Su papá le pegaba y lo obligaba a robar, a trabajar y a estar desnudo en su casa: la cruel infancia de un subcampeón mundial de patín

Alfredo Wiedmer tenía un lema: decía que odiaba a todo el mundo. “Así vivía”, certifica. Vivió una vida normal hasta que el consumo de alcohol transformó a sus padres. “Cuando me dijeron ‘tenés que ir a vender pan por la calle’ dejé de ser un nene”, dice quien la pasaba peor en su casa que fuera de ella. En otro capítulo de Voces, los recuerdos atroces de un hombre que de niño se enamoraba de otras familias y de otras vidas

Guardar
Su papá le pegaba y lo obligaba a robar, a trabajar y a estar desnudo en su casa: la cruel infancia de un subcampeón mundial de patín

Alfredo Tadeo Wiedmer cuenta lo que cuenta porque piensa en otros Alfredos, en otros como él, que todavía no son o no saben que son. “Por si a algún nene le sirve y le ayuda a trascender”, dice ante la pregunta de por qué cuenta lo que cuenta, de por qué escribió Sub-marino, su biografía, durante seis años y a través de más de quinientas páginas. Su historia, aún inconclusa, describe a un hombre de cinco décadas de vida que se convirtió en un psicólogo social, un dirigente deportivo, un patinador profesional consagrado a nivel nacional, un afamado entrenador de patinaje artístico, un concursante de Showmatch en el reality Patinando por un sueño y hasta un subcampeón mundial de patín en 2013.

Pero esa es sola la superficie, la piel o el currículum de Tadeo. Lo que fue forma parte de lo que hoy es. Lo que subyace es un proceso complejo, atravesado por las carencias, la violencia, la marginalidad. Se trata de esos casos de éxito, de esas excepciones de una sociedad maltrecha. Fue un niño breve que se hizo hombre a los ocho años. “Solamente fui un nenito cuando vivíamos en Río Tercero: un nenito que salía de su casa y jugaba en la plaza con sus amigos. Cuando me dijeron acá ‘tenés un bolso, tenés que salir a trabajar y a vender pan por la calle’ nunca más fui un nenito”, retrata.

“Todo empieza con un nenito que tiene una vida re linda -rememora-. Mi papá había trabajado en una petroquímica. Empecé a tener noción de lo que era, yo tendría 4, 5, 6 años, la vida de amiguitos en el barrio. Mamá ama de casa, papá trabajando. Las navidades, los regalos, las vacaciones. Y de pronto no sé bien qué pasó en la historia familiar que nos vinimos a vivir a una localidad que se llama Granadero Baigorria y ahí empezó una película de terror, una vida de mucha marginalidad, de muchísima tristeza, de mucho dolor, de explotación infantil. La vida de los pobres que están rotos, que duele, que es difícil de transitar, que se normaliza”.

Tadeo Wiedmer presenta su libro Sub-marino donde cuenta la historia de su vida.

Tadeo cuenta la historia de un chico que salía a robar con su papá, que prefería estar en la calle antes que con su familia por la violencia, que era obligado a andar desnudo en su casa, que se vio forzado a dejar el colegio para ir a vender pan, que jugaba a pensar una vida con gente cariñosa, que se refugió en la imaginación, que a los catorce años se hartó, que entendió pronto que no quería vivir la vida que le habían enseñado a vivir sus padres, que fue adicto, que lo salvó un club de barrio y un par de patines.

—¿En tu casa había amor?

—Sí, había amor pero no sabían cómo. No sé qué pasó. Realmente ahora de grande creo que fueron dos papás muy jóvenes que no pudieron. Se les vino la vida encima. Encima se juntaron dos potencias. No sabíamos cuál de los dos era peor, se les ocurría algo y se potenciaban en esa ocurrencia que tenían.

—¿Qué tipo de cosas?

—Todas cosas deshonestas. Los peores caminos. Los más violentos. Los más oscuros. Los más pobres. Y bueno, y de pronto aparecí en esa vida. Tenía una vida linda y de pronto aparecí en esa vida con siete años.

—¿Tenés hermanos?

—Tengo un hermano que nunca más volví a ver.

—¿Desde qué edad?

—Y, desde muy chiquito. Cuando nosotros empezamos a crecer mi hermano intentó parecerse lo más posible a mi papá y yo lo menos posible.

—¿Qué hacía tu viejo?

—Todo. Menos drogarse todo lo demás era una bola de deshonestidad. De violencia. Era muy violento mi papá. Le tenía mucho miedo.

—¿Con vos también?

—Sí, me mató a palos mi papá. Le tenía mucho miedo. A mí, a mi mamá. Me acuerdo estar en la escuela, que mi mamá llegue y me saquen del salón diciendo vámonos. Nos subíamos a un colectivo. Ella toda moretoneada, los ojos ensangrentados. Y así andábamos, íbamos de mi abuelos, volvía mi papá, la buscaba y volvíamos otra vez a esa vida de marginalidad. Todo estaba pasando a la vista de familiares. Como ahora que uno va caminando y parece que se normaliza que haya dos o tres nenitos pidiendo. Y en ese momento me tocó vivirlo a mí y hubiera suplicado auxilio, que alguien hubiera tenido la fuerza suficiente. Entiendo que no es fácil. Pero un familiar que tenga la fuerza suficiente para denunciar otro familiar, sacar a esas criaturas de esos lugares.

Voces - Tadeo Wiedmer - Patinador - Tatiana Schapiro
Tadeo Wiedmer: "El peor lugar que existía en mi día a día era mi casa"

—Si tu mamá no podía y tu papá estaba así alguien te tenía que cuidar.

—Sí, se normalizó. Mi mamá también de pronto empezó a tomar mucho. El alcohol fue lo que destruyó todo en mi casa porque quedaban en situaciones que nos sexualizaban muy chicos. Nos mandaban a robar. Empezamos a tomar alcohol de chicos como en broma. Hoy lo puedo contar así, quizás con una sonrisa.

—¿Vos fuiste de esos nenes de la calle?

—Sí. Sí. Juntábamos verdura podrida de las verdulerías. Pedíamos comida en los lugares donde cocinaban. Pedíamos en la calle. Vivía todo el día en la calle. El peor lugar que existía en mi día a día era mi casa. Entonces me escapaba, estaba todo el tiempo en la calle.

—¿A qué edad empezó?

—A los 8. Fue una tortura porque mientras iba sucediendo me estaba dando cuenta día a día, poco a poco que era irreversible lo que estaba viviendo. Que la infancia no vuelve atrás. Ninguna de las etapas, pero esa tan importante, la que construye prácticamente todo, se me había ido. Cuando me di cuenta que ya no era más un nenito tenía recién 10 años.

—¿Fuiste a robar con tu papá alguna vez?

—Sí. Éramos de mala muerte. Salíamos a dar una vuelta por el barrio y siempre algo nos traíamos. Una vez nos trajimos un perro. Me robé un perro. Le pusimos León, se enfermó de sarna y lo tuve que abandonar en la calle. Me hicieron abandonarlo. Fue uno de mis recuerdos más tristes de chiquito. Ser muy sensible con las mascotas y con los animales y tener que ir y dejar a mi perro en el medio de un campo y salir corriendo con una bicicleta.

—¿Nunca fue preso tu papá?

—No porque mi mamá nunca se animó a denunciarlo. Nunca tuvo esa fuerza para poder decir hasta acá, nunca más. No te quiero más en mi vida. Y no.

Voces - Tadeo Wiedmer - Patinador - Tatiana Schapiro
A los 14 años Tadeo Wiedmer se fue de su casa a vivir con sus abuelos.

—¿Iban al colegio?

—Sí, fuimos al colegio hasta que en primer año me hicieron abandonar porque era mucho gasto. Y tuve que empezar a trabajar. Ahí fue el primer clic grande que dije “tengo que salir de acá”.

—¿Los querías a tus papás?

—Sí, sí. Sí. Después me enojé un montón. La vida me puso súper malo y me enojé un montón. Pero sí. Sobre todo a mi mamá.

—Era tu familia, tu lugar seguro, ¿no? Esa es la contradicción.

—Hasta el día de hoy la extraño a mi mamá. La voy a extrañar siempre porque mi mamá siempre fue mi mamá, nunca fue una mamá malvada. Pero bueno, hacía todo lo que decía mi papá y estaba siempre sumisa debajo de sus órdenes y ese formato un poco, que aún se ve pero antes era mucho más. Se veía todo el tiempo.

—Cuando hablás de la sexualización en la infancia, estamos hablando de abusos.

—Sí, el abuso era, por ejemplo, comer desnudos. Mis viejos vivían desnudos y tenía que verlos desnudos. De chiquito no era nada pero cuando empecé a tener 12, 13, me empezó a molestar de tal manera y no me permitían vestirme. Y también ellos tenían relaciones delante de nosotros. Entrábamos a su habitación y estaban teniendo relaciones. Son marcas, no imborrables en el recuerdo sino en el surco, en la huella que dejan en la vida de una persona.

—Vos decís que tu hermano hizo lo que pudo por parecerse a su papá. Pero vos no. ¿Qué sentís que hizo que para vos sea distinto?

—A veces se lo quiero adjudicar a que soy taurino, que soy dragón y que la astrología me ayudó para ir para adelante con esta testarudez que después me costó controlar y domar. A veces creo que fueron algunas personas que me precedieron en el camino de mi vida. Y después mucho más grande me di cuenta de que de chiquito yo sabía que no quería tener esa vida. Cuando yo salía a vender pan por la calle veía que había otras vidas. Me iba a otros barrios. De hecho había una pareja que me atendían -yo tenía 8, 9 años-, ellos interrumpían su siesta, salían y me compraban y yo imaginaba cómo eran sus vidas y pensaba que de grande iba a poder tener un vínculo como esa pareja. De las miles de personas que me compraron algo me quedó ese recuerdo de verlos salir felices de su casa a comprar con un vínculo amoroso muy tierno, que era el que yo no tenía en mi casa. Y hoy tengo un vínculo amoroso súper tierno, muy contenedor, muy lindo. Creo que ese deseo de decir “esta no es la vida que quiero, no quiero vivir en la tierra, en la mugre, en la suciedad, en la violencia, en la deshonestidad”.

—Vos pudiste entender que había otra posibilidad.

—Pero creo que debe haber muchísimos nenes más valientes de lo que yo fui. Me hubiera gustado ser más valiente.

—¿Por qué decís eso?

—Porque me tendría que haber ido antes. Porque no entendía nada. No entendía lo que me estaba pasando. Lo entendí de grande. Sufría tanto, tanto. Y otra cosa que me ayudó fue la imaginación. Fui un nenito que imaginó mucho de chiquito, entonces cada vez que salía a vender pan era una re aventura para mí. Me aventuraba en lugares que no existían. Entonces la imaginación me resguardó un montón.

Voces - Tadeo Wiedmer - Patinador - Tatiana Schapiro
Tadeo Wiedmer: "El alcohol fue lo que destruyó todo en mi casa, Nos sexualizaban muy chicos. Nos mandaban a robar."

—¿Cuándo te vas de esa casa?

—A los 14 años.

—¿A dónde?

—A la casa de mis abuelos.

—¿Cuál fue el detonante para decir “me voy de acá”?

—Entré a mi casa después de haber vendido pan todo el día y teníamos una pecera y la cabeza de mi mamá estaba ahí adentro. Mi papá la estaba sosteniendo. La estaba ahogando. Entonces yo empecé con un palo a pegarle a mi papá. Se armó una escena catastrófica donde mi mamá cae al piso, se rompe la pecera, los vidrios, mi viejo enfurecido y borracho. Y salí corriendo. Salí corriendo por la calle a la noche y a la mitad de camino dije que no iba a volver más. Lloré, lloré, lloré, caminé toda una circunvalación oscura durante horas. Llegué de día a la casa de mis abuelos, golpeé las rejas y me salvaron un poco mis abuelos durante algunos años hasta que yo extrañaba tanto a mi mamá que volví.

—¿Abuelos de parte de tu mamá?

—Abuelos maternos. Y ahí, en esta historia aparece mi tía, que era profesora de patín. Yo ya sabía que ella patinaba pero cuando me fui a vivir con ellos era “acompañanos a las prácticas, vení al club”. Y quedé enamorado de todo lo que sucedía adentro del club.

—¿Había chicos en las clases de patín?

—No, no había niños, había cien niñas.

—Vas a estas clases y ves chicos que están siendo cuidados por sus familias…

Yo siempre me enamoraba de las otras familias. Siempre soñaba con tener otra familia. La de mis compañeritas de patín, las de algún compañero de escuela. Otra familia que no sea la mía. Ahí me atrajo la música, la velocidad de los patines, las lentejuelas, el brillo, el show, los aplausos, el público. Todo me parecía guau.

—¿Le dijiste a tu tía que querías empezar patín?

—Claro, le dije a mis abuelos “quiero hacer esto también”. Anteriormente se lo había dicho a mi papá pero ni por las chapas. Era imposible. Casi me mata. Mi primer papel fue el payaso Figurita. Fui un payaso cuando empecé a patinar.

—¿Qué era lo que te preocupaba?

—Me daba mucha vergüenza salir del club y enfrentar a la sociedad, a los nenes del barrio. Mis abuelos me empezaron a mandar al colegio. Hacía otras actividades. Y a nadie le decía que patinaba. Me daba muchísima vergüenza porque era el único varón. No había otro. Había cien nenas. Entonces era como que yo ahí adentro era sumamente feliz. El día que me puse los patines y empecé a deslizarme, a encontrar esta aventura del equilibrio para mí se modificó mi vida para siempre, los patines se me hicieron como parte de mi cuerpo, pero me preocupaba mucho ser el único varón.

Voces - Tadeo Wiedmer - Patinador - Tatiana Schapiro
Patinando encontró su lugar y la felicidad.

—¿En la época en la que estuviste con tus abuelos no tuviste que trabajar?

—Sí.

—¿Qué hacías?

—A los 14 años mi abuelo me mandó a trabajar a una carnicería. Una experiencia horrible fue porque tenía 14 años también y ya se me exigía ser un hombre. Y un nenito de 14 años que había empezado a trabajar a los 8 y que a los 14 va a pedir auxilio a sus abuelos, empieza a patinar, empieza a adquirir un deporte, está limpio, hacía calor y teníamos un ventilador, hacía frío y teníamos una estufa. Me querían mis abuelos, me trataban bien. Pero tenía que trabajar. Y eso me destruyó. Estuve dos años con ellos y me volví con mi mamá.

—¿Sentís que en esos dos años pudiste ser un nene?

—No, no. Yo nunca más fui un nenito. Solamente fui un nenito cuando vivíamos en Río Tercero: un nenito que salía de su casa y jugaba en la plaza con sus amigos. Cuando me dijeron acá “tenés un bolso, tenés que salir a trabajar y a vender pan por la calle” nunca más fui un nenito.

—Te volvés con tu mamá…

—Sí, vuelvo con ellos y vuelvo otra vez a la miseria. Ya tenía creo que 17, 18 años. Me mandan también a trabajar y empecé a trabajar en un súper, y todo lo que ganaba era para llevárselo a ellos. A mi papá no le gustaba trabajar. Y en el medio llega la colimba. Tuve que ir a la revisión, me sortearon, me tocó como el 800 y pico. Debe haber sido lo único bueno que hizo Menem: abolió el servicio. Me escapé de la revisión. Tenía tanto miedo, tanto pánico. Se decían tantas cosas.

—¿Y al no hacer la colimba qué siguió?

—Conocí a un entrenador de patín que me dijo “vos patinabas”. “Yo trabajaba en un kiosco”. “Vos patinabas”. “Sí -le digo- pero dejé de patinar porque volví con mis viejos”. “Yo tengo unos patines y unas ruedas y te puedo ayudar, tenés que competir, sos bueno”. Yo ya tenía 18 años y uno empieza a competir a los ocho.

Voces - Tadeo Wiedmer - Patinador - Tatiana Schapiro
Participar del Patinando por un sueño abrió la puerta a la posibilidad de volver a viajar a un mundial.

—¿Era puro interés deportivo?

—Sí, a él le parecía que yo tenía mucho talento. Mis abuelos tenían una videocasetera y mi tía tenía miles de VHS con campeonatos del mundo de patinaje artístico. Me pasaba días, horas, creo que los dos años que estuve viviendo con ellos me los pasé mirando VHS de patinaje. Me sabía los nombres de los patinadores, de sus coreografías, de las músicas. Entonces cuando este entrenador me llama, busco la forma, empiezo a entrenar con él y decido empezar a competir a los 18 años.

—¿Esa es la edad para que alguien que se quiere dedicar en serio a eso se federe o venías en desventaja?

—No, algunos se retiran a esa edad ya. Hubo patinadores que se retiraron a esa edad y yo recién ahí empezaba. Pero da la casualidad que ese mismo año se crea un campeonato mundial junior para menores de 18 años en Colombia y ahí empiezo a soñar que yo podía llegar a ese campeonato del mundo junior de alguna manera. Porque apenas me agarró este entrenador yo empecé a evolucionar descontroladamente, saqué dificultades enseguida, entrenaba diez horas por día. Hacía cualquier cosa por ir a patinar todo el día. Entonces técnicamente evolucioné un montón. Y apareció esta posibilidad de ir al mundial junior de Colombia en el 95. Me presento, busqué los medios, la forma. 14 quedé. Había muchísimos patinadores que eran mucho mejores que yo, que ya traían su trayectoria.

—¿En esa época todavía vivías con tus papás?

—No, no.

—¿Cuándo te fuiste?

—A los 18 ya me fui. Estuve dos años con ellos.

—¿Se volvió a complicar?

—Sí, muchísimo. Cada vez era peor. Pero había un amor tan grande por mi mamá. Con mi papá estuve enojado incluso hasta después que falleció.

—¿Tu papá cómo muere?

—Mi papá era diabético y no le gustaba para nada cuidarse. Le gustaba mucho comer y se desbordaba comiendo y bebiendo. Estuve varios años sin verlo. Y un día me suena el teléfono y me llama él, dice “hijo, estoy internado en un hospital”. En un hospital provincial de Rosario. Después de muchos años que estaba tan enojado pero tan enojado que no lo podía ir a ver. Entonces voy después de varias semanas de tomar la decisión. Me acuerdo de que estaba en una cama con mi mamá al lado. Y estaba lleno de tubos y cosas encima, una máscara. Y ya sabía lo que iba a hacer: llegué, la saludé a mi mamá que también hacía muchos años que no la veía, le dije si podía ir a buscar agua. Baja, sabía que era lejos donde tenía que ir, y le empiezo a preguntar a mi papá cómo se sentía, cómo estaba. Y él me empieza a hablar de las cosas de mi hermano y de él. Entonces yo lo freno y le digo “vos sabés que fuiste la persona que más mal me hizo en toda mi vida, nunca nadie me hizo tanto mal como vos. Me hiciste un daño irreversible”. Porque yo pensé que se iba a morir ahí nomás, entonces dije “no me voy a quedar con todo esto guardado, se lo tengo que decir”. Y él me dijo que no se había dado cuenta. Le pareció súper extraño lo que yo le estaba diciendo y lo angustió un montón. Me pidió disculpas. Le pegué un grito fuertísimo pidiéndole que me pida disculpas más fuerte, de otra manera, porque no me pasaba nada. Y, no sé, instintivamente me quedé haciendo el acompañamiento durante ocho meses. Le empezaron a cortar los pies. Después le cortaron una pierna. Después le cortaron la otra. Quedó solo su torso, sin dientes, sin pelo. Con 59 años.

—¿Hace cuánto fue lo de tu papá?

—En 2012 fue. Después tuve un proceso competitivo pero ya me había hecho grande, entonces a los 24 años dejo de competir, sin poder haber clasificado nunca a un campeonato del mundo. Todos esos años lo intenté. En pareja, solo. No podía más con la vida. No tenía una vida prolija. Mientras patinaba fumaba, tomaba, salía. Me gustaba la joda. No podía congeniar entre el deportista de élite y la vida de una persona que le gusta salir de joda.

—Pero estamos hablando de la joda normal de un adolescente, no de meterte en los quilombos como tu papá.

—No porque era algo que él me había enseñado. Sin darse cuenta me dijo “tratá de ser todo lo opuesto a lo que yo soy”. Y me costó. Me costó muchísimo. Si hay algo de lo que me arrepiento en mi vida es de haber tratado a algunas personas de la forma en la que las traté. Y creo que viene de la forma en la que me trataron. Me acuerdo que mi psicóloga la primera sesión que fui me dijo “¿qué buscás acá?”. Yo le dije “no quiero perder más a gente que quiero”. Porque así me habían criado.

—¿Fuiste violento vos con alguien?

—Sí, claro que sí. No te imaginás lo que fueron conmigo. Hasta que pude sacar la violencia de mi vida y hoy soy una persona que apuesta mucho más a la meditación, al silencio, a la calma, al diálogo, me costó un montón.

—¿En situaciones de pareja o en la calle?

—Estaba enojado con la vida entera. Hasta los 34 años estuve enojado con todas las personas. Con todos.

—¿Y pudiste pedirles disculpas?

—A algunos sí y a otros aprovecho ahora para decírselos también, que hubo momentos de mi vida que no supe cómo manejar ni un poquitito. Ni siquiera como entrenador. Porque como entrenador no sé si fui violento pero sí fui sumamente exigente. No podía tener la paciencia para esperar a un deportista hasta que logre las cosas y lo exigía. Tuve grandes logros pero a veces me arrepiento a costa de qué. La gente después no se acuerda de mí porque yo fui subcampeón del mundo, se va a acordar si la pasó bien o no conmigo.

Voces - Tadeo Wiedmer - Patinador - Tatiana Schapiro
Tadeo Wiedmer fue Sub campeón del mundo en el mundial de China.

—¿Cómo es que finalmente volvés a competir?

—Tengo un acontecimiento muy, muy, muy grande, muy fuerte, muy duro en mi vida. Me pasó algo terrible. Perdí completamente mi libertad y todo tipo de brújula. No supe cómo hacer para seguir viviendo de pronto y cuando pasó eso esa tormenta caigo en otra más difícil todavía con respecto a la salud y ahí caigo en otra con respecto a las adicciones. Entonces ya todo se había desbaratado, no había forma.

—¿Te lastimaste?

—Sí, sí. Tuve situaciones de grande que fueron todas estas secuelas. Fueron las secuelas de todo lo que no pude ser. Lo que no pude vivir. El nenito que no pudo existir. El adolescente que se murió. El hombre que empezó a ser hombre a los ocho. Que cuando ya era un hombre ya se había pasado toda una vida renegando. Tenía un lema: decía “los odio a todos”. Así vivía.

—¿Y el consumo llegó de grande o venía desde chiquito?

—No, venía de más chico.

—¿Y cómo saliste de ahí?

—Me fui hasta la barranca del río Paraná en Rosario y no me quedó otra que tomar una decisión en mi vida: me tiro o le pongo el alma a esta vida y la peleo como sea. Y te lo juro que fui, me senté y decidí pelearla. Estuve al borde de decir “ya no aguanto más”. Tenía 30 y pico de años, estaba harto, cansado. Todo me salía mal. Todo lo que hacía, lo que emprendía me salía mal. Por eso hablo de las bases y de la inconsciencia de los padres al dejar que un hijo empiece a boyar por la vida a los 8 años. Por el daño irreversible que eso hace. Porque tenés 30 y no sabés cómo hacer. Y bueno, volví y ahí pasó algo mágico que no lo vas a poder creer porque yo tampoco lo podía creer. Me llama un entrenador de grupos: “Queremos clasificar a un Mundial”. Me meto en un grupo. Pero yo estaba destrozado, no tenía plata ni para comprarme un par de patines. Y me encuentro a una mujer que era la madre de dos patinadoras: Mariana Bonell. Se encarga de salvarme la vida. Ella hacía poco que había perdido a su marido. Estábamos los dos tan dolidos, tan rotos, tan angustiados, que ese entrenador que me llamó al otro año dejó de dar clases, me puso a ella como entrenador de un grupo llamado Supernova. Empezamos a crear un nombre, treinta patinadoras nos empiezan a seguir, empiezo a armar un ajedrez humano y digo “no voy a ir como patinador pero lo intento como entrenador”. Y en ese momento que abro ese proyecto de vida aparece un casting para ser soñador de Showmatch en Patinando por un sueño. Mi vida hizo “truc” y se fue para el otro lado de pronto. Viví una de las experiencias más hermosas realmente como artista, como persona.

—¿Con quién patinaste vos?

—Con Andrea Estévez. Una maravilla de ser humano. Fue una de las cosas más lindas que tuvo el certamen para mí: Andrea Estévez y su familia.

—¿Hasta dónde llegaron?

—Y casi a los cuartos de final. Viste que esos certámenes no los gana siempre el mejor patinador, el mejor soñador.

—¿En paralelo trabajabas como entrenador?

—Todo el año volví sábado y domingo, y las prácticas que yo les daba en la semana se las pasé a sábado y domingo y entrenaba con ellas sábado y domingo para clasificar al Mundial de China de 2008. Ni a China nos mandan ni a Alemania nos mandan. Los dos años nos dejan afuera. Pero en 2010 clasifico a mi primer campeonato del mundo en Portugal como entrenador. Y ahí empiezo una historia completamente diferente.

—¿Con las chicas, con Supernova?

—Sí, yo hice mi trabajo como patinador en Patinando por un sueño que fue realmente hermoso pero después ya tenía 34, 35 años. Era imposible pensar que yo podía llegar a un Mundial ya en esa época. Nadie me iba a llamar para una cosa así. Pero, cuando llegamos a Portugal, estoy parado con el equipo del seleccionado cumpliendo el sueño de mi vida de estar por fin en un campeonato del mundo y había algo adentro mío que estaba insatisfecho. Me empecé a preguntar si estaba sintiendo envidia por mis propias alumnas o qué era lo que no me dejaba ser enteramente feliz. Me moría por estar pisando esa pista, por estar compitiendo contra los mejores del mundo. No lo pude llegar a disfrutar al 100. Al otro año clasificamos a Brasilia, salen a competir al campeonato del mundo, me vuelve a pasar lo mismo. 2011 lo mismo, patinan y digo “quiero estar ahí”. Me miraba los pibes y decía “no tengo mis patines, cómo se debe sentir estar peleando un puesto en un campeonato del mundo por tu país con tu equipo”. 2012 llega el campeonato del mundo en Nueva Zelanda: imposible, se baja el equipo porque es muy costoso todo. 2013 empiezo a trabajar como una bestia para todos lados porque ya era un entrenador reconocido. Llevaba patinadores a los Mundiales. Había estado en Showmatch. Entonces mi vida había cambiado por completo. Y me llama una de las mejores entrenadoras del país, Tamara Álvarez. “Tengo un lugar en un grupo para viajar al campeonato del mundo de China, se bajó un varón. Somos seis parejas. ¿Te animás?”. Se me paralizó el corazón. No me lo olvido nunca más, estaba en la isla y parecía algo que no me estaba pasando de verdad, sentí por un momento que no era real. No sabía qué había pasado que me habían llamado para ir a un Mundial con 38 años. Yo lo había soñado por primera vez a los 18. Daba clases en Santiago del Estero, tenía un autito, viajaba para todos lados, y acepté. Acepté y empecé a viajar al Club Atlanta.

Alfredo Wiedmer, con camiseta gris y pantalones cortos claros, sonríe mientras sostiene su libro "Sub-marino" frente a una mujer rubia de espaldas
Tadeo Wiedmer junto a Tatiana Schapiro en Infobae (Fotógrafo: Adrian Escandar)

—¿Ahí te vas a China?

—Ahí nos vamos a China. Inclusive en el viaje arriba del avión tengo la sensación de que se va a caer el avión, que no voy a llegar. Llegamos a China después de 33 horas de viaje. Empezamos a hacer pruebas de pista en China. Estábamos todos movilizados, se nos dio vuelta todo. Última práctica antes de la práctica oficial, en un roll una compañera se revienta todos los ligamentos. En China, en el campeonato del mundo donde estoy cumpliendo por fin después de 20 años el sueño de mi vida. Se nos vino abajo todo. Anímicamente quedamos destruidos porque encima no teníamos ni siquiera la posibilidad de volver a hacer una prueba de pista más para acomodar algo. Subimos a un gimnasio, a ella la llevaron a un hospital. Nosotros en zapatillas intentamos acomodar el número, nuestra entrenadora bastante nerviosa pone una asistente que la ayude porque ella estaba en crisis. Nos intentó ayudar como pudo. Todo era devastador para nosotros. Habíamos hecho un trabajito de mucha unión, habíamos respirado juntos, habíamos meditado juntos. Éramos doce equipos de todo el mundo, salíamos con el número doce a la pista. Habíamos podido acomodar más o menos la historia.

—¿Eran los últimos en salir?

—Éramos los últimos en salir, sí. Ya había competido toda la categoría.

—¿Lo disfrutaste?

—Sí. Cuando pongo los pies y las ocho ruedas sobre la pista toda mi vida tuvo sentido. Desde el momento uno de mi vida donde me mandaron a vender pan a la calle, donde mi viejo me mató a palos, donde no pude contarle a la gente que yo patinaba, donde tuve que atravesar todas las peores situaciones de mi vida, todo tuvo sentido porque en ese momento las ocho ruedas habían tocado la pista de un mundial cuando yo lo había soñado 20 años antes. Y encima con gente al lado, con patinadores que admiraba, que me admiraban, que me iban a sostener. Entonces entré a la pista y fui el tipo más feliz de todo el mundo los cinco minutos que duró el programa. No me importaba nada, ya sabíamos que con una menos era imposible que pasara nada a nivel puesto. Estaban Italia, España, eran equipazos. Pero patinamos con el alma y la vida. Lo dimos todo, todo, todo. Terminamos, nos quedamos esperando. Enseguida te dan la puntuación. A nosotros tardaron como diez minutos: nos van a descalificar, qué pasa, alguien se cayó. Y empiezan a darnos las puntuaciones y cuando nos dan la segunda puntuación arriba se pone Place 2nd: significa que habíamos quedado subcampeones del mundo, y que era algo que me estaba dando cuenta, nadie más me lo iba a poder sacar. Lo había logrado. Y también fue algo que me voy a llevar por el resto de mi vida.

—Felicitaciones.

—Lo sigo recordando como uno de los momentos más emotivos, más lindos. Fue mágico. Mágico, mágico. Aunque después entendemos que no, que no está bueno sufrir para tener una linda vida y para cumplir sueños. Ni a palos. Pero ya que se dio esa historia tan triste, tan difícil, por lo menos tuvo ese momento de reivindicarse y decir “vos podés con todo lo que te propongas en la vida”.

—¿Cómo siguió tu vínculo con vos después de China?

—Ya venía amigándome muchísimo conmigo, con la vida, con todo. Hasta el día de hoy nada me puede frenar. La muerte me va a frenar. Pero después soy imparable. Todo lo que me proponga de alguna manera lo logro. Aunque tarde 20 años.

—¿Hoy cómo estás?

—Inmensamente feliz. Estoy muy pero muy, muy feliz.

—¿Por qué?

—¿Por qué estoy feliz? Porque pasaron cosas muy difíciles. Y hoy ya nada de todo eso existe.

Últimas Noticias

Cata Bonadeo habló de su depresión, la autoexigencia y el miedo a mostrarse vulnerable: “Dormir era la única manera de apagar la mente”

En Ellas, la periodista repasó su camino personal, atravesado por momentos de oscuridad emocional, la dificultad para pedir ayuda y la presión constante que la acompañó durante años. También reflexionó sobre la importancia de hacer visibles los procesos internos, apoyarse en profesionales y en los afectos más íntimos, y sostener un trabajo cotidiano para construir bienestar

Cata Bonadeo habló de su depresión, la autoexigencia y el miedo a mostrarse vulnerable: “Dormir era la única manera de apagar la mente”

Zoe Bogach de Gran Hermano: las infidelidades de su ex, el hate extremo y el precio de haber confiado demasiado

En Casino Deluxe, la influencer se sinceró sobre el fuerte impacto emocional que le dejó la exposición tras su paso por el reality, recordó los momentos más duros que vivió a raíz de las agresiones en redes y cómo llegó a cuestionarse todo. Además, habló de la ruptura con su expareja y del proceso personal que la llevó a poner límites. “Aprendí a no ser tan inocente”, expresó

Zoe Bogach de Gran Hermano: las infidelidades de su ex, el hate extremo y el precio de haber confiado demasiado

Adriana Aguirre: su pasión por los hombres más jóvenes, el deseo que no se agota y el insólito acuerdo que la une a su ex

En Desencriptados, la actriz y vedette repasó su historia, desde sus inicios en el mundo artístico hasta su presente personal. Habló de su separación de Ricardo García, del vínculo que aún mantienen y de su manera libre de vivir las relaciones, con el disfrute y la autenticidad como pilares

Adriana Aguirre: su pasión por los hombres más jóvenes, el deseo que no se agota y el insólito acuerdo que la une a su ex

Benito SDR: su historia de superación, el inolvidable triunfo de River que lo sacó del anonimato y por qué es un agradecido a las redes sociales

En Citados, el reconocido streamer repasó sus inicios en los que no se daba a conocer y cómo fue el momento en que decidió mostrarse. Las operaciones por las que tuvo que pasar debido a una enfermedad de nacimiento y el incondicional apoyo de su familia. Recordó además una fallida primera cita que terminó con final feliz

Benito SDR: su historia de superación, el inolvidable triunfo de River que lo sacó del anonimato y por qué es un agradecido a las redes sociales

Dante Ortega: “Padre nuestro que estás en el cielo, le pedía a Dios, ¡por favor dejá de hacerme gay!”

Empezó a darse cuenta que le gustaban los hombres cuando iba al colegio. Durante años vivió orientación sexual en secreto, como una carga. Hace poco hizo un posteo junto a su hermana, los atacaron por su homosexualidad y decidió a hablarles públicamente. La maldad, el dolor y el miedo. El nieto de Palito Ortega tiene 24 años, es músico y actor y prepara la presentación de su disco. Por qué ya no le pide a su papá trabajar con él

Dante Ortega: “Padre nuestro que estás en el cielo, le pedía a Dios, ¡por favor dejá de hacerme gay!”
MÁS NOTICIAS