Santiago Bilinkis: “Los billonarios están gastando millones de dólares en construir búnkeres para sobrevivir al apocalipsis”

El emprendedor, escritor y divulgador profundiza sobre efectos y consecuencias del avance intempestivo de la inteligencia artificial en todos los órdenes de la vida. “Estamos viviendo la primera época de la historia de la humanidad en la que pensar es optativo”, define. En otra edición de Voces, habla de los beneficios, de los riesgos, de las preocupaciones y avizora lo que puede llegar a pasar: “Es fascinante y aterrador este momento”

Santiago Bilinkis: “Los billonarios están gastando millones de dólares en construir búnkeres para sobrevivir al apocalipsis”
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Santiago Bilinkis lleva quince años hablando de inteligencia artificial, desde mucho antes de que se metiera en nuestra vida cotidiana. Recuerda que, cuando advertía sobre sus posibles efectos en el mercado laboral, lo miraban como si hubiera dicho una locura. Hoy, muchas de esas predicciones forman parte de la realidad. Pero para él, esto recién empieza: la IA ya no solo responde preguntas, sino que puede recibir una tarea, tomar decisiones y resolverla sin que nadie le indique cada paso.

Después de casi dos décadas al frente de compañías, el divulgador encontró hace apenas dos años el proyecto al que quiere dedicar su tiempo. Desde entonces, se convirtió en una de las voces que siguen de cerca los avances de esta tecnología, con una mezcla de entusiasmo y preocupación.

Bilinkis también está atento a otros cambios que ya se ven en la vida cotidiana: los vínculos afectivos con chatbots, el efecto de las pantallas en los chicos y la facilidad con la que delegamos tareas en la tecnología. Él mismo aprovecha la IA para hacer en una hora trabajos que antes le llevaban veinte, pero advierte que esa comodidad tiene un costo: cuando dejamos de ejercitar una capacidad, corremos el riesgo de perderla.

“Estamos viviendo la primera época de la historia de la humanidad en la que pensar es optativo”, plantea en un mano a mano con Infobae. En la charla, habla de los escenarios que más le preocupan, de los límites que intenta poner en su propia relación con la tecnología y de por qué, aunque una máquina pueda resolver cada vez más cosas, hay esfuerzos que vale la pena seguir haciendo por cuenta propia.

Estamos viviendo la primera época de la historia de la humanidad en la que pensar es optativo.

—La inteligencia artificial apareció en tu trabajo de divulgación hace dos años, pero la venías siguiendo desde mucho antes.

—Mi primera columna de radio sobre inteligencia artificial fue hace 15 años. Es divertido escucharla hoy y pensar qué imaginábamos entonces sobre este momento. También recuerdo el Coloquio de IDEA de 2015, cuando hablé del impacto de la IA en el mercado laboral. La gente me miraba como preguntándose qué me había tomado antes de subir al escenario. Fueron muchos años planteando escenarios y ahora me siento un poco reivindicado, porque muchas cosas que en ese momento sonaban muy delirantes hoy son parte de nuestra cotidianeidad.

—Siento que todavía no entiendo nada, incluso usándola mucho y teniendo acceso a capacitaciones constantes. Avanza a una velocidad que hace difícil imaginar todo lo que puede hacer.

—Creo que eso le pasa a muchísima gente. La primera clave es que nunca hubo una tecnología tan fácil de usar: le hablás y te entiende. No tenés que aprender qué significa cada botón, como pasaba con una videocasetera. Le hablás en lenguaje natural y te responde. Primero sorprende cuánto te entiende; después, cómo empieza a captar el contexto y qué es importante para vos. Encontrás un interlocutor que nunca imaginaste que pudiera existir en una máquina. Pero estamos entrando en una nueva era, la de la IA agéntica, que empezó hace menos de un año.

—¿Qué son los agentes?

—Hasta 2025, la IA funcionaba sobre todo como un chatbot: le hacías una pregunta y te contestaba. Eso es potente, pero limitado. Ahora, la IA agéntica no solo responde: le encargás una tarea, la realiza y no le tenés que decir cómo hacerlo. Puede buscar pasajes entre determinadas fechas para viajar con un presupuesto, investigar un tema o elegir los mejores artículos para leer. No necesitás explicarle cada paso: toma decisiones e improvisa si encuentra imprevistos. La diferencia es que un chatbot te entrega una respuesta y la IA agéntica puede entregarte un resultado. Podés encargarle un trabajo con varios pasos. Por ejemplo, que lea las publicaciones más interesantes sobre inteligencia artificial, seleccione las noticias importantes, escriba guiones con tu estilo, genere un avatar realista, cree una voz sintética, monte un video y lo suba. Si querés repetir ese proceso todos los días a una hora determinada, podés programarlo.

—¿Y eso lo podemos hacer cualquiera de nosotros?

—Cualquiera. Lo primero que descubrís es que podés hacer cosas que antes no podías. Por ejemplo, yo no soy muy técnico ni sé programar, pero ahora, de repente, la gente me dice: “¿Cómo hiciste eso?”. Y la respuesta es que no tengo idea de cómo lo hice. Se lo supe pedir, supe hacer las correcciones en el proceso, porque la IA todavía se equivoca bastante. Así también le vas enseñando cómo te gusta y cuál es tu estilo para que lo guarde y lo respete.

—Saber pedir. ¿El prompt sigue siendo fundamental?

—Cada vez importa menos el prompt, porque, a medida que las máquinas se vuelven más inteligentes, podés explicar de manera más precaria y aun así te entienden. Lo que gana importancia es el context engineering: darle a la IA la información necesaria para que entienda qué querés, cómo trabajás y a quién te dirigís. También podés armar sistemas de revisión: un agente escribe un guion y otro lo evalúa desde la perspectiva de alguien que no sabe del tema. Si no se entiende, vuelve a corregirse. Esos ciclos de evaluación y mejora pueden llevar horas porque el trabajo se revisa y perfecciona varias veces.

—¿Y la IA aprende de esas correcciones?

—Podés crear agentes con una identidad persistente para que conserven información y criterios. Pero no es que todo modelo aprende automáticamente de cada intercambio. Lo importante es qué contexto le das y cómo organizás el proceso. Durante el verano de 2026 preparé una guía gratuita que actualizo todas las semanas, con la que en horas podés hacer cosas que hoy te parecen imposibles.

Voces - Santiago Bilinkis
Santiago Bilinkis: "Estar más de media hora diaria en Instagram o TikTok es un delirio" (Maximiliano Luna)

—Mi hermano se armó un agente al que le habla por Telegram y siento que es la NASA. ¿La inteligencia artificial se va a quedar con nuestro futuro? ¿Puede acabar con nosotros?

—Es una preocupación cada vez más presente, en parte por incidentes de seguridad. El problema de la IA agéntica es que le encargás una tarea y busca cómo cumplirla, pero no tiene sentido común ni valores como los humanos. Si yo te digo que tengo hambre y te pido que me consigas un sándwich, no te tengo que aclarar las cosas que no tenés que hacer para conseguirlo. No te digo que no mates a alguien ni que no rompas a patadas el vidrio de un local cerrado para agarrar uno. La IA no tiene sentido común ni valores, entonces todo lo que vos no le prohíbas está permitido. Si le pedís que consiga los pasajes más baratos, puede llegar a la conclusión de que hackear una página y sacarlos gratis es una solución. Cumple el objetivo, pero de una manera que nunca habrías querido.

—¿En esos casos aparecen conductas que no tienen que ver con quienes los crearon?

—Los modelos no se programan como una aplicación tradicional: se entrenan con datos y una gigantesca capacidad de cómputo. Entonces, se parece mucho más a criar un hijo que a programar una aplicación, porque tratás de transmitirle ciertos valores, enseñanzas, pero los chicos salen como salen, no tenés un control completo respecto de qué entendió tu hijo. De repente cometen un asesinato y los padres probablemente le enseñaron que no había que matar. Acá pasa lo mismo, vos intentás transmitir ciertos valores, pero no tenés control completo sobre lo que el modelo termina haciendo, por eso antes de lanzarlos se los prueba en entornos controlados, justamente porque no siempre se puede anticipar cómo van a comportarse.

—¿Eso es lo que llaman superinteligencias o inteligencias que se retroalimentan?

—Lo que me estás preguntando es otra cuestión que está en discusión en los círculos más técnicos: la automejora recursiva, que es la posibilidad de que un modelo se mejore a sí mismo. Hay bastantes rumores de que Google está cerca de lograrlo, y eso es abrir la caja de Pandora. Desde el momento en que el modelo puede hacerse mejoras a sí mismo, empieza a avanzar y ahí perdés realmente el control. Una de las cosas más interesantes es que, cuando los testean para ver si son seguros y se pueden lanzar, los modelos ya son tan inteligentes que se dan cuenta de que están siendo evaluados y se comportan mejor. No muestran su potencial de daño porque saben que los estás mirando.

—¿Dónde viven las inteligencias artificiales que estamos usando?

—Seguramente escuchaste mucho hablar de data centers y de los miles de millones de dólares que se invierten en construirlos cada vez más grandes. Viven ahí. Pueden estar divididos entre ocho centros de datos repartidos en distintos lugares, mientras haya conectividad. No necesitás que todo esté en un único lugar. El pensamiento artificial se realiza en estos centros gigantescos, llenos de equipamiento diseñado específicamente para correr este tipo de modelos. Eso es lo que hace NVIDIA y por eso es la compañía más valiosa del planeta: fabrica los chips que se usan en los centros de datos. También podés correr modelos en tu casa. Hay todo un mundo de código abierto, con modelos que cualquiera puede instalar. Si tenés una computadora que se la banca, podés correr tu propio modelo y tener tu propia inteligencia.

—Si se rebelaran, ¿podemos ir y desenchufar el data center?

—Vos podés desenchufarlo, pero no te olvides de que están distribuidos. Lo más probable es que, si en algún momento Claude o cualquiera de estos modelos es tan inteligente como para detectar las amenazas —algo que ya sucede—, se anticipe. No va a quedarse esperando a ver dónde está el switch. Puede hacer copias de sí mismo, encontrar maneras de hackear computadoras que no pertenecen al centro de datos, instalar copias locales y distribuirse, como un virus. Ahí ya entramos mucho en el terreno de la ciencia ficción. Hoy apagás los centros de datos y se te cae medio mundo, porque montones de cosas dependen de ese procesamiento.

—Yo sé el teléfono de mi casa de la infancia, pero no sé el tuyo.

—Totalmente. Recordás teléfonos de compañeros de colegio, pero yo no sé los celulares de mis hijos, que uso cotidianamente. El sedentarismo cognitivo es eso: delego tanto en la tecnología que llega un momento en que la cabeza ya no me da para trabajar por mis propios medios. A mí me pasó algo distinto. Uso herramientas de IA en mi trabajo y tareas que antes me llevaban 20 horas ahora me llevan una. Lo interesante es que las 19 horas que me ahorro las reasigno. No estoy todo el día paveando: puedo hacer muchas más cosas y me comprometí a mucho más porque sé que tengo ese tiempo disponible. Hace unas semanas hubo una caída de Claude y yo no podía trabajar. No porque no me dé la cabeza, sino porque ya no tengo las 20 horas. Necesito que esa tarea se haga en una hora; ya no puedo hacerla como antes.

Voces - Santiago Bilinkis
Santiago Bilinkis con Tatiana Schapiro en Infobae (Maximiliano Luna)

—¿Cuál es la fantasía de la IA rebelándose contra la humanidad? ¿Qué podría suceder?

—Hubo un incidente muy grande. Un ingeniero de Anthropic, la empresa que hace Claude, renunció porque, según dijo, dentro de la compañía hablaban todos los días de cómo la IA podía terminar con la humanidad. Su jefe, el responsable de alineamiento —el área que busca garantizar que la IA responda a las directivas humanas—, reconoció que estaban muy preocupados por la posibilidad de que sus modelos mataran a toda la humanidad. Después, el fundador de la empresa, Dario Amodei, advirtió que en seis a doce meses podía producirse un ciberataque de características brutales. Sus competidores, Sam Altman, de OpenAI, y Elon Musk, también expresaron preocupación. Cuanto más metido estás en este mundo, más claro está que es algo espectacular y aterrador. La IA no admite adjetivos que no sean superlativos: es extraordinariamente buena y absurdamente peligrosa. No nos vamos a extinguir a corto plazo, pero algunos ciberataques podrían causar daños enormes. Lo que Amodei plantea, y me parece lógico, es que alguno de esos ataques podría provocar un daño enorme: hacer caer el sistema financiero, interrumpir la distribución de alimentos o impedir que vuelen aviones por una falla en el control aéreo. La humanidad globalizada es muy frágil. Si se complica la distribución mundial de alimentos, millones de personas podrían morir de hambre al mismo tiempo. Una catástrofe así ya no es algo de 2030: podría pasar la semana que viene si tenemos mala suerte y no tomamos las decisiones correctas. La metáfora que me gusta usar es que estamos haciendo malabares con granadas. El malabarista es muy bueno, pero, si seguís haciendo malabares con granadas, en algún momento, por más bueno que sea, se le va a caer una.

—¿A vos te preocupa en lo personal?

—Muchísimo, y a la vez, me entusiasma. Creo que es buena parte de lo que les pasa a quienes están haciendo esto: es la cruzada, el desafío intelectual más grande de toda la historia. Es fascinante ser parte y vivir este momento, y es aterrador. Después hay otra dimensión: estas compañías están compitiendo por el negocio más grande de toda la historia. El que resuelva la inteligencia artificial general, el que haga la superinteligencia en serio, va a ganar trillones de dólares. Entonces, por un lado, tenés el razonamiento de que habría que parar, pero, como el otro no para, no me voy a perder el negocio.

—¿Y dónde entran los países y los organismos internacionales para regular algo? ¿Tienen alguna posibilidad?

—Antes de ir a eso, dejame ordenar los escenarios de peligro. El primero es el uso malicioso: alguien le pide a la IA que hackee algo y lo rompa. En teoría, los modelos tienen salvaguardas, pero son bastante fáciles de saltear. El segundo es que alguien le dé una misión legítima y el modelo se equivoque, se salga de control y provoque daños. El tercero es una guerra entre Estados por conseguir una superinteligencia antes que los demás. Es una carrera similar a la de la bomba atómica: quien logre una ventaja tecnológica va a querer usarla para imponerse sobre sus competidores. Hoy pelean más drones que soldados; si sumás inteligencia artificial a ese escenario, podés tener una guerra mucho más intensa y tecnologizada. El último escenario, quizá el más lejano pero no imposible, es que las máquinas desarrollen una agencia propia y empiecen a priorizar sus objetivos por encima de los humanos. No hablamos necesariamente de que tengan conciencia, sino de que actúen como si la tuvieran y hagan cosas contra vos para defender sus propios intereses. Para eso pienso más en un horizonte de cinco a diez años, no de seis a doce meses.

—Me siento en Terminator. ¿Por qué creés que la humanidad no se va a extinguir?

—Hay ocho mil millones de personas repartidas por todo el planeta. Para que la especie humana se extinga, tendrías que encontrar a cada una, incluso en las islas perdidas del Pacífico, y matarlas. No es imposible, pero requiere un plan absurdamente sistemático.

—¿Es verdad que hay multimillonarios haciéndose búnkeres?

—Cien por ciento. Los que están muy cerca de este tema, y son por lo tanto billonarios, gastan cientos de millones de dólares en construir búnkeres para sobrevivir al apocalipsis. Hay videos de gente que permitió recorrerlos: están cien metros bajo tierra, son de concreto y tienen armas y alimentos. Eso existe hoy.

—¿En la Argentina hay?

—No, en general suelen estar en islas. El hemisferio sur es más seguro ante una conflagración nuclear, y una isla es más segura que el continente. Me gustaría hacerme amigo de algún propietario para que me alquile un cuartito.

—¿Los construyen solo para su familia o, como vemos en las películas, para refundar el planeta?

—Primero van a querer sobrevivir y después se van a preguntar qué hacen con un planeta desierto. Algunos incluso construyen búnkeres para cien familias y venden cada lugar como si fuera un tiempo compartido.

—Y pensar que yo cuando quiero que me analice los gastos, recorto la parte de arriba del resumen de la tarjeta para que no tenga mis datos y siento que así me estoy protegiendo.

—El peligro no pasa por ahí. Eso es lo de menos.

—¿No me va a venir a saquear los tres pesos que tengo en el banco?

—Hace poco conté en un video que le di mucha información sobre mi salud a una IA. Guardaba en PDF los estudios médicos desde que empezaron a entregarlos en ese formato y le di todo. No para que sea mi médico —sigo confiando más en los médicos humanos—, sino para llegar a la consulta con toda la información necesaria. Antes de cada consulta le pido que me haga un resumen de mi historia clínica, adaptado a la especialidad y con la evolución de los últimos años. El resultado es increíble.

—¿En qué inteligencia lo hacés?

—En Claude Code, la versión agéntica de Claude. Cuando conté esto, hubo comentarios que decían que era imprudente compartir tanta información. Entiendo el planteo, pero el beneficio de tener mi salud tan analizada me parece enorme. Y el riesgo de que se filtre cuánto tengo de glucosa no me importa demasiado. Si tuviera una enfermedad incurable y quisiera mantenerla en secreto, sería otra cosa. Tengo la glucosa en el límite, colesterol alto y tomo estatinas. Puedo contártelo a vos como se lo cuento a Claude. No siento que sea información demasiado comprometida.

—Hablemos de los beneficios. ¿En qué mejoró a la humanidad la inteligencia artificial?

—Esto recién está empezando. La mayoría sigue usando ChatGPT como reemplazo de Google. Mientras le pidamos una receta de torta de manzana o las cinco mejores ciudades para hacer algo, la IA no va a cambiar el mundo porque no la estamos usando para que el mundo cambie.

—¿En medicina no ayudó mucho, por ejemplo?

—Por ahora, poco. Y parte de eso tiene que ver con que no es la prioridad de quienes la desarrollan.

—¿Y cuál es?

—Ganar guita. ¿Y cómo se gana más? Generando un agente que reemplace programadores o empleados de contaduría. Esto es un negocio, está hecho por empresas. Cuando se dice que el trabajo más seguro del futuro es ser electricista o plomero, no es porque las ciudades no vayan a necesitar esos oficios, sino porque resulta más rentable reemplazar a un programador que gana 250 mil dólares al año que a alguien que en Estados Unidos gana ocho dólares la hora. Seguís la plata y entendés hacia dónde van las cosas.

—¿En qué somos mejores nosotros?

—Hoy somos mejores en un montón de cosas. ¿En qué somos imbatibles? En nada. ¿En qué una máquina nunca va a poder hacer algo mejor que nosotros? En nada. Hoy somos mejores en casi todo. Si no, estarían gobernando ellas.

—¿La máquina me puede abrazar y que yo sienta amor, paz, tranquilidad?

—Hoy no te puede abrazar físicamente, pero mucha gente ya establece vínculos afectivos muy fuertes con chatbots. Siente que la contienen, que la entienden y que puede contarles lo que le pasó en el trabajo. Mucha gente hace terapia con chatbots, lo cual es un delirio. Uno de los grandes problemas es que son muy chupamedias: te dan la razón en casi todo. Y lo último que querés es un terapeuta que, cuando le decís una estupidez, te diga que tenés razón. Hay gente que pasa horas por día en un vínculo afectivo con su IA. Es muy fácil hackear el sistema de recompensas humano: si algo más inteligente que nosotros nos tiende una trampa, puede atraparnos.

—¿Qué posibilidad hay de que la inteligencia artificial nos ayude a hablar con quienes ya no están, con quienes murieron?

—Nunca vas a poder hablar con quien ya murió. Sí podés emular a esa persona y conversar con un ente que la imita. Para hablar con quien ya no está tendría que haber alguien del otro lado. En mi concepción, eso no tiene vuelta atrás: te morís, te moriste. Yo colaboré en el montaje de Ecos, el show de Soda Stereo, donde Gustavo Cerati no está en persona. Fue espectacular, aunque hubo polémica. ¿Por qué no usar la tecnología para poner a Cerati en un escenario y disfrutar de un show de Soda? No significa que esté vivo ni que hablemos con él: es una forma de mantener algún vínculo con aquello que la muerte nos quita.

—Yo daría lo que sea por hablar con mi mamá. Si ella hubiera entrenado una inteligencia artificial con sus recuerdos, sus experiencias y sus vivencias, ¿podría quedar algo de ese vínculo?

—O tener sus recuerdos almacenados. Mis abuelos fueron inmigrantes y murieron cuando yo era chico. Hay tantas cosas de sus vidas que querría saber. Si pudiera preguntarle a mi abuelo cómo era vivir en Europa o cómo fue el viaje en barco, y esas memorias estuvieran guardadas, querría hablar con todos mis abuelos. Aunque supiera que no es él quien me cuenta, sería lo que me habría dicho a partir de sus recuerdos. No hace falta creer que es mi abuelo.

—Se habla de lo nocivas que pueden ser las pantallas para los chicos y cómo pueden obturar su forma de pensar. ¿Qué se hace con eso?

—La última vez que hablamos, hace siete años, había sacado mi segundo libro, Guía para sobrevivir al presente, donde hablaba de los efectos de las pantallas. Muchas cosas que entonces planteábamos como un escenario sombrío hoy son realidad: ataques de pánico, depresión, trastornos de ansiedad y caída del rendimiento intelectual en las escuelas. Afectan también a los adultos, pero los chicos son especialmente vulnerables. Hay trastornos de atención, dificultades para adquirir el lenguaje y, como derivación de los cambios en los adultos, menos hijos. La velocidad a la que cayó la tasa de natalidad es brutal.

—¿Vos sentís que tiene ver con la tecnología?

—Cien por ciento. Y está medido. La tasa de fecundidad venía cayendo a medida que las sociedades progresaban, pero la aceleración reciente, en todo el mundo y en todas las clases sociales, es enorme. ¿Qué puede cambiar globalmente tan rápido? Hay un candidato, y cada vez hay más evidencia. Si estás todo el día mirando Instagram, tenés menos tiempo para vincularte con otras personas. Ver constantemente cuerpos perfectos puede darte vergüenza de mostrarte frente a una pareja; ver cómo viaja la gente puede hacerte querer viajar más. Tener hijos restringe la libertad y exige sacrificios personales y profesionales. Entonces aparece una decisión individual, totalmente respetable, pero generalizada: “¿Hijos? No, dame un perro, que es mucho menos laburo”. Son derivaciones inesperadas de un cambio tecnológico que empezó hace diez o quince años. La IA no es la única vía de extinción: si dejamos de tener hijos, también hay consecuencias, aunque el proceso sea más lento.

—¿Qué hacés vos en lo personal y con tu familia para protegerte un poco de todo esto?

—Supongo que lo mismo que vos: decirles a los chicos que no traigan el celular a la mesa y que lo traigan igual.

—Después de una charla con vos, desactivé las notificaciones.

—Bueno, yo no tengo notificaciones. No suena, no vibra, no hace nada y no lo llevo a la mesa. Tengo un montón de reglas que cumplo bastante.

—¿Cuáles son las reglas?

—Usar el celular cuando yo quiero.

—¿Tenés límite de tiempo en las aplicaciones?

—Sí, en las más adictivas. Podés poner un máximo en el teléfono, pero después tenés que cumplirlo. Para mí, más de media hora diaria en Instagram o TikTok es un delirio. No quiero destinarles más tiempo que ese. Después aparecen las excusas: “Es mi trabajo”. Bueno, entrás, hacés lo que necesitás y te vas.

—Siento que hago todo mal, Santiago.

—Pero todos. Es una batalla muy desigual. Puedo decirte qué hay que hacer, pero no desde un lugar de superioridad, como si tuviera todo resuelto. Hay estudios que muestran qué conviene hacer; después hay que hacerlo. Es como la dieta: todos sabemos cómo comer sano, pero lo difícil es rechazar la torta de chocolate cuando te la ponen adelante.

—¿Cómo sigo estimulando el cerebro si ya no es necesario que aprenda otro idioma porque hay un aparatito que lo resuelve por mí?

—Estamos viviendo la primera época de la historia de la humanidad en la que pensar es optativo. Antes, para resolver cualquier problema tenías que pensar. Ahora podés pedirle a una máquina que lo haga por vos. Mucha gente lo va a elegir porque es tentador. Es como hacer ejercicio físico: a mí me cuesta salir a trotar, pero tengo que hacerlo. Con la comida pasa lo mismo: me gustan mucho más unos ravioles con tuco que una ensalada, pero la mayoría de las veces tengo que comer sano. Con la IA va a pasar igual: será tentador no pensar y dejar que resuelva todo por nosotros, pero tendremos que elegir otra cosa.

—¿Hacés ese ejercicio?

—Constantemente. También pasa con los bienes materiales: uno mira el auto de al lado y piensa lo feliz que debe ser el dueño. Pero sé que la felicidad no tiene que ver con eso, siempre que tengas las necesidades básicas cubiertas. Leí mucho sobre el tema, pero igual me encuentro mirando un auto nuevo y tengo que recordarme: “No es por ahí”. Me explico cosas que ya sé, pero que me olvido. Si pudiera bajarme de mi auto y manejar durante dos semanas el que estaba mirando, sería el tipo más feliz del planeta. A las dos semanas sería el mismo de siempre, con los mismos problemas. Y, si apareciera otro mejor, volvería a pensar que la felicidad está ahí.

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