La educación es libertad

El diputado provincial de La Libertad Avanza propone una profunda revisión del modelo educativo bonaerense, poniendo el foco en recuperar el aprendizaje, fortalecer la evaluación y la autoridad pedagógica

Persona de espaldas sentada ante un libro abierto y una computadora portátil en una mesa de madera dentro de una biblioteca.
"La inteligencia artificial ya forma parte del mundo en el que viven los estudiantes, y la escuela no puede ignorarla", sostuvo Ontiveros (Imagen Ilustrativa Infobae)
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La educación argentina suele debatirse a partir de indicadores administrativos: matrícula, promoción, egreso. Son datos necesarios, pero insuficientes. El desafío central es garantizar que cada estudiante aprenda en la escuela, porque permanecer dentro del sistema no equivale, por sí solo, a incorporar conocimientos ni a adquirir herramientas para desarrollar una vida autónoma.

La pregunta que debería ordenar la discusión educativa es simple: ¿qué aprendió cada alumno? Cuando esa pregunta pierde centralidad, la escuela corre el riesgo de confundir el avance formal de una trayectoria con su propósito esencial. Aprobar, pasar de año o recibir un certificado deben ser consecuencias de un proceso de enseñanza y aprendizaje; no su reemplazo.

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El estudiante debe volver al centro de la política educativa

Poner al estudiante en el centro implica comprender que el aprendizaje no ocurre en abstracto. Cada persona atraviesa, al mismo tiempo, un desarrollo biológico, cognitivo, personal y social. Esas dimensiones influyen en la manera de aprender, de vincularse con otros, de afrontar obstáculos y de construir autonomía.

La escuela debe reconocer esas particularidades para enseñar mejor. Pero comprenderlas no puede convertirse en una excusa para reducir expectativas. Conocer a un estudiante debería permitir diseñar estrategias más adecuadas, ofrecer apoyos oportunos e intervenir ante una dificultad. La meta sigue siendo que alcance los aprendizajes que necesita.

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Una balanza negra inclinada sostiene diplomas en el plato izquierdo y un libro abierto con una cabeza con engranajes en el plato derecho.
Cada persona atraviesa, al mismo tiempo, un desarrollo biológico, cognitivo, personal y social (Imagen Ilustrativa Infobae)

Hay una brecha educativa que muchas veces queda fuera de la discusión. Un alumno puede avanzar en su escolaridad y, al mismo tiempo, tener dificultades para sostener el esfuerzo, tolerar la frustración, asumir responsabilidades, resolver conflictos o actuar con autonomía. Estas capacidades forman parte de las condiciones para aprender, trabajar y desenvolverse en la vida adulta.

Acompañar ese proceso no significa sustituir al estudiante ni quitarle responsabilidades. Significa darle herramientas para que pueda asumirlas de manera progresiva. La inclusión no puede identificarse con la ausencia de exigencia. Incluir es crear las condiciones para que todos puedan aprender y actuar cuando los resultados muestran que esas condiciones no alcanzaron.

Acompañar y exigir son responsabilidades complementarias

Acompañar a un alumno es ayudarlo a superar una dificultad. Exigirle es establecer con claridad qué debe aprender. No son ideas opuestas. El problema aparece cuando se confunde el acompañamiento con la aprobación automática o la inclusión con una vara cada vez más baja.

Luis Ontiveros
Aprobar, pasar de año o recibir un certificado deben ser consecuencias de un proceso de enseñanza y aprendizaje

Si un estudiante no aprendió, el sistema no puede limitarse a hacerlo avanzar. Debe volver a enseñar, intensificar los apoyos, probar otras estrategias y evaluar otra vez. La promoción sin aprendizajes termina por vaciar de sentido la acreditación.

En ese recorrido, la evaluación tiene un papel decisivo. No debería ser apenas una nota al final de un período, sino una herramienta para saber qué sabe, qué comprende y qué puede hacer cada alumno. Evaluar permite diagnosticar; el diagnóstico orienta la intervención; la intervención abre una nueva oportunidad de enseñanza. Luego, hace falta volver a evaluar para determinar si esa respuesta dio resultado.

Debilitar la evaluación implica perder información sobre los aprendizajes y sobre las fallas del propio sistema. Una escuela que no conoce con precisión qué logran sus estudiantes tampoco puede corregir a tiempo las dificultades que los afectan. La evaluación debe estar al servicio de enseñar mejor, no de etiquetar a quienes aprenden.

La acreditación debe reconocer saberes reales

Una cosa es transitar por el sistema educativo y otra, aprender dentro de él. Un estudiante puede haber permanecido muchos años en la escuela y conservar dificultades importantes en lectura, escritura, matemática, pensamiento crítico o resolución de problemas. Por eso la trayectoria importa, pero cobra sentido cuando está acompañada por aprendizajes efectivos.

Una persona lleva una llave grande con símbolos matemáticos hacia un umbral, con diplomas y pergaminos flotando a la izquierda.
"Aprobar, pasar de año o recibir un certificado deben ser consecuencias de un proceso de enseñanza y aprendizaje; no su reemplazo", sostuvo el legislador libertario (Imagen Ilustrativa Infobae)

Acreditar debería significar reconocer que ciertos conocimientos y capacidades fueron alcanzados. El orden es fundamental: primero tiene que haber enseñanza; después, pruebas de que el aprendizaje ocurrió; recién entonces corresponde acreditar. Invertir esa secuencia convierte al certificado en un fin en sí mismo y debilita su valor.

También debemos mirar las condiciones en que enseñan los docentes. Tienen una responsabilidad enorme, pero no pueden cargarla en soledad. Necesitan formación sólida en sus disciplinas, preparación pedagógica y actualización permanente. Además, requieren instituciones que permitan enseñar, con tiempo pedagógico cuidado, infraestructura adecuada y respuestas ante la violencia y las interrupciones que afectan la tarea cotidiana.

No se puede exigir mejores resultados sin garantizar condiciones para que el docente pueda entrar al aula y enseñar. Del mismo modo, no se puede pedir autonomía a los alumnos sin darles una escuela que sostenga sus procesos y establezca expectativas claras.

La educación también es una condición de libertad

La evaluación debe alcanzar a los estudiantes, pero también al sistema educativo. Una política responsable necesita información sobre resultados, trayectorias y condiciones institucionales. Las decisiones no pueden descansar únicamente en discursos o buenas intenciones. Hace falta saber qué medidas funcionan, cuáles no y qué debe modificarse.

Cuando los problemas persisten durante años y las políticas no se corrigen, la cuestión deja de ser exclusivamente pedagógica. Pasa a ser una responsabilidad de quienes toman decisiones. La evidencia debe orientar las políticas educativas y permitir que se rindan cuentas por sus resultados.

Joven de perfil sentado frente a un banco de madera que escribe en un cuaderno abierto junto a una cartuchera y un pizarrón verde.
"Una reforma educativa debería partir de una convicción básica: no alcanza con que un alumno esté en la escuela. Tenemos que asegurar que aprenda en ella", indicó Ontiveros (Imagen Ilustrativa Infobae)

Para mí, la educación es libertad. Quien comprende lo que lee, se expresa con claridad, analiza información, resuelve problemas y puede seguir aprendiendo cuenta con más herramientas para decidir sobre su propia vida. La escuela debe formar personas capaces de pensar por sí mismas, no solo alumnos capaces de recorrer un sistema.

Ese desafío adquiere una nueva dimensión frente a la transformación tecnológica. La inteligencia artificial ya forma parte del mundo en el que viven los estudiantes, y la escuela no puede ignorarla. Es necesario enseñar a usar estas herramientas, pero también a conocer sus límites, verificar información, formular preguntas y examinar críticamente las respuestas que ofrecen.

La tecnología cambiará; las herramientas de hoy pueden quedar obsoletas mañana. Por eso la prioridad debe estar en los conocimientos sólidos y en capacidades duraderas: pensamiento crítico, comunicación, creatividad, resolución de problemas, autonomía y competencias digitales. Preparar para el futuro exige enseñar a aprender durante toda la vida.

Una reforma educativa debería partir de una convicción básica: no alcanza con que un alumno esté en la escuela. Tenemos que asegurar que aprenda en ella. Eso requiere docentes formados y respetados, instituciones donde se pueda enseñar, evaluación que informe, supervisión que acompañe y controle, apoyos para recuperar aprendizajes y una acreditación que reconozca saberes reales.

Comprender integralmente a cada estudiante es indispensable, pero esa comprensión debe servir para enseñar mejor, no para justificar que se le enseñe menos. Una escuela que enseña amplía las posibilidades de elegir. Una escuela que solo certifica trayectorias, sin garantizar aprendizajes, entrega papeles allí donde debería entregar herramientas para la vida.