Año Nuevo: tradiciones que se perdieron con el tiempo en el Perú

Un recorrido por las tradiciones perdidas y las prácticas que definen la identidad cultural de los peruanos durante las festividades de fin de año.

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El Año Nuevo es la celebración del inicio del año siguiente en el calendario.
El cambio sociocultural y la modernización han provocado que algunas prácticas pierdan vigencia o se transformen con el tiempo. (Andina/Difusión)

En Perú, la celebración de Año Nuevo es un momento festivo lleno de tradiciones y rituales que combinan herencias culturales prehispánicas, coloniales y contemporáneas. Estas costumbres se manifiestan en distintos aspectos, desde la gastronomía hasta los simbolismos para atraer buena suerte y prosperidad.

Algunas de las más destacadas incluyen el uso de ropa interior de colores, con el amarillo siendo el preferido para atraer felicidad; comer 12 uvas al compás de las campanadas de la medianoche, representando deseos para cada mes del año; y el ritual de dar la vuelta a la manzana con una maleta para propiciar viajes en el año que comienza. Estas costumbres se convierten en el centro de las celebraciones, llenando de misticismo y alegría la llegada del nuevo año.

No obstante, el cambio sociocultural y la modernización han provocado que algunas prácticas pierdan vigencia o se transformen con el tiempo. A continuación, se detallan algunas costumbres de fin de año que, con el transcurrir de las décadas, han perdido su validez o han sido modificadas, conservando únicamente su esencia en el recuerdo de la comunidad.

La tradición de quemar muñecos en Año Nuevo

Antiguamente, en lugar de adquirir muñecos para ser quemados en la noche de Año Nuevo, las familias se reunían en la intimidad de sus hogares para crear, con sus propias manos, personajes emblemáticos del año 2023. Utilizaban indumentaria usada y ajada del año que se despedía para vestirlos. Para darles cuerpo, empleaban aserrín y trapos inservibles, mientras que su interior se llenaba de cohetones, prometiendo un estruendoso adiós al año viejo. Ingeniosamente, la cabeza solía estar formada por la caja vacía de un panetón, postre típico de las celebraciones navideñas.

Estos muñecos representaban más que un adorno festivo; simbolizaban el desprendimiento de las energías negativas acumuladas y la conclusión de los 365 días pasados. El acto de fabricarlos, más allá de ser una tradición, se convertía en un ritual de purificación, un vínculo tangible entre el ciclo que finaliza y el nuevo que comienza.

Antes, las personas no compraban los muñecos para quemar en Año Nuevo en las tiendas; los hacían en casa usando ropa vieja del año que terminaba.
Foto: El Peruano
Antes, las personas no compraban los muñecos para quemar en Año Nuevo. (El Peruano)

Hoy en día, el espíritu de esta costumbre persiste de una manera distinta, especialmente en lugares como Mesa Redonda, donde los residentes continúan la tradición de confeccionar los muñecos con sus propias manos, inyectando así una dosis de sentimentalismo y un sello personal inconfundible a la bienvenida del año entrante.

Arrojar papeles como celebración

Al aproximarse el fin de año en Lima, las calles se transformaban en el epicentro de un espectáculo singular: una ‘lluvia’ de papeles que bajaba desde los altos edificios gubernamentales. Esta peculiar práctica consistía en la eliminación masiva de archivos oficiales, que quedaban obsoletos con el cierre del año fiscal. Documentos como licitaciones, registros de asistencia y planillas se desparramaban en la vía pública, convirtiéndose en entretenimiento para los más pequeños y en un desafío adicional para los equipos de limpieza de la ciudad.

Esta tradición, que alcanzó su punto culminante en el corazón de la capital, comenzó a disminuir hacia finales de los años 90. Sin embargo, ha dejado una marca indeleble en la manera de despedir el ciclo anual. Una auténtica lluvia de papeles, especialmente los almanaques del año que terminaba, eran cortados en pequeños pedazos y lanzados al aire, creando una suerte de nevada de papel sobre la ciudad limeña.

Con la llegada del fin de año, las calles de Lima se convertían en el escenario de una inusual ‘lluvia’ de papeles arrojados desde edificaciones de entes gubernamentales.
Foto: El Peruano
Con la llegada del fin de año, las calles de Lima se convertían en el escenario de una inusual ‘lluvia’ de papeles arrojados desde edificaciones de entes gubernamentales. (El Peruano)

El besamanos presidencial: un ritual de poder y tradición en la historia de Perú

Según la información recogida de la página oficial El Peruano, el 1 de enero de 1920 se celebró uno de los eventos más solemnes de la tradición gubernamental peruana: el ritual del besamanos. Presidido por el entonces presidente de la República, Augusto Bernardino Leguía, este acto era el símbolo del inicio de un nuevo ciclo anual. El escenario fue el Palacio de Gobierno, que albergó a ilustres diplomáticos internacionales y a destacados miembros de las Fuerzas Armadas, incluyendo a altos jefes y oficiales tanto del Ejército como de la Marina.

La ceremonia del besamanos, envuelta en un aura de simbolismo y rigurosa formalidad, era entonces la actividad oficial más significativa del comienzo del año en Perú. Su rol trascendía el mero protocolo de cortesía hacia el mandatario; también era una plataforma para afianzar y renovar los lazos diplomáticos, así como para subrayar la envergadura de las relaciones internacionales e interinstitucionales bajo el mandato de Leguía.

Entre los personajes ilustres, se encuentra el mariscal Andrés A. Cáceres con una presencia imponente, ataviado con su uniforme de gala completo, condecoraciones y su característica barba bífida, situado a la izquierda del mandatario nacional. La obra es una creación de Daniel Hernández, (1822-1933), y forma parte de la colección de la Pinacoteca del Palacio.
Foto: Flickr de Siabala, Luis.
Entre los personajes ilustres, se encuentra el mariscal Andrés A. Cáceres con una presencia imponente, ataviado con su uniforme de gala completo, condecoraciones y su característica barba bífida, situado a la izquierda del mandatario nacional. (Flickr de Siabala, Luis)

Este evento emerge desde el fondo de la historia política y social del Perú, incrustado en lo que se conoce como el Oncenio de Leguía, que va de 1919 a 1930. Leguía, que se hizo con la presidencia mediante un golpe de Estado, buscó afianzar su posición y la legitimidad de su gobierno mediante estos eventos llenos de pompa y circunstancia, los cuales exhibían la estabilidad y seriedad de una administración empeñada en la modernización estructural del país.

Si bien la práctica del besamanos ha sido dejada atrás en muchas representaciones de la política moderna, su recuerdo sirve como testimonio de las costumbres y protocolos de principios de siglo XX en el Perú.

La Fiesta de la Flor: tradición y solidaridad en las calles de Lima

Además, otra de las tradiciones que es mencionada en El Peruano es la Fiesta de la Flor, una tradición que se ha destacado por ser una expresión de solidaridad ciudadana en apoyo a los niños necesitados. Celebrada cada 30 de diciembre, un grupo de hombres y mujeres de la capital recorrían las calles portando una flor blanca; las damas en su pecho y los caballeros en la solapa.

La Sociedad Protectora de la Infancia era la encargada de organizar dicha festividad, en un contexto donde no existían aún derechos infantiles establecidos. La participación era transversal, involucrando a ciudadanos de todas las edades y condiciones sociales, quienes contribuían económicamente en un gesto de generosidad y comunidad.

La Fiesta de la Flor: un emblema de la solidaridad en Perú, con ciudadanos uniendo esfuerzos para ayudar a los niños en situación de vulnerabilidad. 
Foto: El Peruano
La Fiesta de la Flor: un emblema de la solidaridad en Perú, con ciudadanos uniendo esfuerzos para ayudar a los niños en situación de vulnerabilidad. (El Peruano)

El acto solidario no solo se limitaba a la recaudación de fondos, sino que también proporcionaba momentos de alegría directa a los menores. En 1919, por ejemplo, niños huérfanos podían disfrutar de un día de paseo que culminaba en la hacienda Orbea, gracias al transporte brindado por la Sociedad de Chauffeurs. Regalos y dulces eran partícipes de dicha jornada, promoviendo un ambiente de celebración y esperanza. Para 1920, la hospitalidad se extendía al ofrecer un almuerzo para los pequeños en el restaurante del Zoológico de Lima.

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