NAZA: el rugido del león

La reacción del poder ante un documental premiado en Venecia, basada en 24 testimonios de militares e inteligencia, expone una deriva: convertir el disenso en sospecha mientras se pospone la discusión de evidencias

Una mujer con gafas y un hombre con barba vestidos de negro posan frente a un fondo azul con letras y logotipos blancos
Los cineastas Rachel Szor y Yuval Abraham, del equipo de No Other Land, posan ante el mural publicitario del Festival Internacional de Cine de Venecia.
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* NAZA es una sigla de la jerga militar israelí derivada del hebreo nezek agavi (נזק אגבי), que significa “daño colateral”.

Yuval Abraham y Rachel Szor no son dos improvisados que descubrieron Gaza la semana pasada.

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Formaron parte del equipo de No Other Land, que ganó el Oscar al mejor documental. Ahora dirigieron NAZA, una investigación realizada durante tres años y construida alrededor de los testimonios de 24 integrantes o exintegrantes del Ejército y de los servicios de inteligencia israelíes. Sus identidades fueron protegidas y sus voces e imágenes, modificadas. La película acaba de obtener el Premio Especial del Jurado en el Festival de Venecia.

Yo todavía no la vi.

Por lo tanto, no sé si NAZA revela información relevante que no conocíamos o es una visión parcial de la guerra contra Hamás.

Puede ser una investigación formidable, puede contener errores, exageraciones, testimonios discutibles o conclusiones tendenciosas. Cuando la vea podré tener una opinión.

El carro adelante del caballo

Cuando desde el gobierno israelí comenzaron a condenarla, quienes lo hicieron tampoco la habían visto. La habían visto el jurado que la premió, los críticos que asistieron a la proyección y el público de Venecia. Los productores de la película denunciaron precisamente que las autoridades que la atacaban lo hacían sin haberla visto.

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Yuval Abraham y Rachel Szor reciben el Premio Especial del Jurado por «Naza» durante la ceremonia de clausura del 83.º Festival Internacional de Cine de Venecia, el 12 de septiembre. Foto: REUTERS
Yuval Abraham y Rachel Szor reciben el Premio Especial del Jurado por «Naza» durante la ceremonia de clausura del 83.º Festival Internacional de Cine de Venecia, el 12 de septiembre. Foto: REUTERS

La reacción fue extraordinaria.

El ministro de Cultura israelí, Miki Zohar, habló de traición y planteó quitarles la ciudadanía a sus realizadores. Benjamin Netanyahu anunció que impulsaría legislación para retirar la ciudadanía a quienes, según su definición, difamen a los soldados israelíes. Y el Ejército comenzó a estudiar posibles acciones relacionadas con quienes participaron del documental.

El gobierno israelí invirtió el orden y quedó en evidencia.

Primero se condenó la película.

Después se amenazó a quienes la hicieron.

Después va a intentar saber quién habló.

Y recién después en algún momento, quizás, van a verla.

Yo prefiero hacerlo al revés.

Quiero verla y después decidir si lo que cuenta es cierto, falso, exagerado o tendencioso.

Una película se discute con argumentos. Una investigación se rebate con documentos, testimonios y pruebas. Si sus autores mintieron, se demuestra dónde mintieron.

No se los amenaza con convertirlos en extranjeros en su propio país.

No necesito que me expliquen el 7 de octubre

En mi caso esta discusión no ocurre a diez mil kilómetros de distancia.

Soy judío. Tengo buena parte de mi familia en Israel y el 7 de octubre Hamás asesinó a cinco integrantes de ella: Tamar, Yonatan y sus hijos Shakar, Arbel y Omer.

Los mataron en su propia casa y después la incendiaron.

Pero hay una historia anterior que explica todavía mejor por qué no necesito que nadie me dé una clase acerca de Hamás.

En el kibutz trabajaba desde hacía años un palestino llamado Said. Había llegado a establecer con mi familia y con otros habitantes del lugar una relación casi familiar.

Un hombre, una mujer y tres niños sonríen juntos en un entorno exterior con vegetación de fondo
Tamar, Yonatan y sus hijos Shakar, Arbel y Omer, familiares de Gabriel Levinas, fueron asesinados por Hamás en el atentado terrorista del 7 de octubre de 2023

Said, otros palestinos y habitantes del kibutz habían impulsado incluso la compra de una ambulancia. Con ella entraban a Gaza, buscaban niños enfermos que necesitaban tratamientos que no podían recibir allí, los trasladaban a hospitales israelíes y después los devolvían.

No se limitaban a hablar de convivencia.

La practicaban.

Said comía con ellos. Conocía las casas israelíes. Conocía a las familias. Almorzaba a veces con mis parientes. Sabía quién era quién.

Después del 7 de octubre supimos que ese hombre, junto con otros palestinos que habían tenido aquella relación de confianza, había colaborado con quienes entraron al kibutz, señalándoles lugares y personas. Said participó en la masacre. Yo mismo conté públicamente esa historia pocas semanas después.

Por eso no necesito que nadie me explique quién es Hamás.

Sé lo que hizo y lo que quiere hacer.

Sé también que no estamos simplemente ante una discusión por una frontera. Hamás ha sostenido históricamente objetivos incompatibles con la existencia de Israel y el 7 de octubre demostró qué podía hacer cuando conseguía atravesar esa frontera.

Israel tenía derecho a defenderse. Más todavía: tenía la obligación de hacerlo.

Pero de esa afirmación no se desprende que todo lo que haga Israel para defenderse sea necesariamente correcto.

Mirar Gaza causa dolor

Cuando uno observa la dimensión de la destrucción de Gaza, las ciudades arrasadas y la cantidad extraordinaria de civiles muertos, tiene derecho a preguntarse qué ocurrió.

También sabemos que Hamás combate desde zonas densamente pobladas, utiliza infraestructura civil para lanzar sus ataques y ha puesto deliberadamente a su propia población en peligro. Una guerra urbana de esas características plantea problemas militares y morales extraordinarios.

Un hombre camina de espaldas cargando una caja blanca al hombro entre grandes montículos de escombros y restos de edificios destruidos
Una persona traslada una caja sobre su hombro entre los escombros de estructuras destruidas en la Franja de Gaza.

Todo eso debe formar parte de la discusión.

Pero no puede utilizarse para impedirla.

NAZA se mete precisamente allí.

Sus realizadores dicen haber recogido el testimonio de 24 militares y miembros de los servicios de inteligencia israelíes que describen desde adentro mecanismos de selección de objetivos, utilización de sistemas tecnológicos y cálculos acerca de las víctimas civiles aceptables en determinados ataques.

El Ejército israelí rechaza esa interpretación y sostiene que sus procedimientos buscan precisamente reducir las víctimas civiles.

Perfecto.

Ahí tenemos una discusión.

Debemos escuchar a los 24.

Debemos escuchar al Ejército.

Quiero conocer las pruebas de Abraham y Szor.

Quiero conocer las pruebas que los contradicen.

Y después sacaré mis conclusiones.

No necesito que Netanyahu las saque por mí.

Y está claro que muchos israelíes tampoco.

El derecho a pensar

Hay algo profundamente despectivo hacia una sociedad cuando el poder decide qué puede ver porque supone que, si accede a determinada información, puede ser engañada.

Es tratar al ciudadano como a un menor de edad.

¿Tan poca confianza tiene Netanyahu en los israelíes?

¿Tan poca confianza tenemos en los judíos?

Que muestren la película.

Que la vea todo Israel.

Que hablen los militares que la cuestionan. Que hablen los directores. Que aparezcan investigadores, periodistas, especialistas y testigos.

Y que cada uno piense lo que se le dé la gana.

¿No era Israel la única democracia en Medio Oriente? Ejérzanla

El rugido del león

Hay una vieja idea que dice, más o menos, que si uno convive demasiado tiempo con un león, llega un momento en que rugir empieza a parecerle razonable.

Con los enemigos puede ocurrir algo parecido.

Ilustración a lápiz sobre papel deteriorado que representa a un anciano con barba junto a una pala en un campo con una bandera nazi al fondo
Dibujo que la familia Levinas donó al Museo del Holocausto en Washington de un campo de concentración

Cuando uno combate durante muchos años contra el mismo enemigo corre el riesgo de empezar a incorporar sus métodos, su lenguaje y hasta su manera de pensar.

Aquello que al principio nos resultaba intolerable empieza a parecernos comprensible. Después necesario. Finalmente, normal.

El enemigo no solamente puede derrotarnos destruyéndonos. También puede hacerlo consiguiendo que, para combatirlo, terminemos pareciéndonos a él.

Y para que eso no ocurra, un líder, un gobierno y una sociedad necesitan tener algunos principios que estén fuera de toda discusión, especialmente durante una guerra. Alcanzaría con pensar en qué diría Golda Meir.

Los principios que solamente se respetan cuando todo va bien no son principios. Son comodidades.

La libertad de expresión debe ser uno de ellos.

El derecho a investigar al poder, otro.

Tener derecho a disentir sin convertirse por eso en traidor.

El derecho de un ciudadano a conservar su ciudadanía aunque haga una película que enfurezca al poder.

Y confiar en que una sociedad adulta puede escuchar versiones distintas y sacar sus propias conclusiones.

Esos límites deben ser inalterables porque son precisamente los que impiden que el miedo, la guerra y el odio al enemigo terminen transformándonos.

El pueblo judío conoce demasiado bien lo que significa que un Estado decida quién pertenece y quién deja de pertenecer; qué puede decirse y qué debe silenciarse; quién es patriota y quién traidor.

Por eso nosotros, más que nadie, deberíamos ser cuidadosos con los métodos que utilizamos para defendernos.

No estoy equiparando a Israel con la Alemania nazi. Sería histórica y moralmente absurdo.

Estoy diciendo algo distinto: haber sido víctimas del autoritarismo no nos vacuna contra la posibilidad de ejercerlo.

Y si para defender la existencia del Estado de Israel comenzamos a perseguir fuentes, amenazar con quitar ciudadanías, convertir la discrepancia en traición o establecer desde el poder qué puede conocer la población, habremos empezado a destruir precisamente aquello que decimos defender.

Si para derrotar a nuestros enemigos terminamos eliminando la libertad de expresión, la discusión de ideas y las garantías democráticas que distinguen nuestra sociedad de la de ellos, habremos obtenido una victoria militar a un precio monstruoso.

Nos habrán hecho parecernos un poco más a aquello que combatíamos.

El rugido del león habrá empezado a parecernos razonable.

El judío como enemigo

Todo esto tiene además otra consecuencia que me preocupa especialmente.

El antisemitismo no nació con Netanyahu ni con la guerra de Gaza.

Durante siglos el judío fue el culpable disponible.

Benjamin Netanyahu, primer ministro de Israel. Foto: Reuters
Benjamin Netanyahu, primer ministro de Israel. Foto: Reuters

Fue responsable de las pestes, de beber la sangre de los niños cristianos, de controlar los bancos, de manejar gobiernos, de organizar revoluciones y, simultáneamente, de dominar el capitalismo.

Las acusaciones cambiaban.

El culpable seguía siendo el mismo.

El judío ha sido uno de los grandes enemigos imaginarios utilizados para cohesionar sociedades alrededor de una amenaza.

Por eso resulta particularmente peligroso confundir al gobierno de Israel con Israel, a Israel con los judíos y a los judíos con Netanyahu.

Criticar una decisión militar israelí no convierte automáticamente a nadie en antisemita.

Y ser judío o defender el derecho de Israel a existir no obliga a defender cada decisión del gobierno israelí.

Muchos de mis propios familiares en Israel —incluidos algunos que padecieron el 7 de octubre de una manera mucho más cercana que yo— están en contra de Netanyahu y de la manera en que condujo la guerra.

No dejaron por eso de ser israelíes.

Mucho menos dejaron de ser judíos.

Bibi, el mejor publicista de NAZA

Y finalmente hay algo casi cómico, si el asunto no fuera tan grave.

Netanyahu parece no estar enterado del efecto Streisand.

El fenómeno es conocido: alguien intenta impedir que una información circule y consigue exactamente lo contrario. La tentativa de censura se convierte en la mejor publicidad de aquello que se quería ocultar.

NAZA ya había obtenido un premio importante en Venecia. Probablemente habría recorrido festivales, algunas salas y plataformas y habría sido vista principalmente por personas interesadas en Gaza, Israel o el cine documental.

Entonces apareció el gobierno israelí.

Gritando traición.

Amenazando con quitarles la ciudadanía.

Persiguiendo a quienes hablaron.

Castigando a quienes difamen al Ejército.

Y de pronto medios de todo el mundo comenzaron a hablar de NAZA.

Una película que millones de personas jamás habrían buscado pasó a convertirse en algo que ahora quieren ver precisamente porque alguien pretende que no la vean.

Si Netanyahu quería reducir la repercusión de NAZA, acaba de convertirse en su mejor agente de prensa.

Yo, por ejemplo, ahora tengo todavía más ganas de verla.

Y cuando la vea decidiré si Abraham y Szor hicieron una gran investigación, una película equivocada o una obra tendenciosa.

Pero esa decisión quiero tomarla yo.

Porque quizás el triunfo más profundo de un enemigo no sea conseguir matarnos.

Quizás sea conseguir que terminemos hablando su idioma.

Y yo no necesito que ningún gobierno me proteja de una película.