
“Hoy en día, seas o no creyente, León XIV es una de las pocas figuras globales que hablan de dignidad humana, de lo que mereces por ser una persona, independientemente de tu origen o ideología. No sabemos cuándo las democracias volverán a hablar de eso. Ni si lo hará su sucesor. Así que espero que tenga una vida larga. Le queda mucho por dar”. Eso dirá, al final de toda la charla, el escritor Santiago Roncagliolo. Que es peruano y quizás por eso se sintió interpelado cuando fue elegido Papa el cura Robert Prevost, que allí fue misionero, profesor y obispo. Y que, aunque es estadounidense, se hizo peruano en 2015.
Quizás sea por eso o porque necesita creer en algo y los valores laicos no le están resultando, es que Roncagliolo -una de las voces destacadas de la literatura de su país- quiso escribir sobre León y ahora está presentando El pastor y los lobos. O quizás sea porque él mismo viene de una familia católica... y de izquierda. “Cuando en España, digo que mi familia es católica y de izquierda me miran como... ‘este chico no entiende nada’”, se ríe. Pero sí, Teología de la Liberación mediante, por estos pagos se entiende de qué habla.
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Roncagliolo, hay que decirlo, ya no es tan chico. Nació en 1975, vivió parte de su infancia en México porque sus padres se tuvieron que exiliar, a la vuelta fue educado en un colegio católico donde, cuenta, algún religioso se fue de manos con él y con muchos. Fue a la Universidad Católica y, bueno, se fue haciendo escritor. En 2006 ganó el Premio Alfaguara con Abril rojo, una novela con forma de policial pero donde aparecen Sendero luminoso y los últimos años del régimen de Alberto Fujimori. No podía no ser politizado: viene de una familia metida en política y su papá —que en este libro sale bastante mal parado— llegó a ser ministro de Relaciones Exteriores del Perú en el gobierno de Ollanta Humala.

El libro, basado en una investigación periodística de un año, toca a los sodalites -una organización católica envuelta en graves denuncias de abusos sexuales, psicológicos y de poder- y se va construyendo como un thriller en el que, cuando Prevost se perfila como papa, lo acusan de encubrir a un abusador. Esa línea corre en paralelo con otra acusación: la que recibe uno de los sodalites. ¿Son las dos ciertas, las dos falsas? ¿Alguna se confirmará? El escritor va mostrando el trabajo de Prevost y, a la vez, manejando una intriga que deberá resolverse hacia el final.
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Así es que ahora, por videollamada y desde México, Roncagliolo se acomoda frente a la cámara y arranca: “Hemos venido a hablar de Dios”. Se ríe.
—Y de sus representantes en la Tierra.
—Por lo menos de uno.
—Sos un escritor del progresismo, pero se te ve muy católico en este libro.
—Me había olvidado de que parecía tan católico, aunque he escrito mucho de la Iglesia católica. En realidad, mientras investigaba a Prevost fue explotando toda mi propia historia personal y fui recordando toda esa educación católica, que me pilló en un momento, pues, muy parecido al que vivo mientras hago el libro. Un momento en que ya no sé en qué creer. El cinismo parece la única opción natural, porque soy de la generación que crece creyendo que la democracia y la razón lo van a resolver todo. Pero la democracia en este momento te ofrece guerras, bombardeos, perseguir a gente inmigrante. Y la ciencia, que es lo otro que produce la razón, te ofrece una tecnología que, según sus creadores, nos puede matar a todos en diez años.
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—¿Y hace falta creer?
—Mientras investigaba, me di cuenta de que yo quería creer, sobre todo cuando hablaba con los misioneros, con los laicos, con la gente que dedica su vida a servir a otros a cambio de nada. Tenía muchas ganas de ser así, que no lo soy. Y esto tenía que ver con esa educación católica y con todo lo que me había dado en un momento en que tenía un padre violento, vivía en un país violento, era un adolescente completamente perdido. Y me di cuenta de que eso era lo que explicaba por qué este señor, el papa, tiene alguna relevancia. Por qué un tipo al que no le pagas impuestos ni tiene ningún ejército, es seguido por todas esas personas. Bueno, porque a esas personas les pasa lo que me pasó a mí de niño. Y a nivel personal reconecté con muchas cosas que había olvidado y que no necesariamente tienes que buscar en el catolicismo, pero no puedes vivir sin ellas. Búscalas donde quieras: en el horóscopo, en el mindfulness...
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—¿Qué cosas?
—Bueno, la fe es un sentido. O sea, en última instancia, necesitas un relato personal que te dé un sentido. Creer en algo más grande también es un antídoto contra el dolor y contra el miedo. Y, por último, es una comunidad: una gente que te hace sentir seguro. Y, luego, también me impactó mucho el tema del norte de Perú, donde trabajaba Prevost. En Chulucanas, en Trujillo, en Chiclayo, si eres pobre, necesitas la religión. No porque te den un comedor social sino porque te da un sentido, unas reglas de cómo tratar a los demás, de qué está bien, de qué está mal.
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—¿Por qué eso lo necesitan los pobres y no los ricos también?
—A mí no me va a pasar nada si soy ateo. Yo tengo un trabajo, tengo una familia que si todo sale mal me cubrirá. Tengo un Estado, tengo un sistema judicial que va a funcionar. En todas estas zonas del norte, todo eso lo hace la Iglesia, porque el único capital que hay es la comunidad. Entonces, ellos no pueden darse el lujo de, de ser ateos.
—¿Cómo te metiste a investigar esto?
—Lo que entendí es que periodísticamente habría interés por este papa, que yo mismo sentía curiosidad por este hombre del que no sabía nada, salvo que se había ido de Chicago a Chulucanas y por ahí había empezado a quedarse en el Perú. A ver: si haces eso, eres misionero. Nadie hace eso para vivir mejor ni para ascender en la Iglesia. Y, por lo tanto, si es un misionero en los años 80, debía tener que ver con la Teología de la Liberación, que es el cristianismo que yo mamé en casa. De ese cristianismo sale una izquierda que viene de la clase media, no de la lucha obrera. Se van a la izquierda en los sesenta, setenta porque son católicos, porque es la doctrina social de la Iglesia la que les ha dicho: “Hay que ocuparse de los pobres”. Y resulta que es la izquierda la que les dice cómo. Por eso venía al caso la historia de mi padre.
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—Pero el centro era Prevost.
—Mi hipótesis era que si un cura que llega a Chiclayo a papa en dos años, ahí debe haber algo que contar. Y si él viene de esta teología, de esta manera de entender la religión, hay algo que contar, que está poco contado, que se ha olvidado y se ha querido olvidar. Y es algo que yo puedo contar porque tiene que ver conmigo. Pero hubo como cuatro versiones de este libro, porque cada vez que avanzábamos ocurría algo que lo cambiaba todo. Básicamente el hecho de encontrar a un papa que ha trabajado con los pecados de la Iglesia, con los lados oscuros: con los abusos sexuales, con los delitos financieros, con mafias de curas que contratan sicarios... ese es el papa que Francisco quiere para la Iglesia. Quiere alguien que pueda resolver eso sin crear una guerra. Pero luego, cuando ya está encaminado para ser papa, lo acusan a él de encubrir a un abusador sexual. Entonces, volvió a saltar por los aires por segunda vez el libro. Y el misterio, de Chiclayo también se vuelve una obsesión personal: necesito saber si de verdad no todo es puro cinismo, si de verdad no todo el mundo miente todo el tiempo, si de verdad hay alguien que es bueno. Tan simple como eso.
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—¿Y pudiste resolver eso? ¿Es cinismo? ¿Hay buenos?
—Me quedo con la sensación de que el papa es un hombre bueno. Pero el bien no es como en las películas de superhéroes. O sea: no estás todo el tiempo haciendo cosas muy buenas contra una gente que hace cosas muy malas. Escoges entre lo que hay... y puede haber víctimas. Y las hubo. Por ejemplo: ¿alguien le preguntó a Lute -el sacerdote por el que acusan a Prevost de encubridor- si era culpable o era inocente? Entendieron que las denunciantes lo querían fuera y que él tenía que estar fuera. Pero lo otro era derrumbar todos los otros casos de abusos sexuales y todos los otros casos que estaba investigando. Eso fue algo muy interesante que aprendí con este libro: la ambigüedad de la bondad.
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—¿Para qué llegó León?
—Una cosa que descubrí es que los papas tienen un nivel de autocrítica que los políticos no tienen. Cuando vas hablando con cardenales, con obispos, incluso con sacerdotes, te hablan del cisma del siglo XVI como si hubiese sido ayer. O sea, tienen esta conciencia de estar en una dimensión histórica muy larga. Cuando aparecen todos estos casos de abusos sexuales, de delitos financieros, es cuando Benedicto XVI renuncia porque entiende que él no puede controlarlo. Y entonces viene Francisco, que es un papa mucho más cercano, mucho más carismático y que conecta más con la gente, con la gente fuera de la Iglesia, quiero decir. Pero cada vez que abre la boca se monta un cisma dentro de la Iglesia. Entonces él quiere a este cardenal como papa, quiere a este Prevost como papa, porque puede lidiar con estas cosas sin crear una guerra. Evidentemente, es un triunfo del lado de Francisco, pero también la misión no es ganar esa guerra, es acabar con ella, es acabar con esa división.

—¿Y hacia afuera?
—Su misión fuera de la Iglesia es quizás ser menos conflictivo en algunos de los temas. Porque Francisco abría todos los frentes, entraba en todas las batallas. Este va a dejar muchas batallas y consolidar lo que se puede consolidar de Francisco, que es la lucha por la dignidad humana, por los pobres, por los refugiados, por la gente que sufre y sobre todo por causas sociales.
—¿Trataste de hablar con él?
—Mira, ni lo intenté directamente, fui acercándome a gente que lo conocía y pensé: “Si vamos bien, a lo mejor se abre la posibilidad”. Pero siempre supe que eso no iba a ocurrir porque él no da entrevistas, entonces no tenía ninguna razón para dármela justo a mí. Y, también, porque cuando la historia empieza a volverse muy oscura, me doy cuenta de que él no puede contestar las preguntas que yo tendría que hacerle. Robert Prevost podía, pero el papa no puede ponerse a hablar de esto en una entrevista.
—¿Cuáles serían las preguntas?
—Bueno, por ejemplo, lo que hablamos: si alguien le había preguntado a Lute si era inocente antes de apartarlo. Pero si se abría este caso, iban a empezar a salir las fotos de ellos juntos. Este era un sacerdote muy popular y muy cercano a Prevost. Fue una decisión compleja, pero supongo que es el mal menor.
—Es un libro sobre el papa y también sobre tu papá. Uno queda muy bien y el otro tu papá, como borracho, violento, mal.
—Pero está contado desde el perdón también. No es un intento de denunciar, al contrario.

—Pero hay algo que perdonar.
—Y alguien que pidió perdón también. Y el perdón forma parte del núcleo católico básico. Hay algo que también me di cuenta con este libro: que lo que la Iglesia católica te ofrece es un padre. Siempre han pensado en Dios como un padre que es bueno y te cuida, pero si te portas mal te castiga. Los momentos en que para mí fueron importantes fueron los momentos en que mi padre fallaba como padre. Todas las víctimas de abusos sexuales que fui conociendo a lo largo del proceso tenían figuras paternas débiles, rotas, alcohólicas, adictas, lejanas, destruidas: padres destruidos. La Iglesia católica, el catolicismo se vuelve especialmente importante cuando no tienes un padre como crees que deberías tenerlo y necesitas un reemplazo. Y esto es lo que te ofrece.
—En el libro contás un abuso sobre vos y otros compañeros.
—El del padre Jaime. A mí y a muchos. Cuando hablé de esto en la prensa tiempo atrás me di cuenta de que me atacaron las redes sociales del colegio, me atacaron los chicos con los que años antes habíamos hecho chistes al respecto.
—¿Chistes?
—Antes, cuando no era grave, cuando no habíamos pensado que eso no se podía hacer. Era una broma: el padre Jaime y su libido descontrolada. Y yo, como mucha gente, me di cuenta viendo los casos que fueron saliendo internacionalmente, los de Boston primero, los Sodalites en Perú, los de Maciel en México, los de Karadima. De repente, muchos nos quedamos frente a la tele diciendo: “Ah, vale, a que esto no se podía hacer, ¿no?” Y de repente cobramos conciencia de que habíamos sido abusados cuarenta años antes, pero no nos habíamos dado cuenta y nunca le habíamos dado importancia. Pero aceptar que nos había pasado esto implica romper tu idea de una infancia feliz. Quizá para mí era menos grave, porque yo ya sabía que mi infancia había sido una mierda, no tenía nada que proteger.
—¿Y los demás sí?
—Cuando hay un abuso sexual no solamente es responsable el cura: es responsable el colegio que te puso en manos de ese cura. Es la familia que te metió en ese colegio. Son los demás compañeros que no dijeron nada y no se rebelaron contra ese abuso. Entonces, de repente, el abuso es una responsabilidad de todo un grupo social. Y pensar que el chico se ha vuelto loco. -y que siempre fue rarito- es más fácil que pensar que nosotros hemos sido cómplices de una atrocidad como esta, ¿no?
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