
El estreno de “Piratas en el Callao” en el 2005 supuso un hito en la historia del cine nacional al tratarse de la primera película peruana digital en 3D. Su existencia fue aplaudida y su calidad, aunque baja, llegó hasta ser comprensible al ser un proyecto que naufragaba en una “industria” local interesada en otros contenidos. Sin embargo, 18 años después el cine animado en el Perú no solo repite errores, sino que se ha contagiado de otros propios de la televisión.
“Una aventura gigante” cuenta la historia de Sophia, una joven aviadora que perdió a su madre durante su infancia cuando esta sobrevolaba las líneas de Nazca. La repentina aparición de Sebastián en su vida la lleva a pilotar una avioneta que sirve de vehículo a un mundo donde los seres de la mitología preincaica cobran vida. Es precisamente la aparición de estos personajes el momento cúspide de toda la cinta.
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Los hermosos diseños y detalles otorgados a figuras como el mono, el colibrí, la araña y hasta el cóndor resaltan sobre el resto de personajes. Su composición y color parecen ser los correctos y el acertado casting de voces los elevan a esa divinidad que aspiran proyectar. Gustavo Bueno presta su voz al cóndor mientras que Reynaldo Arenas, quien en 1984 interpretó a Túpac Amaru II, otorga profundidad y hasta ternura a las líneas que pronuncia el mono.

Por otro lado, Sophia, quien aparenta ser el personaje principal, es opacada por la gracia que proyecta Sebastián. Aunque por momentos se siente forzado el uso de chistes popularizados en redes, es su espíritu travieso e irreverente el que mantiene viva buena parte de la cinta. Quizás el gran problema del proyecto no sea solo la animación, sino su débil guion que parece querer apuntar a muchas metas, pero se pierde en el camino. No se siente como una historia que cierra, sino que sobrevive a duras penas.
A “Una aventura gigante” le sucede lo mismo que a “Drácula” de 1931. El filme se presenta como una promesa, por momentos te regala planos y momentos memorables, pero llegado el desenlace, el espectador se topa con una tremenda desilusión. Una batalla carente de dinamismo contra un villano que no proyecta temor culmina en un golpe que no llega siquiera a proyectarse en pantalla. El espectador, acostumbrado a combates coreografiados y creíbles, se queda con la duda si ese es el verdadero final de la historia.
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El rostro adorable de “Una aventura gigante” es Wawa, un pequeño huaco bebé que al igual que el Baby Groot de Marvel solo repite una palabra: “Wawa”. Este tipo de personajes son un recurso muy útil ya visto en el cine y televisión como son el caso del menor de los Guardianes de la galaxia o el llamado “Baby Yoda” de la franquicia de Star Wars. De ser un éxito en taquilla, el filme peruano haría mal en no aprovechar comercialmente su pequeña creación.

La aparición fugaz del logo de la Universidad San Martín de Porres, uno de los colaboradores del filme, recuerdan esas escenas impuestas de marcas auspiciadoras en los telenovelas del prime time televisivo. A este momento innecesario se suma el debut de Tito Silva en la pantalla grande que, al no encontrar un momento que conecte con la trama, termina siendo una aparición forzada de pocos segundos que nada aportan al viaje de los dos personajes.
La animación en el Perú no puede permitirse dar pasos hacia atrás, sobre todo con el precedente de “Ainbo: el espíritu del Amazonas”. Por su parte, “Una aventura gigante” ha demostrado con sus personajes divinos que existe un enorme talento por potenciar. El siguiente paso, quizás, es enfocar la mayor cantidad de esfuerzos en construir una historia sólida, una que podamos llamar memorable.
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