
“Alberto tiene que decidir qué hacer. Esta situación híbrida no tiene futuro. Hay dos opciones. O logra un acuerdo con Cristina o rompe con ella. No hay tres posibilidades. Hay dos”. La sentencia pertenece a uno de los intendentes peronistas más importantes e influyentes del conurbano bonaerense.
Su percepción, su mirada sobre la realidad, tiene múltiples réplicas en el heterogéneo mundo del peronismo. La decepción que atraviesa al Frente de Todos desde hace tiempo, no cambio demasiado después de que se conociera que Alberto Fernández y Cristina Kirchner se reencontraron en la Quinta de Olivos tras cuatro meses de silencio.
La relación política entre los dos está quebrada y recomponerla parece ser una utopía. Sobre todo porque son pocos los puntos de acuerdo respecto al rumbo del Gobierno. La tregua del domingo, en el que hablaron cerca de una hora por teléfono, solo sirvió para poder coordinar un ministro de economía que reemplace a Martín Guzmán.

Fernández tenía en claro que no podía avanzar por su cuenta con un nuevo nombre y sin el consenso de la Vicepresidenta. Se resistió a llamarla, pero terminó accediendo en el final de una jornada plagada de rumores y reuniones sobre el futuro del gabinete. Finalmente, acordaron que sea Silvina Batakis la nueva ministra. Hasta ahí llegó el acuerdo.
La Vicepresidenta sigue considerando, como ya ha expresado en público, que el gasto público debe aumentar, aunque eso implique no cumplir con los parámetros que tiene el acuerdo que el gobierno nacional firmó con el FMI. El jefe de Estado, en tanto, entiende que hay que respetar la negociación que se hizo con el Fondo. Cumplir. Tal como sostenía Martín Guzmán.
Otro de los temas sensibles fue el futuro de los movimientos sociales en el Gobierno. El control y la administración de los planes sociales que salen del ministerio de Desarrollo Social y que están bajo la órbita del líder del Movimiento Evita, Emilio Pérsico. Fernández no cedió ante la presión. Quiere que las cosas sigan como están.
Los apuntados por el kirchnerismo son los tres dirigentes sociales que ocupan cargos en la estructura del Estado: el Secretario de Relaciones Parlamentarias de la Jefatura de Gabinete, Fernando “Chino” Navarro (Evita); el Secretario de Economía Social del ministerio de Desarrollo Social, Emilio Pérsico (Evita); y el Subsecretario de Políticas de Integración y Formación de la misma cartera, Daniel Menéndez (Barrios de Pie).

Fernández no tiene en sus planes correr a ninguno de ellos. En definitiva, son la única base de poder que tiene el Presidente después de las sucesivas crisis de la interna peronista, el desgaste de la gestión y su decisión de no construir un nuevo esquema político que lo tenga como absoluto líder.
Hasta el sábado pasado, cuando se quedó sin ministro de Economía, la figura de Martín Guzmán era central en la columna de poder presidencial. El propio Fernández lo convirtió en un rol estratégico y determinante cada vez que lo respaldó frente a los continuos cuestionamientos del kirchnnerismo, y los murmullos sobre su futuro que se empezaron a generar en el massismo y el albertismo.
La salida de Guzmán le pegó directo en la base de flotación, lo que lo obligó a dedicarse todo el domingo a tratar de domar la crisis que se avecinaba. Ni el nombre acordado de Batakis, ni la cena de ayer en Olivos generaron una señal fuerte de credibilidad. Ni en el peronismo, ni en los mercados.
El Presidente dejó de tener una tropa política propia. Nunca la tuvo del todo conformada, pero meses atrás estaba claro que había una mesa política que integraban, además de su siempre hombre de confianza, Santiago Cafiero, los ministros Juan Zabaleta, Gabriel Katopodis y Jorge Ferraresi.

Esa mesa no existe más. Su relación con los ministros es buena. Se siguen hablando con frecuencia. Sobre todo con “Kato” y “Juanchi”, pero ninguno de los dos estuvo el domingo, en una jornada de mucha tensión y determinante para el futuro del Gobierno. Gestos que hablan por si solos.
Fernández estuvo rodeado de su círculo de confianza desde hace años. Amigos que hoy están en la función pública y que siempre han sido leales. El secretario de la Presidencia, Julio Vitobello; el secretario de Asuntos Estratégicos, Gustavo Beliz; la secretaria Legal y Técnica, Vilma Ibarra; el jefe de Asesores, Juan Manuel Olmos; el legislador porteño Claudio Ferreño. A ese grupo se sumó la Portavoz, Gabriela Cerruti.
El Presidente no tiene alineados a los gobernadores ni a la CGT, aunque ambas partes siempre dieron señales de sostenerlo, desde el plano institucional, al frente del Gobierno. Evitaron jugar la mayoría de los partidos de la interna que atraviesa al Frente de Todos. No se quieren desgastar.
“Los mercados y la sociedad vería bien una conciliación. Pese a lo que piensen los distintos sectores políticos. Generaría que la idea es que empujan todos para el mismo lado. Sería un buen mensaje”, advirtió un importante senador del interior. El problema es que el mensaje de la reconciliación está vacío de contenido. La reunión en su misma es un hecho político trascendente, pero no determinante.
En todo el peronismo crece, cada vez más, la presión para que Alberto y Cristina dejen de lado las diferencias que tienen sobre la gestión. Entienden que el espacio político necesita la unidad de criterios ante de las elecciones. Es la única forma de no sucumbir ante la oposición. Los únicos que pueden cambiar ese destino son el Presidente y la Vicepresidenta. Solo depende de ellos.
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