
Hasta que uno no ha amado un animal, una parte del alma sigue sin despertar. La frase del escritor francés Anatole France se instala como un eco en la vida cotidiana de quienes alguna vez compartieron hogar con un animal. La psicología sugiere que la preferencia por perros o gatos expresa, de manera silenciosa, aspectos profundos del carácter, el vínculo y la historia emocional de cada persona.
¿Por qué elegimos perros o gatos?
En la experiencia diaria, la elección entre perros y gatos parece tan simple como una conversación de sobremesa, pero esconde capas de deseo, necesidades y recuerdos. Para Sergio Grosman, psiquiatra de APSA y APA, el acto de elegir implica elegir también un modo de relación: “Cuando alguien elige un animal está eligiendo también un determinado nivel de compromiso y un tipo de vínculo”, explicó en diálogo con Infobae. El perro invita a la presencia constante y la rutina, mientras que el gato habilita la distancia y la autonomía.
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Según María Fernanda Rivas, psicóloga y psicoanalista de APA, la relación con los animales de compañía suele empezar mucho antes de que uno pueda elegir por sí mismo. “El afecto y el respeto por los animales se transmite de generación en generación”, señala. Un estudio realizado en el Reino Unido, que siguió a casi 15.000 familias, mostró que la experiencia de la madre con animales de compañía en su infancia predice la presencia de animales en la familia siguiente.

Alejandra Gómez, también psicoanalista de APA, destacó: “Para muchas personas, perros y gatos forman parte de la vida emocional y familiar de un modo íntimo”. La presencia de un animal puede sostener en momentos de soledad, ayudar a transitar duelos o brindar una compañía silenciosa, pero constante.
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Desde la perspectiva de Charo Maroño, psicóloga especialista en infancias, la preferencia se vincula con modos distintos de relacionarse: “El perro es mucho más expresivo, te sigue a todas partes. El gato es más independiente, afectivo en sus propios términos”.
¿Qué revela la preferencia por perros sobre el carácter?
La convivencia con un perro suele ser sinónimo de movimiento. El ritual de la correa, el llamado para salir, el saludo eufórico al regresar. Grosman y Gómez coinciden en que quienes eligen perros suelen sentirse a gusto con vínculos visibles, expresivos y llenos de contacto físico. El perro convoca a una presencia activa, demanda atención y ofrece fidelidad.
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Maroño observa que el perro, al demandar salidas y movimiento, puede facilitar la vida social. Quien elige un perro suele buscar o tolerar la compañía, la actividad y el intercambio constante.
Para Rivas, el perro es muchas veces el primer compañero de juegos en la infancia, el amigo que ayuda a sostener rutinas y a transitar etapas nuevas, como el inicio del colegio o la llegada de un hermano. En la adultez, la presencia de un perro puede mitigar la soledad y ofrecer una rutina que estructura la vida diaria. “Proporciona la idea de tener alguien a quien cuidar”, describió la especialista.
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La ciencia respalda la percepción cotidiana. El psicólogo Sam Gosling (Universidad de Texas) encuestó a más de 4.500 personas y halló que quienes prefieren perros puntúan un 15% más en extroversión y un 11% más en responsabilidad, una diferencia que fue confirmada por la James Cook University en 2024.

¿Qué dice de nosotros preferir gatos?
Desde la mirada de Maroño, los gatos suelen elegirse por personas con estilos de vida más independientes, aquellos que buscan una compañía sin la demanda permanente de atención y movimiento. “El gato es mucho más limpio. Si te vas de viaje, al perro se lo tenés que dejar a alguien. Al gato le dejás comida, agua y pueden estar solos varios días”, relató.
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El gato se mueve en los bordes de la casa, elige cuándo acercarse, busca caricias en sus propios términos y desaparece cuando el bullicio se vuelve demasiado. Grosman señaló que quienes prefieren gatos tienden a ser un poco más introvertidos, aunque la ciencia aclara que la diferencia es sutil y no define a cada persona de manera absoluta.
Para Gómez, el vínculo con el gato se construye sobre la autonomía mutua, el respeto por los tiempos propios y la compañía silenciosa. “El gato es del territorio, mantiene cierta distancia, tiene tiempos propios y es menos demandante”, explicó.
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Rivas describió que el gato ofrece una interacción más pasiva, predisponiendo a momentos de calma y retraimiento. El ronroneo, la cercanía sin palabras y la posibilidad de compartir el silencio crean una compañía particular, que muchas personas valoran especialmente en contextos de soledad o necesidad de introspección.
¿Cómo influyen las experiencias de vida en la elección?
La preferencia por perros o gatos no surge en el vacío. Grosman destacó que la experiencia temprana con animales, especialmente la que proviene del ambiente familiar, deja una marca persistente. El animal con el que se convive en la infancia suele instalar el primer modelo de vínculo afectivo. “La transmisión intergeneracional es real: el animal que eligieron los padres tiende a ser el animal con el que el niño crece y por lo tanto el que instala el primer modelo de vínculo”, explicó el psiquiatra.
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Rivas aportó que los animales de compañía pueden cumplir funciones emocionales profundas durante la niñez, como ser objetos de sostén en momentos de separación o compañeros de juego que ayudan a organizar la rutina y la responsabilidad.

Para Gómez, el vínculo con los animales reaviva recuerdos e impulsos ligados a las figuras fundamentales de la infancia, funcionando como compañía emocional, apoyo en duelos y presencia tranquilizadora.
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Maroño sumó que, además de la historia familiar, las etapas de la vida y los momentos de soledad o cambio pueden orientar la elección. El animal se convierte en un confidente silencioso, un refugio o un puente entre el mundo interno y el exterior.
Con el paso del tiempo, perros y gatos adoptan rutinas, hábitos y hasta rasgos de carácter de quienes los cuidan. Rivas observó que los animales se mimetizan con las costumbres familiares y suelen ser incluidas en el imaginario como un miembro más.

Gómez resaltó que, más allá de la especie, los animales también tienen personalidades y el vínculo es siempre particular, una construcción entre dos sujetos. La pérdida de un animal de compañía puede provocar duelos tan intensos como los ocasionados por la ausencia de otros miembros de la familia.
Maroño lo sintetizó: la relación con un animal puede funcionar como un espejo de deseos, miedos y afectos, permitiendo que cada uno se reconozca en esa compañía única.
La psicología propone matices, describe tendencias y observa vínculos; pero la experiencia de convivir con un animal va más allá de cualquier categoría. Quizás la respuesta esté en el modo en que cada uno se reconoce en ese encuentro, en la forma en que elige amar y dejarse amar, con ladridos o maullidos, con presencia constante o compañía silenciosa.
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