
En un rincón de Barrios Altos, cuyo nombre deseo mencionar, personas que no se conocían se congregaban alrededor de una mesa para deleitarse con una diversidad de platos preparados por Minoru Kunigami en un local alquilado. El cocinero peruano desarrolló su propio estilo culinario al fusionar con pasión la cultura japonesa con la peruana, creando así experiencias gastronómicas memorables y llenas de emoción.
El viaje gastronómico de Kunigami comenzó en una esquina del jirón Francia (La Victoria), donde aprendió a cocinar sin imaginar que esta actividad le brindaría muchas alegrías a su familia y futuras generaciones. Se sumergió en el mundo de la cocina después de que su tío le traspasara un restaurante criollo. Con tan solo 23 años, enfrentó apasionantes desafíos entre ollas y sartenes, en las cuales logró impregnar el sabor de la comida criolla.
Con el tiempo, fue perfeccionando su arte culinario con cada platillo que preparaba. Su esposa, con quien tuvo 14 hijos que rindieron homenaje a su padre antes y después de su partida, fue testigo de la pasión que él ponía en cada ocasión en que elaboraba sus platos.

La serie de eventos o hechos mencionados ocurrieron en un momento anterior a 1958. Luego, en ese año específico, el cocinero de ascendencia japonesa, pero nacido en Perú, se mudó a una casa ubicada en la esquina de los jirones Paruro y Áncash, en Barrios Altos. En esta locación, nuestro compatriota abrió una bodega que, con el paso de los meses, se convirtió en un restaurante. Este cambio se materializó después de escuchar a sus clientes, quienes le pedían que vendiera comida.
La página web ‘La Buena Muerte’ cuenta la historia de cómo surgió el nombre actual del restaurante, el cual hace alusión a la muerte. “(Minoru Kunigami) fue convencido por sus clientes de abrir un restaurante, que fue bautizado como ‘La Nueva Ola’ debido al género de música que estaba de moda en ese momento”, se lee en el portal web de la empresa.

Así nació la cocina nikkei en un restaurante de Barrios Altos. En 1959, el cocinero no solo deleitaba con su propuesta basada en pescados y mariscos, sino también con novedades que se traducían en la combinación de ingredientes peruanos y japoneses. Mientras los comensales probaban nuevos sabores, algunos propusieron que el nombre del restaurante cambiara, lo que añadió una dosis de emoción a la historia.
Esta afirmación se sustenta en un texto que fue publicado en la página web de ‘La Buena Muerte’. “Fueron los mismos comensales quienes rebautizaron el local como ‘La Buena Muerte’, ya que se encontraba frente a la iglesia que llevaba el mismo nombre, en la esquina de los jirones Paruro y Áncash, en Barrios Altos”, se precisa.
Con el nuevo nombre del restaurante, la vida se prolongaba en cada bocado que disfrutaban los asiduos clientes del artífice de la cocina nikkei. La muerte no asomaba la mirada en ningún momento, ni siquiera para pedir uno de los potajes creados por nuestro compatriota. Lo que vino después era de esperarse: comensales de distintas partes de Lima llegaban para experimentar nuevos sabores y ser testigos de esta fusión gastronómica que perdura en el tiempo.

Los primeros comensales que se deleitaron con las creaciones culinarias del ciudadano fueron testigos de la gran acogida que tuvo la fusión de la comida criolla con la japonesa, una propuesta que se mantuvo en el tiempo. Décadas después, estudiosos escribirían sobre la gastronomía peruana y sus protagonistas que hicieron historia. En el libro “Nikkei es Perú”, de Josefina Barrón y Mitsuharu ‘Micha’ Tsumura, se hace referencia a Kunigami, quien tuvo el ingenio de fusionar ingredientes para dar lugar a nuevos sabores que cautivarían incluso a los paladares más exigentes.
La etapa de esplendor del restaurante ‘La Buena Muerte’ se habría dado en 1970, año en el que familias enteras hacían largas colas para ingresar a un local donde no solo satisfacían una necesidad primaria, sino que vivían una experiencia que se transmitiría de generación en generación. Es importante señalar que la comida se consumía con rapidez no porque el dueño los apurara, sino porque estaba deliciosa.

El éxito del negocio de la comida dio sus frutos, al punto de comprar un terreno cercano a su local. Esto fue posible tras muchos años de esfuerzo y dedicación. En 1989, lograron que el escenario donde se combinaban sabores y aromas se trasladara a un local propio. Esto fue celebrado con gran emoción por parte de numerosos clientes, quienes aplaudieron los logros del peruano.
Así como la comida tiene varios sabores, la vida también nos presenta una variedad de situaciones que debemos enfrentar con entereza. En ese sentido, la etapa de esplendor se vio opacada por un hecho coyuntural ocurrido en 1991. La crisis económica de los años noventa hizo que las ventas del restaurante se redujeran considerablemente. A esto se le sumó la epidemia del cólera, que dejó una estela de dolor no solo en las personas que padecían la enfermedad, sino también en sus familiares. A pesar de estos desafíos, el espíritu de lucha y perseverancia de Kunigami siguió vivo.
Muy a menudo se dice que en momentos de crisis surgen las grandes oportunidades. Pues bien, esto ocurrió: inauguraron un segundo local en 1993. “Con el deseo de seguir llevando la sazón del oji a nuevos rincones de la ciudad, Rafael, el penúltimo de 14 hijos, decidió, con la aprobación de su padre, abrir un segundo local en Santa Catalina junto con su esposa Erika”, se lee en la página web de la empresa.

Estuvieron deleitando los paladares más exigentes durante 10 años en la calle Rodolfo Beltrán, Santa Catalina. Luego de ese lapso, se mudaron a la calle Luis Aldana 127, donde se encuentran actualmente. Su hijo fue un visionario, ya que años después de trasladarse a otra locación, el local ubicado en Barrios Altos cerró.
Los amantes de la comida nikkei rinden homenaje a Minoru Kunigami cada vez que disfrutan de platillos que fusionan las culturas peruana y japonesa. Las nuevas generaciones exploran sabores que no habrían existido sin el encuentro cultural entre Perú y Japón. Kunigami falleció en 2004; quizás fue una ‘buena muerte’, honrando así el nombre de su restaurante. Lo que sí estamos seguros es que los peruanos sienten profunda gratitud hacia el creador de la cocina nikkei.
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