
Cuatro semanas. Ese es el trecho que resta hasta la fecha para anotar las listas de candidatos y es también el límite con que juega Cristina Fernández de Kirchner. La incertidumbre alcanza por ahora para que el frente interno siga girando a su alrededor. Y la ex presidente le agregó dos elementos condicionantes con su vuelta a la Plaza de Mayo: un discurso cerrado definitivamente como eje de campaña -se supone, que para asegurar el declarado “tercio” propio de votantes- y la exposición de una estructura o aparato aceitado, vital para encarar una campaña nacional extensa y también costosa.
CFK fue cuidadosa en el significado de la movida, desde el armado de la platea hasta la puesta en escena. En cambio, el discurso careció de sorpresa. Tal vez, entre sus filas, porque siempre está latente la idea de que finalmente pueda competir. Sería precisamente no para conquistar adhesiones amplias sino para mantener el “núcleo duro”, traducido ahora por ella misma como “tercio” de votantes necesarios para mantener la expectativa de lograr y ser parte de una definición en balotaje. Esta vez, no hubo respuestas a las consignas “Cristina Presidenta” o “Una más y no jodemos más”.
La exclusión de Alberto Fernández en la lista de invitados y el montaje de espaldas a la Casa Rosada ya indicaban la decisión de clausurar esa etapa de fórmula de poder invertido e imagen de amplitud por encima del kirchnerismo puro. Doble mensaje: perfil para una campaña dura y, a la vez, expresión descarnada del intento de despegar de las responsabilidades por los resultados de la gestión y la crisis. El mismo intento se reflejó hacia el pasado, con críticas fuertes a las privatizaciones de la era menemista.
El discurso transitó por la reivindicación de los gobiernos propios, considerados sólo como tales la etapa de Néstor Kirchner -eje del acto del 25 de Mayo- y sus dos presidencias. Pero en términos de marcas efectivas de campaña, las señales más fuertes fueron dos y completan hacia adelante la cerrazón del discurso de campaña: ofensiva sostenida sobre la Justicia -con una impresionante descalificación de la Corte Suprema- y el reclamo de un giro en las negociaciones con el FMI.
CFK tuvo cierto desacople respecto de su última carta pública, más pulida y precisa que su discurso en la Plaza. La admisión del desgaste producido por la actual etapa de gobierno fue expresada sin vueltas en aquel texto: el objetivo pasó a afirmarse en un treinta por ciento o algún punto más de votos y apostar a Javier Milei como contraparte, colocando a Juntos por el Cambio en segundo escalón, para alimentar un final de balotaje.

En el acto del jueves, la ex presidente privilegió o se dejó llevar por sus sentimientos y no por el dibujo táctico trazado en su escritorio. Cuestionó implícitamente al jefe “libertario”, por lo que expresaría y suma en materia económica, pero volvió a la carga sobre Mauricio Macri, dejó unas líneas dirigidas a Gerardo Morales, arrastre de ácidos cruces en la etapa compartida como senadores, y agregó otro dardo a Martín Lousteau.
Hacia el interior del Frente de Todos, la idea de los “tercios” conlleva un cálculo evidente. Esa porción del electorado sería su propia base. En definitiva, una manera de decir que la elección depende del kirchnerismo, no ya como núcleo de una construcción mayor sino, ahora, casi como el todo de la sociedad oficialista. Un aviso más acerca del lugar central que aspira a conservar, en escala nacional y con la provincia de Buenos Aires como capital privilegiado y a defender por encima de cualquier objetivo.
En esa visión, el discurso va de la mano con la necesidad de cerrar filas. Sería su capital y no debería entrar en discusión. En conjunto, asoman como el nuevo condicionamiento de origen para el candidato. Lo pinta la imagen que construyó la ex presidente en el escenario de Plaza de Mayo: en el centro y flanqueada de manera destacada por Axel Kicillof, Máximo Kirchner, Sergio Massa y Eduardo “Wado” de Pedro. Los tres que corren en las hipótesis de la candidatura presidencial -el gobernador bonaerense, sin voluntad pero alineado- entienden el mensaje de esa proximidad: el poder decisión.
Los movimientos de cada uno de ellos -no sólo los afiches y tuits del ministro del Interior- ilustran el momento. La “Plaza”, es decir, la organización, los invitados y la movilización completan el cuadro. Pocos pueden ofrecer esa estructura para organizar y costear una campaña nacional.
Por supuesto, no todo es organización vertical. También, asoman decisiones pragmáticas. Por lo pronto, además de la tropa propia, CFK anota respaldo abierto de la mayoría de los intendentes peronistas del GBA, apoyo parcial de movimientos sociales y sindicatos, y puentes con los gobernadores. Los jefes provinciales privilegian sus propias necesidades y, en la liga mayor, negocian más las bancas en el Congreso que la fórmula nacional.
En ese esquema, se verá centralmente la composición de la fórmula y la oferta para Buenos Aires. Si no hay fisura, el entramado debería dejar con escaso margen a los planes de Daniel Scioli o Agustín Rossi. Es lo que refleja de manera distorsionada la pulseada en torno de la realización de las PASO.
De todas formas, el dato central sigue siendo la economía. Los anticipos de comicios provinciales mueven el clima político: en junio, se anotan Tucumán, San Luis y Córdoba, además de las primarias en Mendoza. Pero en el día a día, el foco se mueve al dólar y, a mediados de mes, al índice de inflación que difunde el INDEC. La expectativa por la negociación con el FMI completa el cuadro. También en ese punto se juega al límite del cronograma electoral.
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