Olor de multitud y olor de santidad: ¿asistimos al renacimiento de la religión?

¿Quién dijo que la verdad no da rating? La ciudad secular parece retroceder ante la fe de las muchedumbres. Ha comenzado a tambalear el paradigma del cibermundo de la tecnocracia que no alcanza a responder a todos los interrogantes del alma humana

Visita León XIV - Nota Roberto Bosca
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Durante las últimas décadas del siglo XIX, la influencia de la Iglesia católica se vio recortada en la Argentina por efecto del proceso de secularización, que al trasunto de las ideas racionalistas entonces de moda, proclamaba una prescindencia de las realidades religiosas en la vida social. Era una corriente cultural impulsada por los nuevos aires provenientes de Francia, hijos de la Ilustración, y sus nuevos dogmas de una absolutización de la razón, el agnosticismo y el mito del progreso indefinido.

Laicismo y laicidad

Allí se sitúa la cuna del laicismo, en el mismo país que acaba de visitar el papa Prevost en olor de multitud. La laicidad cede a las realidades que desbordan la privacidad y se expresa en las plazas. También es Francia el mismo país en el que el sucesor de Pedro pronunció esta frase con la calma pero también con la firmeza que lo caracteriza: “La justa laicidad no consiste en excluir la religión del espacio público”.

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Aquella situación finisecular que exhibía una Iglesia a la defensiva, se extendió en la Argentina hasta los años iniciales de la centuria siguiente, y encuentra su punto de inflexión con ocasión del Congreso Eucarístico Internacional de 1934. La novedad fue que por primera vez un Secretario de Estado de la Santa Sede, en este caso Eugenio Pacelli, futuro Pío XII, participaba de un congreso de este tipo. Al recibir al papa León XIV, es oportuno recordarlo.

Visita León XIV - Nota Roberto Bosca
En olor de multitud: el nuncio Pacelli en Buenos Aires. Detrás, ¿Don Orione?

Era la apoteosis de la fe. Centenares de miles de fieles irrumpieron jubilosamente en las avenidas de las grandes ciudades. La administración pública se benefició con un asueto. Se multiplicaron las diócesis. Las muchedumbres católicas parecían movidas por la consigna de ganar la calle y expresar con cierto bullicio la alegría que brota de un corazón enamorado. La Argentina celebraba una nueva catolicidad a la medida de la modernidad.

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La noche toca a su fin

En un tiempo en que la religión era considerada poco mas que un sentimiento de mujeres, sorprendió el espectáculo de la llamada noche de los hombres. Las crónicas consignan un millón doscientas mil comuniones. Su impacto dejaría una huella profunda en la sociedad. “Fue un espectáculo único en el mundo”, se asombró San Luigi Orione, presente en el congreso. Era el nacimiento del catolicismo de masas.

En ese momento surgió y se consolidó una pléyade de personalidades de diverso perfil como Gustavo Franceschi, Dionisio Napal, Miguel de Andrea, Gustavo Martínez Zuviría y Manuel Gálvez, cuyas ediciones alcanzaban cifras de venta asimilables a verdaderos bestsellers. Todos ellos apuntalaron con discursos, ensayos y novelas una presencia pública del catolicismo en la vida nacional.

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Al año siguiente del congreso Manuel Gálvez trata sobre una conversión

Los ritmos apostólicos se adecuaron a la nueva sociedad signada por la masividad, pero también por la despersonalización. La matriz argentina pareció recobrar su espíritu fundacional que conjugaba influjos liberales y verdades evangélicas. Se dejaron de lado mezquindades electoralistas y la Argentina se puso de rodillas.

Así lo reflexionaba un antiguo colaborador de la revista Criterio, núcleo selecto de intelectuales: “La política que algunas veces es rastrera, que en lugar de contribuir a la pacificación de los espíritus los enardece y siembra en ellos el odio, esta vez ha levantado la puntería, se ha ocupado de asuntos altamente espirituales y dignificantes”. Más de ochenta años después ¿se podrá decir lo mismo? Los argentinos tienen una magnífica ocasión para levantar la puntería, siguiendo la consigna de la visita española del Papa: alzar la mirada.

Visita León XIV - Nota Roberto Bosca
Más de un millón de personas se concentran para asistir a la misa del papa en Cibeles (Madrid, España)

La figura del papa León ha adquirido en estos dos últimos viajes apostólicos. a España y a Francia, los rasgos de un verdadero líder mundial, y no sería aventurado decir que es quizás el más importante. Su empática semisonrisa invita a iniciar al diálogo sin decir una palabra. Su humildad desarmante neutraliza los exabruptos. Su voz y sus gestos miran más allá de las contingencias humanas, porque el Papa no le habla a ningún gobierno ni a ninguna oposición, sino al interior de las personas. El Reino de los Cielos está dentro de vosotros.

Un referente moral

Sin embargo, no faltan ocasiones en las que sus palabras suelen ser objeto de una forzada interpretación política, y esto ocurre cuando se excluye o al menos se minimiza la perspectiva de la fe. Si un ojo pudiera ver sólo en dos dimensiones, no verá tres y se perderá la realidad. Mejor dicho, dirá que la realidad es lo que ve. Si se libera al corazón de las ideologías que lo aprisionan, resulta muy sencillo entender que León no va al cotolengo para reclamar ningún presupuesto.

Un Papa es hoy una referencia ética para cristianos, pero también para los que no lo son, y desde luego que no es propiamente un líder político, al menos en el estilo en que suelen serlos los otros. Pero ningún líder político posee la capacidad de convocatoria que reúne un pontífice, se llame Juan, Pablo, Juan Pablo, Francisco o León. El papa siempre ha sido tradicionalmente un primus inter pares (el primero entre iguales), pero ahora lo es más.

De otra parte, está claro que no todos los que aclaman a León XIV con fervor son un modelo de piedad ni tienen por qué serlo, probablemente no vayan a misa ni cumplan las reglas de un buen cristiano, pero no es eso lo que importa, sino que expresan a su modo una orfandad y sobre todo el deseo del reconocimiento de ese liderazgo moral.

Toda esta movilización católica está haciendo revisar las previsiones de los que estudian las mutuas imbricaciones entre la religión y la sociedad. ¿No nos habremos equivocado, entusiasmados por descubrir escenarios a la medida de nuestras propias ideas sobre la realidad? Recuerdo el comentario de un teólogo durante una estancia romana, cuando me advertía: “Ustedes en Latinoamérica no se apresuren a trasplantar lo que pasa en el viejo mundo”. Incluso aquella decadencia señalada por las encuestas europeas parece no ser tal si se examinan los números y las expresiones que en estos días aparecen aquí y allá por doquier.

Algunos ya lo había entrevisto recordando La Revanche de Dieu que había anunciado tempranamente Gilles Kepel. Andrea Riccardi, el fundador de la Comunitá de Sant’ Egidio, ha reflexionado sobre cómo nuestro tiempo estaba comenzando a refutar la consigna ilustrada de: más modernidad, menos religión. “Personalmente no estoy convencido de que Europa esté tan secularizada como se dice”, había sospechado el historiador, y los hechos certifican su aserto.

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León XIV ante la tumba del papa Francisco en la Basílica de Santa María Maggiore, en Roma

La ciudad secular parece vacilar ante una inédita sed de lo divino. El humo del incienso se eleva hacia lo alto mientras su perfume purifica el ambiente. En algunos casos los santos, antes o después de muertos, despiden una fragancia que no tiene una explicación natural. Sus buenos aires donde brillan los perfumes representan la pureza de la vida cristiana. Es el olor de santidad.

El lío de Dios

La Virgen es protagonista de algunos de estos casos, como en la historia de nuestra Señora de Guadalupe. Una de sus advocaciones es Rosa Mística. Las rosas anuncian la presencia de una realidad divina. Rosario quiere decir conjunto o corona de rosas. Un rosario es un collar de rosas para adornar el cuerpo y el alma de la Virgen.

No sé si este Papa es un santo, pero se le parece bastante. Sólo sé que lo estamos esperando con ansia. Los santos son los que hacen el bien por amor de Dios en la persona de los otros. Por eso en sus lápidas se puede percibir esta inscripción invisible que sólo ve quien debe verla: Dios. Esa inscripción es un rezo que dice: Pretransit benefaciendo. Pasó haciendo el bien.

Me parece percibir que hay algo en la próxima visita que me recuerda un mandato de Francisco: Hagan lío. Tengo para mí que esta venida de León va a ser otra celebración festiva de la fe. Es una fe que nos viene de antaño, de nuestro nacimiento como Nación, y que nos alienta a cantar y a caminar. La muchedumbre está ahí, en una espera esperanzada que nos interpela como una identidad colectiva, la de un pueblo. Vamos, vamos, Argentina / Vamos, vamos, a ganar / Que esta barra bullaguera / No te deja, no te deja de alentar.

[El autor es profesor emérito de la Universidad Austral y director académico del Instituto de Cultura del Centro Universitario de Estudios (Cudes)]

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