento, otras mantienen la temperatura interna, alimentan larvas o protegen la colonia. Ese equilibrio resulta fundamental para sostener la producción y la supervivencia del conjunto.
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La miel, el propóleo, la cera y otros productos apícolas forman parte de una actividad que también impacta sobre múltiples cadenas productivas agrícolas gracias al servicio de polinización.
El pequeño escarabajo que preocupa al sector
Uno de los principales focos de vigilancia sanitaria es el Pequeño Escarabajo de las Colmenas (PEC), una plaga que ya fue detectada en países vecinos como Brasil, Bolivia y Paraguay y cuya llegada a la Argentina podría provocar importantes pérdidas productivas y comerciales.
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El PEC es un insecto que invade las colmenas para alimentarse de miel, polen y crías de abejas. Sus larvas pueden deteriorar panales, fermentar la miel y generar daños que afectan seriamente el funcionamiento de toda la colonia. En casos severos, incluso pueden provocar el colapso de las colmenas.
Además de las pérdidas directas en la producción de miel, la presencia de esta plaga puede impactar en el movimiento comercial de productos apícolas y generar restricciones sanitarias para el sector.
Por eso, especialistas insisten en la importancia de monitorear las colmenas y notificar rápidamente cualquier sospecha. La detección temprana aparece como una herramienta clave para evitar la dispersión del insecto y proteger una actividad que resulta fundamental tanto para la producción de alimentos como para el equilibrio de numerosos ecosistemas.
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Fuente: Senasa
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