
Ben Affleck era una estrella de cine cuando decidió comenzar a dirigir. No son pocos los actores que se atreven a esto y a muchos les ha ido muy bien, llegando incluso a convertirse en verdaderos referentes de la historia del cine, como es el caso de Clint Eastwood. Aunque su debut como director en Desapareció una noche (Gone Baby Gone, 2007) fue sorprendente, el hecho de que Affleck tuviera, junto a su amigo Matt Damon, un Oscar a mejor guión en su haber por Good Will Hunting (1997) era una pista de que sus intereses iban más allá de la actuación. Luego de altibajos en su carrera y un momento de crisis que parecía irreversible, fue con esta película que ahora está disponible en Netflix que Ben renació desde las cenizas y se ganó un enorme lugar de respeto en el mundo del cine.
La historia de Desapareció una noche parece sencilla y hasta obvia. Cómo el título lo anuncia, el paradero de una niña es incierto. Su madre, una adicta a las drogas, es un personaje poco confiable, pero sus tíos, moralistas y responsables, preocupados por el destino de su sobrina, deciden buscar más ayuda que la que parece brindar la policía en el caso. Para eso contactan a Patrick Kenzie (Casey Affleck), quien junto a su pareja Angie Gennaro (Michelle Monaghan), se dedica a encontrar morosos que intentan fugarse. Así, ellos comenzarán —por pertenecer al mismo barrio y por poder llegar a quienes no confían en la policía— una investigación que ayudará a la pesquisa oficial, pero por otros rumbos. En un principio reciben la ayuda de dos policías de civil, luego les dará una mano extraoficial el agente a cargo (Morgan Freeman), un policía estrella que hasta ese momento se había lucido por resolver una gran cantidad de casos con características similares. Cada minuto cuenta y las esperanzas de encontrar viva a la niña desaparecida se desvanecen, al tiempo que se sospecha el peor de los finales.

Pero Desapareció una noche no sólo es un excelente policial, es más que eso. A medida que la historia policial avanza se vuelve menos importante como tal, y comienza a desplegarse la mirada atenta de un director que sabe lo que realmente quiere contar. Junto con el protagonista vamos descubriendo otras cosas acerca del lugar, la gente que vive y convive con él e incluso el propio personaje empieza a conocerse a sí mismo cuando los dilemas morales y las decisiones límites lo exponen a todo lo que es y todo lo que puede ser. Patrick aprende las contradicciones de cada decisión, verdaderos conflictos, y en ese proceso de aprendizaje el espectador logra, mediante un clasicismo absoluto aportado por Ben Affleck como realizador, explorar al mismo tiempo el universo moral que debe atravesar el personaje central.
Los actores, en especial Casey Affleck, son la clase de equipo ideal que reúne un actor cuando se convierte en director. Ben Affleck tiene la suerte extra de que Casey es su hermano, pero todos los que integran el casting se lucen. Michelle Monaghan, Morgan Freeman, Amy Madigan, Ed Harris y Amy Ryan son todo lo que un director sueña para su primer largometraje. De todos los que formaron este seleccionado, la más reconocida fue Amy Ryan, quien por su rol de madre drogadicta logró una nominación al Oscar a mejor actriz de reparto. Ben Affleck fue también reconocido en diferentes festivales y en las votaciones de fin de año se lo consideró uno de los mejores directores debutantes del 2007. Seis años más tarde un filme suyo, Argo, terminaría por llevarse el Oscar a mejor película del año.

Aunque la película estaba basada en la novela de Dennis Lehane, cuando el filme salió a la luz hubo un caso de la vida real, la desaparición de la niña Madeleine McCann, que fue asociado al film. Esto generó comentarios que hoy no tienen la más mínima importancia, pero que sí impactaron en el 2007. Incluso en Gran Bretaña la película postergó su estreno en salas de cine debido a que allí el caso estaba mucho más presente en los medios.
Desapareció una noche puede ser considerada, sin duda alguna, como una obra maestra. Una reflexión cinematográfica acerca de lo que está bien, lo que está mal, lo que corresponde, lo que es justo, lo que es legal, todo parece entrar en debate en esta película, pero sin estridencias ni largos monólogos, sino simplemente con inteligencia. Potente desde lo emocional y sobria desde lo visual, es una historia que conmueve hasta las lágrimas en cada momento. Más aún cuando no sólo habla de las cosas que decidimos, sino también de las responsabilidades que estas decisiones nos crean a partir de ese momento, y del silencioso y noble heroísmo cotidiano de asumir esas responsabilidades. No hay tantas películas tan buenas como esta dando vueltas por ahí. Verla nuevamente o por primera vez es un placer que todo buen espectador de cine se merece.
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