
El 28 de julio es una fecha emblemática en la historia del Perú, marcada por la proclamación de su independencia. Sin embargo, los eventos que llevaron a este día son complejos y merecen ser desentrañados para comprender plenamente su significado.
La figura central de esta historia es José de San Martín, conocido como el Libertador, quien con su ejército entró a Lima y determinó la proclamación oficial de la independencia.
Uno de esos hechos cruciales fue la declaración oficial que tuvo lugar el 15 de julio de ese mismo año, cuando los miembros de la élite peruana se reunieron en el Cabildo de Lima para firmar un documento que rompía los lazos con la Corona española.
Este acto fue seguido por una serie de rituales que reflejaban tanto la continuidad con las tradiciones virreinales como la inauguración de una nueva era. Para entender mejor esta situación Infobae Perú conversó con Pablo Ortemberg, historiador del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET) y Director y profesor del Centro de Estudios de Historia Política en la Universidad Nacional de San Martín (UNSAM), ambas instituciones argentinas.
Se viene la proclama

San Martín, reconocido como el Libertador, fue el principal artífice de esta proclamación. Tras su entrada en Lima con el ejército independentista, decidió que el sábado 28 de julio sería el día indicado para la ceremonia pública.
También explicó que San Martín, en un decreto publicado en el periódico “La Gaceta”, expresó que los peruanos, en los mismos lugares donde antes juraban lealtad a la Corona española, ahora jurarían por su libertad y felicidad. Este decreto subrayaba la intención de reutilizar un viejo ritual monárquico que poseía consenso, donde la figura del Libertador sustituiría la del virrey.
En cuatro plazas

De acuerdo con lo que dicta la historia, la ceremonia se llevó a cabo en cuatro plazas centrales de Lima, emulando los antiguos rituales virreinales. La primera proclamación tuvo lugar en la Plaza de Armas, el corazón político y religioso de la ciudad, donde San Martín, desde un tablado, enarboló el nuevo pendón de la libertad, reemplazando el estandarte real.
Este acto simbólico fue presenciado por todas las autoridades y sectores populares reunidos, quienes aclamaron la independencia con fervor.
Además de estos actos públicos, San Martín organizó una serie de eventos para reforzar el simbolismo de la independencia. En el Palacio de Gobierno, se celebró un baile en honor a la independencia, mientras que en la Plaza de Acho, se llevó a cabo una corrida de toros, fusionando las tradiciones virreinales con el nuevo espíritu independentista
También se decretaron indultos para penas menores, simbolizando los beneficios de la libertad y buscando ganar la gratitud y lealtad del pueblo.
Más simbolismos

El día domingo, el 29 de julio, se realizó una misa de acción de gracias en la Catedral de Lima, donde San Martín, junto a las autoridades del Cabildo, asistieron a la ceremonia religiosa.
En esta ocasión, se dispuso la nueva bandera de la libertad en el altar mayor, y se realizó un juramento solemne. Este acto buscaba legitimar la independencia desde una perspectiva religiosa, manteniendo la estructura jerárquica y simbólica del antiguo régimen.
“Desde la creación de la Expedición Libertadora en Valparaíso, Chile, San Martín entendió la importancia de ganar la adhesión tanto del pueblo como de la élite. Consciente de las limitaciones de su fuerza militar, San Martín buscó asegurar el apoyo popular y de los sectores influyentes para la causa independentista”, dijo Ortemberg.
Y es que al reproducir estos rituales, no solo buscaba transmitir un mensaje de continuidad y legitimidad, sino también demostrar que la independencia no alteraría radicalmente el orden social existente.
En ese sentido, la proclamación de la independencia en Lima fue, por tanto, un acto de teatro político cuidadosamente diseñado. San Martín prometió a la élite limeña que no se alterarían sus privilegios, respetando la religión y el orden social. Sin embargo, su objetivo principal era claro: fijar la declaración de independencia y proclamar al Perú como una nación soberana.
Había que esperar

A pesar de estos esfuerzos, la independencia no se consolidó inmediatamente. La guerra continuó hasta la batalla de Ayacucho en 1824, cuando se obtuvo la victoria definitiva. Durante este periodo, Lima fue tomada en dos ocasiones por las tropas realistas, y la lucha por la independencia fue ardua y prolongada.
La proclamación de la independencia también tuvo un impacto significativo en la estructura social del Perú. Muchos de los miembros de la élite que negociaron con San Martín lograron mantener sus privilegios, mientras que otros los perdieron al apoyar a los realistas.
“Por otro lado, la carrera militar se convirtió en una vía de ascenso social. Muchos oficiales mestizos y criollos que habían luchado en el bando realista se convirtieron posteriormente en figuras prominentes en la nueva república, reflejando la movilidad social que caracterizó este periodo de transición”, acotó el también autor del libro ‘Rituales de poder en Lima (1735-1828)’ ) del Fondo Editorial PUCP.
El ritual de proclamación de la independencia, aunque influenciado por las tradiciones virreinales, también fue un acto de comunicación política en una sociedad mayoritariamente analfabeta. Los pregoneros leían los decretos en público, y los rumores, tanto verdaderos como falsos, circulaban intensamente en este periodo de gran convulsión.
Lo tenía claro
San Martín entendió la importancia de estos rituales y símbolos para transmitir el mensaje de la independencia. Su objetivo no era solo ganar la guerra militarmente, sino también asegurar la adhesión popular y de la élite a la causa independentista.
Al utilizar un ritual que poseía consenso, buscaba legitimar la nueva autoridad y demostrar que la independencia no representaba una ruptura total con el pasado, sino una transformación hacia un futuro de libertad y justicia.
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