
No lo cantaron una sino cientos de veces: “Tiene miedo, la casta tiene miedo...”. Fue el jingle popular de la campaña libertaria propalado por Javier Milei que sedujo a millones de votantes, con el cual el presidente electo capitalizó el hartazgo de un sector mayoritario de la sociedad con el sistema político tradicional, a tal punto que este domingo asume la Presidencia.
Milei no mintió. Tal vez exageró en algunas de las consignas de campaña. Por ejemplo, con el promocionado cierre del Banco Central, una medida que su flamante titular Santiago Bausili rechazó en las últimas horas: aseguró que, en realidad, se trataba de algo “simbólico”. Pero el presidente entrante prometió una rebaja del gasto y un brutal ajuste del déficit en torno al 5% del PBI que intentará confirmar en sus primeras semanas de gestión con el paquete de reformas que buscará implementar, en buena medida, a través del Congreso. Deberá, para eso, negociar de manera permanente con “la casta”. El tema sobrevoló el extenso desayuno que mantuvo el pasado domingo con Sergio Massa para analizar la herencia en materia económica.
En el equipo de Milei están convencidos de que la sociedad es consciente de la gravedad de la crisis. Y que buena parte del 55% del electorado que lo apoyó en el balotaje avalará el plan motosierra. Se sienten fuertemente autorizados a avanzar con las reformas. Es una incógnita, de todos modos, hasta qué punto la sociedad soportará el ajuste que tendrá un impacto inmediato en las tarifas de los servicios públicos, del transporte, de la nafta y las prepagas, y en el precio de los alimentos. Es decir, en la vida cotidiana. “Hay que ponerse el casco”, dejó trascender Luis “Toto” Caputo, el designado ministro de Economía.

El principal enigma a partir de hoy, sin embargo, tiene nombre y apellido: Javier Milei. Es incierto cómo será el ejercicio de su liderazgo y el nivel de frustración que está dispuesto a tolerar si, por ejemplo, el Parlamento no aprueba su plan de gobierno, o si, por el contrario, es la sociedad la que rechaza su programa económico. En ese plano emocional, su hermana Karina, resaltan en su entorno, es una persona clave.
Milei sabe que en los primeros meses de gobierno solo será portador de malas noticias. En particular, en el rubro económico. Dicen que es una de las razones -solo una- por la que invitó a Patricia Bullrich a que se hiciera cargo del Ministerio de Seguridad. Para que arrastre la marca, y se ocupe de la conflictividad callejera. Es un desafío doble para el PRO en la Ciudad, el epicentro de las protestas.
Hasta ahora, el presidente entrante exhibió una alta dosis de pragmatismo.
Habilitó a Guillermo Francos a que explorara una suerte de acuerdo de gobernabilidad con gobernadores e intendentes del PJ, e incorporó a su gabinete a dirigentes vinculados al peronismo del interior, en particular a Juan Schiaretti. Coqueteó con Florencio Randazzo, que sonó como eventual presidente de la Cámara de Diputados. Y resistió al insistente pedido de Mauricio Macri, que trató de convencerlo de que Cristian Ritondo era la mejor opción para apuntalar la “gobernabilidad” desde el Congreso. Al final, se inclinó por Martín Menem. Un legislador del riñón de LLA, como propuso Cristina Kirchner.

Por el momento, Milei envió una serie de señales tendientes a mostrar que su proyecto no pretende, al menos en su inicio, ser hostil con el kirchnerismo. El rechazo a María Eugenia Talerico en Migraciones, realizado por el propio presidente entrante en la mañana del domingo pasado, es un botón de muestra. También el llamado a Juan Grabois, ventilado por el dirigente social después del repudiable escrache que sufrió en un bar de Palermo mientras tomaba café con su padre.
¿Mantendrá esa misma postura una vez que asuma hoy la Presidencia?
Milei no es un anti-sistema clásico. Tampoco un anti-peronista rabioso. Supo ser creativo en un proceso de degradación de parte de la dirigencia política, pero se relacionó con parte de esa dirigencia, que le aportó financiamiento y estructura. Combatió en el discurso público pero se vinculó en privado. De hecho, está dispuesto a negociar con “la casta”. Un número considerable -la mayoría- de los funcionarios que lo acompañarán en la gestión provienen del sistema, a pesar de que se guardó para su riñón a buena parte de la primera línea del gabinete. Así se lo había anticipado a Macri, después de sellar el Pacto de Acassuso en la casa del ex presidente. No quería que su administración sea encasillada como el “segundo tiempo” macrista.
El vínculo con el PRO, y la administración de la relación con Macri, es otro de los enigmas en torno a Milei. También la inquietud que circula entre sus filas acerca de por qué se resintió el nexo con dirigentes fundacionales como Ramiro Marra o Carlos Kikuchi. También con Victoria Villarruel: esa relación entre el presidente y la vice entrantes también es un acertijo. Las versiones apuntan a Karina Milei que integra, junto al estratega Santiago Caputo, la mesa chica del líder libertario.
La modalidad en la toma de decisiones es, en ese contexto, otro aspecto enigmático del nuevo gobierno.
El pragmatismo desplegado hasta ahora abarca particularmente al rubro social. Pablo de la Torre, hermano del ex intendente de San Miguel y ex ministro bonaerense, estará a cargo de la vinculación con los movimientos sociales, y de la administración de los planes, al menos en la primera etapa de gobierno. Bajo el paraguas de Sandra Pettovello, de Capital Humano. Será, en principio, una de las pocas áreas que sorteará el filo de la motosierra. En las últimas horas, además, se confirmó que Salud continuará como ministerio. En paralelo, Milei envía emisarios a conversar con el sindicalismo.
Si el presidente entrante mantiene o no esa amplitud de negociaciones es otro de los interrogantes a develarse próximamente. Estará atado al éxito o al fracaso de su ambicioso paquete de reformas.
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