
Referentes y técnicos del oficialismo dedicaron muchas horas a realizar una tomografía de la derrota electoral. Es llamativo, porque después de todo ese análisis -en el caso bonaerense, por distritos y hasta por mesas- establecieron dos presupuestos sencillos. El primero reduce las causas a la economía. El segundo sostiene que la caída se debió a que muchos votantes propios pero enojados con el Gobierno decidieron no votar. El objetivo sería entonces recuperar esa supuesta franja y no competir con la oposición, porque se descartan pasajes hacia otras fuerzas. Eso genera una fuerte contradicción en la respuesta, con sucesión de medidas como si eso mismo fuera una señal. Y con el Presidente desdibujado frente a una ofensiva kirchnerista sólo en suspenso.
Ese segundo plano que ocuparía ahora Alberto Fernández es presentado como una estrategia que lo reservaría para algunos actos o actividades de “cercanía” con la gente, con el fin de evitar el desgaste de la sobrexposición. Parece una manera de reducir el problema: el Presidente quedaría de hecho como principal, casi único causante de la caída electoral. Y su bajo o ausente perfil en la sucesión de anuncios no expresaría una forma de cuidarlo, sino una movida para tratar de mejorar la imagen de gestión.
Eso explica además la insistencia en mostrar “hiperactividad” del nuevo jefe de Gabinete como un elemento de campaña. La diferencia entre Juan Manzur y Santiago Cafiero no estaría dada por las horas en la Casa Rosada y en actos oficiales, sino por el mensaje del juego propio que se asigna al jefe de ministros. Eso, también como ejemplo del espacio ocupado por los jefes territoriales peronistas.

La intención de darle protagonismo a los gobernadores asoma como un giro del sentido nacional de la elección, antes de la mano del discurso destinado a polarizar y hasta a plebiscitar. El ejemplo más notorio está a la vista con la flexibilización del cepo a las exportaciones de carne. Apenas designado y aún antes de asumir formalmente, Julián Domínguez asumió ese trabajo, como un capítulo político también de cuidado interno.
El Gobierno consideró dos cuestiones al mismo tiempo: ofrecer al menos una respuesta parcial a los productores y darle una mano a gobernadores que venían de sufrir fuertes derrotas en sus distritos y apenas disimulaban su malestar doméstico. Así fue. La semana pasada, el santafesino Omar Perotti, el entrerriano Gustavo Bordet y el pampeano Sergio Ziliotto hicieron público el reclamo al nuevo ministro. Ayer, fueron parte del anuncio, al que fue sumado Axel Kicillof. Por supuesto, estuvo Manzur junto al ministro del área.
Todo lo que viene haciendo el Gobierno fue planteado bajo la premisa -difundida de ese modo por voceros del oficialismo- de poner “plata en los bolsillos”. Daniel Gollán le agregó un giro más descalificante: “platita”. Pero además de cualquier otra consideración política o ética, la idea pone de relieve una mirada muy acotada por partida doble: considera apenas una parte del problema económico y desconsidera otros factores -la foto del festejo en Olivos, por caso-, algo que a la vez puede resultar contraproducente en términos electorales.
Nadie con sentido común negaría el peso de la economía en cualquier proceso electoral. Pero no se trata de señales de apuro sino de lo que expone como línea, como horizonte aún ante la gravedad del momento. Frente a la magnitud de la crisis, agravada por el manejo de las restricciones frente al coronavirus, el Gobierno difundía cifras parciales y acotadas -con subibaja en muchos casos- como muestras de mejora. Y después de la derrota, anuncia medidas que van del salario mínimo a Ganancias, con promesa de bono a jubilados y alguna reedición restringida del IFE, entre otros puntos. Nada que aporte a delinear un panorama más largo y esperanzador en el mediano plazo. Noviembre resume todo.
Otra imagen sobre el nuevo estado de situación fue dada por los encuentros realizados también ayer en la Casa Rosada, para delinear la campaña en la provincia de Buenos Aires. Estuvieron tres miembros del Ejecutivo: Manzur, Eduardo “Wado” de Pedro y Aníbal Fernández. Se reunieron con Máximo Kirchner, Sergio Massa, Axel Kicillof y Martín Insaurralde.
La suma de los elementos referidos es expresión de una lectura sino mala la menos inquietante. Todo lo que se está haciendo en materia económica se hace con una imagen presidencial corrida del foco y con Martín Guzmán en zona de cuestionamiento, al punto de que el Presupuesto fue puesto en la mira por Máximo Kirchner y el kirchnerismo duro, de manera pública, como otro indicio de campaña.
La conclusión sobre la pérdida de votos no considera siquiera en parte el efecto de la pérdida del capital de 2019 que podría significar la sectarización de la gestión, sobre todo después del primer tramo de la cuarentena y al ritmo de los avances de CFK. Se fue diluyendo, en muchos casos por la propia decisión de Olivos, el aporte que suponía Alberto Fernández al núcleo electoral de la es presidente. Es difícil establecer cuánto representó ese armado en las urnas hace apenas dos años. En cualquier caso, lo que ocurre en estos días no sería una señal positiva para esa franja de público.
Las expresiones de esta nueva campaña no son algo aislado de otros movimientos en el interior del oficialismo. Todos aceptan que la pelea no quedó resuelta con la ofensiva de la ex presidente y la modificación del Gabinete. Por el contrario, desde el kirchnerismo duro se deja trascender que CFK está a la espera de noviembre para forzar otros cambios. Por supuesto, el área más sensible es Economía, pero no es la única. Se trata de un mensaje que trasciende los límites de la interna: es un dato político significativo, en el marco de la campaña.
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