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La delgada línea de la tríada: tasas, dólar e inflación en la Argentina actual

Entre el crédito, la actividad y la calma cambiaria, el margen de maniobra es estrecho y cualquier movimiento puede tener costos económicos y políticos

En una economía bimonetaria como la argentina, el aumento de la liquidez no siempre permanece en pesos. Parte puede migrar hacia el dólar (Foto AP)
En una economía bimonetaria como la argentina, el aumento de la liquidez no siempre permanece en pesos. Parte puede migrar hacia el dólar (Foto AP)
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La política económica argentina enfrenta, una vez más, una de sus tensiones estructurales más persistentes: la delgada línea que separa las decisiones sobre la tasa de interés, el tipo de cambio y la inflación. En el contexto de 2026, con una desinflación que avanza hacia tasas mensuales en torno de 2% o incluso inferiores, un dólar que opera dentro de bandas de flotación y una acumulación de reservas en el BCRA que supera las metas del programa con el FMI, el Gobierno y el Banco Central de la República Argentina se encuentran ante un dilema de hierro:

  1. Bajar los encajes bancarios y permitir una mayor relajación de las tasas de interés podría reactivar el crédito, reducir la mora y dinamizar la actividad doméstica. Pero también abriría la puerta a una corrección cambiaria y a un rebote inflacionario.
  2. Mantener el sesgo prudente, en cambio, consolida la estabilidad nominal, pero deja sin respuesta el reclamo de un mercado que necesita crédito más barato, salarios reales en recuperación y un repunte más robusto de la demanda interna.

En cualquiera de los dos caminos, la crítica de la opinión pública está garantizada.

La tasa de interés y los encajes determinan la liquidez disponible para el sistema financiero

La tríada es conocida. La tasa de interés y los encajes determinan la liquidez disponible para el sistema financiero. Una reducción de las exigencias de efectivo mínimo libera capacidad prestable: los bancos pueden destinar una porción mayor de los depósitos al crédito. En teoría, esto abarata el fondeo, comprime el spread entre tasas pasivas y activas, y estimula el consumo y la inversión.

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Sin embargo, en una economía bimonetaria como la argentina, el aumento de la liquidez no siempre permanece en pesos. Parte puede migrar hacia el dólar, especialmente si se reactivan las expectativas de depreciación o si el carry trade pierde atractivo. El resultado potencial es una presión sobre el tipo de cambio que, por el traspaso a precios, vuelve a alimentar la inflación.

Pila de billetes de cien dólares estadounidenses junto a billetes argentinos con escudo y números de serie, sobre papel rugoso.
El crédito al sector privado, particularmente el orientado a las familias, sigue marcado por una mora elevada y por tasas activas que, pese a la baja de las pasivas hacia el 21% o 22% TNA, permanecen altas (Imagen Ilustrativa Infobae)

Por el contrario, sostener una política monetaria más restrictiva, todavía en niveles elevados en comparación con la historia reciente, permite anclar expectativas, absorber shocks externos y mantener el tipo de cambio dentro de un rango previsible.

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Los datos del segundo trimestre de 2026 muestran que la inflación mensual promedió 2,2%, con proyecciones del Relevamiento de Expectativas de Mercado que ubican el cierre del año cerca del 30% interanual. El Banco Central ha comprado más de USD 13.600 millones en lo que va del año.

Esa estabilidad nominal es un logro no menor después de años de inflación de tres dígitos. Pero tiene un costo visible: el crédito al sector privado, particularmente el orientado a las familias, sigue marcado por una mora elevada y por tasas activas que, pese a la baja de las pasivas hacia el 21% o 22% TNA, permanecen altas. La actividad doméstica y el salario real no repuntan con la fuerza que el mercado y la sociedad reclaman.

La actividad doméstica y el salario real no repuntan con la fuerza que el mercado y la sociedad reclaman

Este dilema encuentra eco en el pensamiento de economistas internacionales de primer nivel.

Robert Mundell, premio Nobel de Economía en 1999, formalizó el “trilema imposible”, o trinidad inconsistente: es imposible mantener simultáneamente un tipo de cambio estable, libre movilidad de capitales y una política monetaria plenamente independiente. En la práctica argentina actual, relajar las tasas de interés y los encajes para impulsar el crédito y la actividad choca directamente con la estabilidad del dólar; priorizar esta última implica resignar autonomía monetaria y aceptar un costo en términos de liquidez y crecimiento doméstico.

Olivier Blanchard, execonomista jefe del FMI y una de las voces más influyentes de la macroeconomía global, ha analizado el caso argentino al señalar que las estabilizaciones basadas en el tipo de cambio suelen generar una sobrevaluación temporal, tasas de interés elevadas y el riesgo de que la paciencia de los votantes se agote (Foto: Reuters)
Olivier Blanchard, execonomista jefe del FMI y una de las voces más influyentes de la macroeconomía global, ha analizado el caso argentino al señalar que las estabilizaciones basadas en el tipo de cambio suelen generar una sobrevaluación temporal, tasas de interés elevadas y el riesgo de que la paciencia de los votantes se agote (Foto: Reuters)

Olivier Blanchard, execonomista jefe del FMI y una de las voces más influyentes de la macroeconomía global, ha analizado el caso argentino al señalar que las estabilizaciones basadas en el tipo de cambio suelen generar una sobrevaluación temporal, tasas de interés elevadas y el riesgo de que la paciencia de los votantes se agote. Cuando eso ocurre, las anticipaciones de devaluación pueden desencadenar fugas de capitales, especialmente en una economía parcialmente dolarizada.

Paul Krugman, Nobel en 2008, ha advertido históricamente sobre los costos de anclar de manera rígida el tipo de cambio en la Argentina: al limitar la capacidad de usar la política monetaria para responder a shocks o estimular la demanda, puede prolongarse una recesión o un estancamiento de la actividad, incluso si se logra bajar la inflación.

Cuando las tasas activas se mantienen altas o la liquidez está restringida por encajes y mora, el financiamiento de la economía real se bloquea, generando cicatrices duraderas en el empleo, la inversión y el consumo (Stiglitz)

Joseph Stiglitz, Nobel en 2001, insiste en que lo decisivo no es solo la cantidad de dinero, sino el canal del crédito: cuando las tasas activas se mantienen altas o la liquidez está restringida por encajes y mora, el financiamiento de la economía real se bloquea, generando cicatrices duraderas en el empleo, la inversión y el consumo. Estas perspectivas internacionales coinciden en que la dualidad es estructural y no se resuelve con voluntarismo.

El riesgo político y mediático es simétrico

Si el Gobierno decide bajar encajes y empujar una reducción más agresiva de tasas de interés, y el dólar se mueve con fuerza mientras la inflación se reacelera, la crítica será inmediata: “sacrificaron la estabilización por un crecimiento artificial”.

Si, en cambio, prioriza la desinflación y la estabilidad cambiaria, pero el crédito no fluye, la mora no cede, los salarios reales se estancan y la actividad doméstica no repunta, el reclamo será el opuesto: “tienen inflación a la baja y dólar quieto, pero la economía real no arranca y la gente no siente la mejora”. En ambos escenarios, la opinión pública tendrá argumentos para señalar el costo de la decisión tomada.

Si, en cambio, prioriza la desinflación y la estabilidad cambiaria, pero el crédito no fluye, la mora no cede, los salarios reales se estancan y la actividad doméstica no repunta (Foto: Reuters)
Si, en cambio, prioriza la desinflación y la estabilidad cambiaria, pero el crédito no fluye, la mora no cede, los salarios reales se estancan y la actividad doméstica no repunta (Foto: Reuters)

La delgada línea no es un invento teórico. Es la expresión concreta de las restricciones que impone una economía con historia de alta inflación, dolarización de carteras y desconfianza crónica en la moneda local. La prudencia monetaria ha permitido absorber shocks y consolidar credibilidad. La normalización de encajes y la endogeneidad de las tasas han reducido volatilidad. Pero la transmisión al crédito real sigue incompleta.

Avanzar demasiado rápido en la relajación puede reabrir el flanco nominal; mantenerse demasiado rígido retrasa la recuperación del mercado doméstico.

No existe una solución perfecta que satisfaga simultáneamente todos los objetivos ni a todos los públicos

No existe una solución perfecta que satisfaga simultáneamente todos los objetivos ni a todos los públicos. La política económica consiste, precisamente, en administrar trade-offs bajo incertidumbre y con memoria social de crisis previas.

El Gobierno ha apostado, hasta ahora, por consolidar el ancla nominal como condición previa. Esa decisión tiene méritos técnicos y ha producido resultados medibles en inflación y reservas. Pero también deja abierto el frente de la actividad y del crédito, donde la paciencia social tiene límites.

Cualquier movimiento en la tríada será escrutado con lupa y, casi con certeza, criticado. Esa es la naturaleza de la delgada línea: no hay margen amplio para el error ni para el triunfo unánime. Solo hay gestión cuidadosa de riesgos y la necesidad de comunicar con claridad que, en economía, las victorias absolutas son excepcionales y las dualidades, la regla.

El autor es Analista económico y director de la consultora Focus Market