La cancelación y la sincronicidad de Jung

La cancelación nació en nombre de causas progresistas, pero terminó copiando una vieja lógica autoritaria: en vez de discutir al que piensa distinto, ocultarlo

Dos imágenes en blanco y negro de Vladimir Lenin dando un discurso sobre un estrado de madera ante un grupo de personas
Dos versiones de una fotografía histórica ilustran el retoque del discurso de Vladimir Lenin tras la eliminación de dirigentes políticos junto a la tribuna, entre ellos Trotsky. (Infobae)
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La cancelación parte de una idea bastante simple: hay gente con la que ya no vale la pena discutir. Lo que dice, lo que piensa o lo que representa es tan inadmisible que la solución no consiste en contestarle sino en impedirle hablar. Y lo más curioso es que esto haya prendido justamente entre intelectuales, artistas, profesores, gente que, en teoría, debería vivir de la libertad de pensamiento, de la libertad de equivocarse. Tengo una regla bastante elemental: a las palabras se les contesta con palabras. Si un tipo dice una barbaridad, se la discutís. Le explicás por qué crees que está equivocado. Lo refutás una vez, diez veces, cien veces si hace falta. Pero no pasás de ahí a decir: como no me gusta lo que pensás, no te sentás en esta mesa, no hablás en esta universidad o no exponés en este museo. Las cosas, además, deberían discutirse en el terreno que corresponde: las ideas con ideas, los hechos con hechos y una obra como obra.

Cancelar a Da Vinci

En el arte esto se ve de una manera casi cómica. Caravaggio asesinó a un hombre, Céline fue un antisemita feroz, Ezra Pound hizo propaganda fascista. Sobre Picasso sobran testimonios acerca de la manera espantosa en que trató a algunas mujeres, Leonardo Da Vinci era pedófilo. Si para entrar a un museo o a una biblioteca el autor tuviera que presentar primero un certificado de buena conducta, habría que vaciar medio museo y quemar media biblioteca. A mí puede importarme saber quién fue Picasso. Puedo incluso pensar que como persona era un hijo de puta. Pero cuando estoy delante del Guernica, la pregunta sigue siendo si el cuadro es bueno o malo. Picasso no mejora moralmente porque haya pintado el Guernica, y el Guernica tampoco empeora porque Picasso haya sido un canalla. Uno puede condenar lo que hizo una persona. Puede rechazar lo que piensa. Puede discutirle cada una de sus ideas. Lo que no debería hacer es utilizar esa condena para destruir, esconder o despreciar aquello valioso que esa persona fue capaz de crear. Ni, mucho menos, utilizarla para quitarle el derecho a seguir hablando. Porque ahí se produce el cambio. Ya no quiero discutir con vos: quiero que desaparezcas de la discusión. Ya no digo: “Lo que decís está mal por esto, por esto y por esto.” Digo simplemente: “Vos, afuera.” Y ahí hay algo que hace tiempo me da vueltas. Todos los movimientos políticos, prácticamente sin excepción, dicen querer el bien de la gente. Todos quieren justicia, libertad, progreso, felicidad, el futuro de nuestros hijos y cualquier otra cosa que quede bien en un discurso. Si uno se queda solamente con lo que proclaman, son todos bastante parecidos.

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Vista del Guernica de Picasso en el Museo Reina Sofía de Madrid (EFE)
Vista del Guernica de Picasso en el Museo Reina Sofía de Madrid (EFE)

La diferencia aparece en los métodos. No creo que la metodología alcance para definir toda una ideología, pero dice muchísimo sobre su relación con el poder. Qué hacés con el que piensa distinto. Si le discutís o lo callás. Si tratás de convencerlo o tratás de apartarlo. Si aceptás que puede equivocarse —o que podés estar equivocado vos— o si decidís directamente que hay gente a la que no hay que escuchar. Ahí la cancelación empieza a mostrar una cara bastante menos progresista de lo que supone. Y entonces se me ocurre Jung. Jung contó que en 1909 estaba discutiendo con Freud justamente sobre fenómenos que Freud consideraba supersticiones. En medio de la discusión se produjo un estruendo muy fuerte en una biblioteca que tenían al lado. Freud lo descartó como un ruido del mueble. Jung dijo que volvería a ocurrir, que algo se había roto, y, según su relato, volvió a ocurrir. Freud confirmó después, en una carta del 16 de abril de 1909, que aquellos ruidos habían ocurrido, aunque terminó atribuyéndolos a crujidos del mobiliario y quitándoles cualquier significado especial. Años después Jung desarrollaría su idea de la sincronicidad: no que una cosa cause necesariamente a la otra, sino que dos acontecimientos sin una relación causal evidente, puestos juntos, pueden adquirir un significado. No sé si la sincronicidad explica algo. Probablemente no explique nada. Pero como metáfora es irresistible. Porque mientras una parte del mundo intelectual y cultural fue incorporando métodos destinados a sacar de circulación al que piensa distinto, fuerzas de derecha y extrema derecha fueron ganando espacio político en distintos países. No es una afirmación universal ni significa que todo el mundo se haya “derechizado”; los procesos son diferentes según el país. Pero el crecimiento reciente de fuerzas como la AfD alemana es un hecho verificable. No digo que una cosa haya provocado la otra. No tengo la menor prueba de eso. Digo que ocurren al mismo tiempo.

Amputar la imaginación

Y vale la pena mirarlas juntas. Porque hay algo bastante absurdo en que, precisamente en una época en la que necesitamos más inteligencia, más imaginación y más capacidad para pensar cosas nuevas, una parte de quienes deberían producirlas se dedique a ponerles fronteras. Necesitamos creatividad para discutir el poder, para pensar las guerras, para encontrar salidas donde aparentemente no las hay, para cuestionar aquello que parece inevitable. Y resulta que al mismo tiempo empezamos a decidir qué se puede decir, quién puede sentarse en una mesa, qué artista merece estar colgado en una pared y qué autor merece seguir siendo leído. Y además nos vamos sacando aliados de encima. Porque nunca sabés de dónde va a salir una idea. Puede salir del tipo que te cae mal, del que piensa distinto, del que dijo una barbaridad ayer, de la mujer a la que no querían dejar hablar en una conferencia. A lo mejor, entre cien cosas con las que no estás de acuerdo, aparece una idea que sirve. Pero para enterarte, primero tenés que dejarla hablar. La inteligencia tiene una característica bastante molesta: no siempre aparece donde uno quisiera. Por eso la discusión no es solamente moral. También es práctica. Cada persona que expulsás de la conversación es una posibilidad menos. Cada libro que decidís no leer por quién lo escribió, una posibilidad menos. Cada artista que reducís a su biografía, una posibilidad menos. Cada idea que impedís escuchar porque viene de la persona equivocada, una posibilidad menos. Y en un momento en que hacen falta posibilidades, dedicarse a eliminarlas parece una estupidez bastante cara.

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El tamaño del garrote

Después queda el problema del poder. El que controla una mesa redonda te baja de la mesa. El que controla un museo te descuelga de la pared. El que manda en una universidad consigue que no des una conferencia. Cada uno utiliza el poder que tiene. Por suerte, normalmente no tienen mucho más. Y ahí aparece la ironía bastante siniestra de todo esto. Tal vez la distancia entre el pequeño autoritario que cancela y formas mucho más brutales de autoritarismo no esté solamente en las ideas que proclaman, sino también en los instrumentos que cada uno tiene a mano para castigar. Cada uno castiga hasta donde le alcanza el poder. Al final, la pena no siempre es proporcional a la falta. Muchas veces es proporcional al tamaño del garrote que tiene en la mano el que castiga. Y mientras discutimos quién merece o no merece sentarse a la mesa, quizá estamos desperdiciando justamente aquello que más necesitamos conservar: la capacidad de imaginar algo distinto. La imaginación no es algo que podamos darnos el lujo de cancelar.

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