
En el mundo actual, la diferencia entre un país desarrollado y uno que no lo es, no solo se observa en sus cifras macroeconómicas, sino en su potencial para generar y exportar tecnología e innovación. Mientras las economías avanzadas invierten de forma sostenida en investigación y atraen talento global, países como el nuestro —a pesar de su enorme riqueza en recursos naturales y diversidad cultural— siguen ocupando un rol marginal en la cadena de generación de valor tecnológico.
Cerrar esa brecha no depende únicamente de infraestructura o conectividad. El verdadero reto es generar el capital humano con potencial de desarrollar tecnología. Fomentar el interés por la ciencia y la tecnología desde edades tempranas, especialmente entre las niñas, que enfrentan mayores obstáculos, es esencial para construir una sociedad más equitativa, pero también más innovadora y competitiva.
Desde muy pequeñas, las niñas están expuestas a estereotipos que limitan sus aspiraciones. La falta de modelos femeninos en roles tecnológicos, los escasos recursos en muchas escuelas públicas y la ausencia de políticas sostenidas que promuevan su participación dan como resultado una baja presencia femenina en carreras vinculadas a la tecnología, una brecha que solo se amplía en un mundo cada vez más digitalizado.

El desarrollar habilidades de programación desde los niveles educativos básicos tiene el potencial de acortar dicha brecha. La programación estimula el desarrollo de habilidades críticas como el pensamiento lógico, la resolución de problemas y la creatividad. Cuando una niña aprende a programar, no solo aprende a dar instrucciones a una máquina: aprende que puede imaginar, transformar, competir y crear soluciones. Apostar por ella es apostar por un futuro distinto.
En América Latina, varios países ya han dado pasos en esa dirección. En Argentina, el programa Program.AR integra la programación en la educación básica. Chile impulsa Ingeniosas, que promueve la participación de niñas en ciencia y tecnología. En Brasil, Meninas Digitaisbusca aumentar la presencia femenina en la computación, y en Uruguay, el plan Ceibalfomenta el pensamiento computacional desde una perspectiva inclusiva. En Perú, también hay señales alentadoras, como el programa Niñas STEAM, que busca desarrollar talento digital en niñas y adolescentes.
Estas experiencias muestran que avanzar es posible. En nuestras aulas, desde inicial hasta secundaria, incorporar la programación y otras herramientas tecnológicas puede marcar una diferencia enorme. No se trata solo de enseñar a codificar en un determinado lenguaje, sino de proponer experiencias significativas que conecten la tecnología con su entorno. Con proyectos cercanos y aplicados, las niñas pueden descubrir que el mundo digital también les pertenece.

Pero el desafío no termina en la infancia. Muchas mujeres que ingresan a carreras tecnológicas enfrentan ambientes hostiles, sesgos de género y escasas oportunidades de desarrollo. La falta de referentes, de espacios inclusivos y de políticas que aseguren su permanencia, termina por alejarlas del sector.
Por eso, además de despertar el interés temprano, es urgente diseñar estrategias que aseguren su continuidad. Eso implica crear redes de mentoría, ofrecer becas, promover la formación continua y, sobre todo, visibilizar referentes femeninos. Una niña que ve a una mujer liderando un equipo de desarrollo o fundando una empresa tecnológica puede verse reflejada en ese camino.
Este proceso no puede depender únicamente de esfuerzos individuales o iniciativas aisladas. El Estado tiene un rol fundamental. Se necesita una política pública clara que articule a la educación, la academia, el sector privado y la sociedad civil. Invertir en infraestructura, formar a docentes, garantizar el acceso equitativo a recursos digitales y crear incentivos reales para la participación femenina debe ser una prioridad sostenida, no una promesa circunstancial.

Estimular el interés por la tecnología en los niños, y especialmente las niñas, no es una moda. Es una apuesta de país. Es entender que el futuro se construye hoy, en cada clase de ciencia, en cada taller de programación, en cada espacio donde una niña descubre que puede crear algo nuevo. La transformación del Perú en un país desarrollado no será posible si la mitad de su población queda al margen.
A medida que atraigamos más niñas al mundo de la tecnología y la computación estaremos sembrando la semilla de un país más justo, más diverso y preparado para los retos que vienen. La transformación que anhelamos comienza en el aula, pero su impacto puede llegar a cada rincón del país. Y en ese camino, nuestras niñas no deben ser espectadoras: deben ser protagonistas.

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