Eugenia Tobal: “Más allá de que los 50 ya no son los de antes, yo me autopercibo de 35 años”

La reconocida actriz argentina dice que las cinco décadas de vida le sentaron bien: “Se me acomodaron las prioridades y trabajo muchísimo para tener la cabeza en paz”. Tuvo a su única hija a los 44 años y perdió a su madre dos meses después del parto. La crianza, la maternidad, el libro y la actuación en la voz de una mujer que asegura que es valioso hoy “poder decidir cuándo, cómo y si uno quiere ser mamá”

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Eugenia Tobal: “Más allá de que los 50 ya no son los de antes, yo me autopercibo de 35 años”

“Hay cosas de esa etapa que no me acuerdo”, dice Eugenia Tobal. No es olvido: es la forma que encontró su memoria para procesar un tiempo tan intenso como contradictorio. En pocos meses, su vida cambió para siempre: nació su hija Ema y murió su madre, dos experiencias que se entrelazaron en una misma historia atravesada por el amor, la despedida y la transformación.

Hoy, ese recorrido íntimo convive con un presente más liviano arriba del escenario. Con El chat de mamis, la actriz volvió al teatro en el Multitabaris con una comedia que se mete de lleno en el universo de la crianza, ese territorio tan cotidiano como caótico. “Es el mal necesario el chat de mamis”, dice entre risas, sobre ese espacio donde se cruzan dudas, mandatos y pequeñas obsesiones compartidas.

Pero detrás del humor hay una historia más profunda. “Mi mamá fue el motivo por el cual me animé a escribirlo”, cuenta sobre su libro, nacido de aquellas conversaciones en el hospital. Entre charlas y silencios, madre e hija pusieron en palabras ese “lado B” de la maternidad del que poco se habla. Escribir fue, también, una forma de dejar registro y de acompañar un duelo.

“Escribí un libro que a mi mamá le hubiese gustado leer”, dice. Y aunque ella no llegó a verlo, su presencia sigue viva en lo cotidiano: en los recuerdos, en los gestos, en la música y en la forma en que Tobal transita su rol de madre.

A los 50 años, con una hija de seis, la actriz habla desde un lugar distinto. Más calmo, más consciente. “La cabeza está mucho más en paz”, asegura. Fue madre a los 44, después de un camino largo, y eso resignificó muchas cosas: “Necesito darle calidad de madre a Ema”.

También se permite abrir conversaciones que durante años quedaron en silencio, como la menopausia y los cambios del cuerpo. “Hay que hacerse cargo de que el cuerpo cambia y aceptarse”, plantea. Y lo dice sin solemnidad, pero con convicción.

Eugenia Tobal, su pareja y su hija posan sonrientes frente al Castillo de Cenicienta en Walt Disney World, con un cielo azul claro de fondo
Eugenia Tobal junto a Ema

Entre la risa del teatro y la intensidad de la vida, Tobal parece haber encontrado un equilibrio propio. “Estoy feliz, estoy tranquila. Encontré la paz conmigo”, dice en esta charla con Infobae. Y en el centro de todo aparece Ema: “Tengo una hija que me hace ser mejor persona todos los días”

—¿En qué año nació Ema?

—En diciembre de 2019.

—¿Y tu mamá?

—Falleció el 12 de febrero de 2020. Fue todo muy seguido porque al toque nos guardaron por la pandemia.

—¿Tu mamá te incentivó a escribir el libro?

—Mi mamá fue el motivo por el cual me animé a escribirlo. Teníamos charlas muy lindas en el hospital, durante sus internaciones. Hablábamos de la maternidad, del lado B, de esas cosas que no te dicen. Nos reíamos mucho y ella me decía: “Vos tenés que escribirlo así como lo hablamos, que es muy gracioso”. Entonces lo hice un poco en honor a ella y para que queden registrados esos momentos. No es un libro sobre mi mamá, pero acompaña ese proceso. Por suerte pudo estar en el parto y, aunque ya estaba deteriorada, lo vivió. También era especial porque, si bien ya era abuela por mis hermanos, conmigo vio por primera vez una ecografía. Fue muy importante que me acompañara en la maternidad.

—¿La pudo conocer a Ema?

—Sí, dos meses estuvieron juntas y Ema la tiene muy presente. También por lo que uno habla. La abuela Beba es para ella.

—No llegó a ver el libro, pero qué orgullo sentiría, ¿no?

—No, pero en la presentación dije que escribí un libro que a mi mamá le hubiese gustado leer. Era muy lectora y tenía el hábito de anotar frases muy bonitas que leía y después nos las escribía a nosotros. Y yo ahora hago eso también.

—¿La sentís a tu mamá?

—Sí, todo el tiempo. En recuerdos, en lugares, en canciones. Se hace sentir, siempre está ahí.

—Contaste cómo te acompañó en tu embarazo, que vio las ecografías...

—Sí, no todas, lamentablemente, pero al menos las dos primeras. Después ya su estado físico no se lo permitió.

—¿Te acompañó en todo el proceso de ser mamá?

—Siempre. Estuvo en todo, incluso cuando decidí congelar óvulos.

—¿Cómo fue esa decisión?

—Después de perder un embarazo, a los 37 decidí hacerlo. Necesitaba sanar algunas cosillas, no estaba en pareja y quería tener esa posibilidad. Mi ginecóloga me dijo que era como un seguro del auto: no pensás que vas a chocar, lo tenés como resguardo, por si lo necesitás. Fue muy inteligente su respuesta.

—¿Lo volviste a hacer después?

—Sí, a los 40. Pero no usé ninguno. Después conocí a Fran, que éramos amigos, y decidimos intentarlo juntos. Y en el transcurso de los dos años que estuvimos de novios yo no quedaba y me hice los estudios de trombofilia.

—¿Cuándo apareció el diagnóstico de trombofilia?

—Después de cambiar de obstetra. Me hice un estudio que nunca me habían pedido y ahí salió. Con tratamiento, Ema llegó en el quinto intento.

—¿Quedan óvulos todavía?

—Quedan dos.

—Todavía está el seguro del auto ahí guardado...

—Fui madre a los 44 y hoy, con 50, siento que necesito darle calidad de madre a Ema. Más allá de que los 50 no son los de antes y que me autopercibo de 35 (risas).

Eugenia Tobal, su pareja y su hija posan sonrientes frente al Castillo de Cenicienta en Walt Disney World, con un cielo azul claro de fondo
"Me imagino siempre cómo hubiesen sido ellas entre ellas", reflexiona Eugenia Tobal sobre la muerte de su mamá.

—No son los 50 que nosotras vimos de chicas.

—Ni loca. Cuando cumplí los 50 dije: “wow, qué bueno que está esto”. Me sentaron súper bien, se acomodaron las prioridades y trabajo muchísimo para tener la cabeza mucho más en paz.

—¿Siempre supiste que ibas a ser mamá?

—Sí, pero yo no era Susanita. Postergué mi maternidad hasta los 36 cuando me sucedió y podría haber sido antes. Y, sin embargo, viajé, estudié, trabajé, hice todo lo que necesitaba hacer hasta que, bueno, surgió el momento. Sí sabía que iba a ser mamá.

—No estaba esa posición, que es recontra válida, de “che, me parece que no quiero”.

—No. La idea de la maternidad yo la tenía muy clara con la madre que tenía. Entonces, al tener una mamá tan presente, tan compañera, tan copada como la mía, sabía que iba a estar buenísima.

—Ahora, esa pérdida del embarazo debe haber generado ciertas incertidumbres, ciertos temores.

—Lo que pasa es que, cuando te ocurre a una edad en la que empezás a sentir el quiebre del reloj biológico, aparece un nivel de desesperación distinto. Por eso también en el libro hablo de la criocongelación, porque está bueno que quienes tienen la posibilidad se animen. Está bien postergar la maternidad si así lo desean. La mujer puede elegir cualquier camino en su vida con respecto a este tema: ser madre, no serlo, postergarlo, hacerlo más joven o más grande. Obviamente, también hay un límite ligado a la salud. En mi caso, a los 44 ya era una mamá de riesgo, aun estando completamente sana. Más allá de la trombofilia, me pinché la panza literalmente hasta el último día de embarazo, como muchas mujeres que atravesaron ese proceso. Pero hoy es valioso poder decidir cuándo, cómo y si uno quiere ser madre.

—Me interesa hablar de esto porque hay una seguridad que nos da la la ciencia: esto lo puedo posponer y que haya congelado óvulos tampoco quiere decir que voy a querer tener hijos el día de mañana.

—No, obvio. Y también es cierto que, si uno entiende cómo funciona el cuerpo de la mujer, sabemos que tenemos una cantidad de óvulos limitada. Y también pasa que hay chicas que han querido y, a lo mejor, no tienen la cantidad necesaria. Yo lo recomiendo porque lo hice, a mí me dio resultado y pude gracias a eso.

—En ese momento que apareció el deseo, la fantasía de ser mamá sola, ¿lo llegaste a hablar con tu mamá?

—Sí, claro. Y me dijo: “no vas a estar sola, no estás sola”. Estábamos la familia, mis hermanos, mis cuñadas, mis amigos. Mirá lo que es la vida, ¿no? Que de golpe uno planea o imagina su vida de una forma y después te sacude y te dice que no. Pero creo que también eso es parte del aprendizaje y de la sabiduría que uno va adquiriendo con los años: entender que no podemos manejar todo y que tampoco tenemos la certeza de cómo va a ser todo solo porque lo decidimos. La vida tiene esas sorpresas y esas adversidades que hay que atravesar.

—¿Y esta mamá que sos hoy se parece a la que vos fantaseabas?

—No fantaseaba cómo iba a ser como mamá, sí sabía que iba a ser madre. Tal vez me imaginaba un poco más hincha con algunas cosas y, sin embargo, no lo soy. Haber vivido con mis hermanos el tiazgo te hace media experta en algunas cosas, y en el libro lo cuento también. Romeo me enseñó muchísimo a ser mamá. Es mi perro y, aunque parezca una estupidez, es real que cuando uno tiene al cuidado de uno una vida también es parte del proceso de aprendizaje.

—¿Y los miedos?

—Los miedos se potencian muchísimo. Pero hay que aprender a manejarlos para que no se le transmitan a la criatura. Eso también es parte de cómo trato de educar a Ema, para que tenga un apego seguro. Es muy pegada a nosotros, sobre todo a mí. Tiene algo muy particular que siento que viene de todo lo que vivimos: el embarazo, lo que pasó con mi mamá. Yo creo mucho en esas conexiones. Siento que todo eso está en su ADN y que el vínculo que tenemos es… Voy a llorar, la puta madre. Es parte también de este trío que hemos formado con mamá.

—¿La ves a tu mamá en ella?

—Sí, se parece mucho físicamente también.

—Wow.

—Sí. Me imagino siempre cómo hubiesen sido ellas entre ellas, viste. Que es la parte que más me duele, que no hayan podido disfrutarse. Pero, bueno, es parte de la vida. Tengo una suegra re copada.

Personajes - Eugenia Tobal
Eugenia Tobal con Tatiana Schapiro en Infobae (Adrian Escandar)

—Hija de 6 años. Momento de primaria.

—Mucho cambio, el chat de mamis, algo que no siempre estuvo.

—¿Lo pusiste vos el nombre para la obra?

—No, es una idea de Corbo, el productor. La tiene hace mucho tiempo, le rondaba en la cabeza y decía: “esto es una obra, esto es una obra”. Y no se equivocó.

—¿Quién sos en esta obra?

—Becky.

—¿Cómo es Becky mamá?

—Becky es todo lo contrario a Eugenia. Es una new rich, una mamá “rosa”, digamos. Los personajes también se definen por colores en la obra, que tiene una puesta muy linda del director. Becky es esa mamá que tiene mucho tiempo, pero no necesariamente una vida plena. De alguna manera, tiene una intimidad bastante vacía y vuelca todo eso en su hija, India. La obra habla, en el fondo, de lo que somos como padres y de cómo los hijos reflejan eso que somos. En el chat de papis y mamis se empieza a ver quién es quién.

—Hay todo tipo de madres.

—Sí, y en realidad todas somos un poco de todo. La obra también muestra eso: cómo cada una tiene algo de las otras. Hay un papá también, es una obra para padres en general. Incluso quien no tiene hijos o no está en un chat se siente interpelado, porque habla de vínculos.

—Para adultos, para chicos no.

—Ema la vio y se mató de risa. La semana pasada vino mi sobrina de 16 con amigas y salieron felices.

—Me encantó. Además, necesitamos reírnos.

—Es una gran comedia, con mucha identificación. Está buenísima. Estamos en el Multitabaris.

—Te vi hacer de todo, Euge: actuando, dirigiendo, escribiendo, conduciendo. ¿Con qué rol te llevás mejor?

—Produje también. Yo creo que somos un todo. Para mí, sería perder la oportunidad que nos da la vida no probar, no explorar. Tal vez no soy buena en todo, pero lo intento.

—O tal vez no la pasás bien en todo.

—Puede ser, pero lo intento igual. Soy curiosa. Hago cosas, pruebo. Le coso disfraces a Ema, por ejemplo.

—Te vi en un reality de cocina, ¿te podríamos ver en uno de música?

—Me encantaría ser jurado. Me emociona mucho. Soy muy fan de La Voz, sobre todo de las versiones de afuera porque me gusta ver otro tipo de personajes.

—¿El talento o la historia detrás?

—La historia. Me emociona mucho pensar en los padres, en el orgullo que sienten. Estoy re grande ya (risas).

—Sos de Luzuriaga, mamá maestra, ¿qué queda de esa nena?

—Todo. El barrio, todo. Quiero decir que fui de Luzuriaga antes que Nico Occhiato (risas),

—Bueno, tenés tu propio podcast. Ahí en algún momento hablaste de menopausia.

—Sí. Es un tema del que hay que hablar. Ahora, viste, que está cada vez más abierto: nuestro podcast con Nana, hay un unipersonal del tema, otros espacios donde se está hablando.

—Hablar de menopausia también es aceptar el paso del tiempo.

—Sí, y hay que hacerse cargo de que el cuerpo cambia y aceptarlo. Hay mujeres a las que les pega mal. A mí me está yendo bastante bien porque me ocupé: fui al médico, me suplementando, trato de acompañar el proceso hormonal, también porque hay un ser humano en casa que me tiene que aguantar con todo lo que viene, los humores, la falta de deseo, etc.

—Cuántas veces dijiste “bueno, es la menopausia”, no sé, ni idea.

—De hace un tiempo a esta parte, siempre (risas).

—¿Usás la carta “es la menopausia” en discusiones?

—Todo el tiempo (risas). Le paso links a mi pareja para que entienda que no me pasa solo a mí.

—Por eso festejo que hablemos. ¿Recordás a tu mamá en esa etapa?

—Sí, los sofocos, los calores. Me acuerdo mucho de eso. Lamentablemente no se lo puedo preguntar, pero tal vez había otras cosas que yo no tenía idea que le estaban pasando a mi mamá y era eso.

—Claro, tal vez tu mamá nunca te habló del deseo.

—No. Ni de la locura que tal vez le agarraba.

—Ni de la niebla mental.

—Sí, estoy ahí (risas). Voy de un ambiente a otro y me olvido a qué fui y te estoy hablando de un trayecto del baño a la cocina, ponele. Igual cuando me pasa digo: “Ay, menos mal que lo estoy tomando con humor”. Y acordarse de que también existe la andropausia (risas). No somos solas.

—No vengan a hacerse los jóvenes.

—Claro, porque también hay que estar preparados.

—Euge si te parece juguemos un poquito, te quiero conocer más, ¿qué olor te lleva a tu infancia?

—El jazmín. En la tapa del libro está emulado, tiene un olor que a mi mamá le gustaba mucho. Aparte es un olor penetrante.

—¿Qué cosa te prohibieron de chica e igual hiciste?

—En casa nos repetían mucho, sobre todo mi papá, pero también mi mamá: “no quemen etapas”. Hoy, de grande, digo qué sabios que fueron. Qué bien que estuvo.

—Pero en el momento uno piensa otra cosa…

—Claro, cuando sos más joven… Igual, nosotros tres fuimos bastante tranquilos. Pero, qué sé yo, a mi papá no le gustaba que usara minifaldas o cierta ropa, y alguna vez…

—La adolescencia puede ser complicada.

—Sí, pero también era otra época y nuestros padres eran otros padres. Yo agradezco haber crecido con esos valores: normas, límites, principios. No soy la mamá “amiga” que le permite todo. Si hay algo que marcar, lo marco. Siempre con amor y respeto, pero los límites tienen que estar. No es gritar ni levantar la mano, es acompañar y poner un marco. Creo que hoy estamos bastante lejos de lo que éramos nosotros a esa edad. Yo ni loca me escapaba de casa para cambiarme. No existía. Una vez creo que dije una mala palabra, no sé si lo puteé a mi abuelo, no me acuerdo, la cagada a pedos que me hicieron no me la olvido más.

—¿Sexo a la mañana o a la noche?

—¿Sexo? Igual menopausia. No.

—Mantengamos la imagen, te lo pido por favor.

—Con hijos, en el momento que se puede.

—Agradecé.

—Claro, con hijos, donde haya el hueco.

—Viene tu yo del futuro. ¿Qué le preguntás?

—Qué linda pregunta. Pero lo siento tan incierto… Estoy muy enfocada en vivir el presente, me cuesta proyectarme y también trato de no quedarme en el pasado. Tal vez le preguntaría: “¿lo que viene es lindo?”.

—¿Estás feliz hoy?

—Sí, estoy feliz. Estoy tranquila. Encontré la paz conmigo. Tengo una hija que me hace ser mejor persona todos los días. Amo ser su mamá. Me llena de orgullo y siento que estoy siendo una mejor versión de mí cada día.

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