
Hasta ayer al mediodía, la relación política entre Alberto Fernández y la Corte Suprema era fría, y los vínculos institucionales entre el Ministerio de Justicia y el alto tribunal aparecían como una ficción protocolar que apenas cumplían con los cánones obvios de un sistema democrático moderno. El presidente nunca soportó a Carlos Rosenkrantz y en el cuarto piso del Palacio de Tribunales siempre caracterizaron a Martín Soria como un accidente político en tiempos del Frente de Todos.
Pero la extraña votación en la Corte que desembocó en la elección de Horacio Rosatti como su titular, transformó el frío político en un escenario institucional congelado por una enemistad personal que se arrastra desde hace casi 20 años.
Alberto Fernández y Rosatti se odian mutuamente. Y nada cambiará ese estado de las cosas entre el Presidente y el futuro titular del alto tribunal.
Desde esta perspectiva, la frialdad compartida en la cima de ambos poderes quedó demostrada -otra vez- por la inexistencia de un hecho vinculado a las buenas costumbres: hasta ayer a la medianoche, Balcarce 50 no había saludado la elección de Horacio Rosatti como presidente de la Corte Suprema, en reemplazo de Rosenkrantz que será su vicepresidente por tres años.

Alberto Fernández dialoga con Ricardo Lorenzetti, es amigo de Juan Carlos Maqueda y tiene una relación en zigzag con Elena Highton de Nolasco. La Casa Rosada siempre pensó en Lorenzetti para reemplazar a Rosenkrantz, cuestionó el apoyo de Maqueda a la designación de Rosatti e hizo una inesperada operación de lobby sobre Highton de Nolasco para postergar la elección del nuevo titular de la Corte.
Nada sirvió.
Rosatti soportó el embate de Balcarce 50, se respaldó en Maqueda y sumó a Rosenkrantz, que respeta como un fetiche el concepto de Pacta sunt servanda. Obvio, Rosatti tampoco olvida su relación militante con el pragmatismo peronista: se votó a sí mismo para llegar a la cima del Poder Judicial.
Y la Corte Suprema quedó partida en dos.
Rosenkrantz y Rosatti se propusieron desplazar a Lorenzetti hace unos años, y ayer repitieron la misma intención invirtiendo los términos de la relación institucional. Ahora Rosatti será presidente de la Corte, y Rosenkrantz cumplió su compromiso aceptando ocupar la vicepresidencia del alto tribunal.
Alberto Fernández y su ministro Soria continuaran en contacto con Lorenzetti, Maqueda y Highton de Nolasco, pero estarán muy alejados de la representación formal de la Corte Suprema. Rosatti sabe como se ejerce el poder y sólo escuchará al Presidente cuando desde la cartera de Justicia o la Casa Rosada se reconozca su entidad institucional y su cargo protocolar.

Alberto Fernández no tiene previsto descongelar la relación política con Rosatti. Y tampoco Cristina Fernández de Kirchner se moverá en ese sentido. La vicepresidente recuerda qué pensaba Néstor Kirchner de su exministro de Justicia, y hará honor a su memoria. Pese a la competencia actual o posible que tendrá la Corte Suprema en las causas abiertas para investigar sus presuntos actos de corrupción pública.
Rosatti encierra una paradoja que no aparece en otra situación de política doméstica: Alberto Fernández, Cristina Fernández de Kirchner y Mauricio Macri -por distintas razones y motivos- piensan lo mismo del futuro titular del máximo tribunal. Le tienen desconfianza personal y cuestionan su perspectiva ideológica.
Aunque jamás lo reconocerá en público, Alberto Fernández enfrenta un problema de política interna por sus diferencias personales con Rosatti. CFK insiste -una y otra vez- respecto a su propia necesidad de cerrar todas las causas abiertas en su contra. Y en las actuales condiciones, es imposible que un enviado de Balcarce 50 puede hacer - al menos- un alegato de oído en el despacho del futuro presidente de la Corte.
Ayer la Casa Rosada intentó postergar la votación que designó al tándem Rosatti-Rosenkrantz, y ni eso logró.
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