
La reciente encíclica papal, Magnifica humanitas (MH) es, con ocasión también de la valoración de la Inteligencia Artificial, una muy profunda reflexión sobre la antropología cristiana, es decir, de la visión cristiana acerca del hombre.
Es este un campo propio (aunque no exclusivo ni en exclusividad) de la teología moral y, más concretamente, de la Doctrina Social de la Iglesia, donde ésta, como las restantes confesiones cristianas, tienen mucho que decir partiendo de la fe en un Dios hecho hombre. Cristo es verdadero Dios y verdadero hombre: por esta última condición, comparte con nosotros todo lo excelso, y lo menos excelso, de la humanidad: Jesús niño necesitaba que le cambiasen los pañales y le limpiasen la cola, tarea de la que, seguramente, se encargaban José y María, nada menos que el Patrono y la Madre de la Iglesia universal; otro ejemplo de la dignidad de todo lo humano. De lo rectamente humano, se entiende.
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Claro que hay individuos que parecieran no merecer la excelsitud humana. Pensemos en Stalin y sus purgas sangrientas, en Hitler y el Holocausto. También hay reproches que hacer en el lado democrático. El presidente Truman inauguró la era del terror atómico con las Bombas sobre Hiroshima y, tres días después, Nagasaki, llevando a la muerte (entre inmediata y por secuelas) a alrededor de 1.000.000 de personas. Es cierto que se apoyó en la excusa —conjetural, por cierto— del número de muertos que habría producido la defensa a ultranza del imperio nipón, pero olvidó una regla de oro de la moral: el fin no justifica, por sí sólo, la utilización de cualquier tipo de medio, especialmente cuando el medio es tan grave como el daño que el fin quiere evitar.

Pero dejemos este tema para centrarnos en la cuestión de la Justicia Social. En definitiva, tanto Stalin, como Hitler y Truman (por supuesto que entre ellos existen importantes diferencias en grados de maldad) participan también, por el sólo hecho de ser humanos, de la condición “magnífica” de la humanidad. Se trata de la dignidad de la condición humana, de lo debido al hombre por el sólo hecho de serlo (MH, 51y 52). Como lo señala el nº 53 de MH “Una dignidad infinita que se fundamenta inalienablemente en su propio ser, le corresponde a cada persona humana, más allá de toda circunstancia y en cualquier estado o situación en que se encuentre”. Subraya el Pontífice que se trata de una “dignidad infinita”, fundada en el propio ser de la persona humana y cuya infinitud resulta de la misma infinitud del amor de Dios y porque, “aun buscando hasta el infinito, nunca se encontrará nada que pueda suprimirla o negarla” (MH,53).
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Es ontológicamente imposible, por violar el principio de no contradicción, que un sistema contrario a la justicia social —es decir, un sistema basado en instituciones y estructuras injustas, que la MH (con cita de San Juan Pablo II) califica de “estructuras de pecado” (MH, 36)—, respete y enaltezca la dignidad humana. La justicia social, que es —junto con el bien común, la solidaridad y la subsidiariedad— un principio cardinal de la Doctrina Social de la Iglesia, es definida por León XIV como “…la capacidad de un orden social, económico y político que permita a todos —y en particular a los más frágiles— vivir de manera realmente humana, sin que ninguno se quede atrás” (MH,77). Así expresa un sistema cuyo punto de partida y de llegada se encuentra en “…los más vulnerables; los pobres, los migrantes, los refugiados, los desplazados internos, las víctimas de la violencia, las personas que viven en periferias urbanas o existenciales”, es decir todos los últimos y descartados, que en esta “opción preferencial por los pobres” (MH, 78) y por mandato evangélico, pasan a ser los primeros (Mt.19.30, entre otros) ¿No deberían ser alumbradas con esta luz las crisis migratorias que recurrentemente suelen asolar a las naciones más ricas, impulsadas por el subdesarrollo (en gran medida causado por culpas recíprocas) imperante en sus vecinos pobres? Si las naciones ricas abandonasen sus políticas antinatalistas y abortistas, la cuestión demográfica de las migraciones estaría mitigada por un razonable proceso de inclusión.

Como se ve la concepción misma de la justicia social es revolucionaria, ya que subvierte el orden existente, basado en la preferencia de los primeros sobre los últimos, para lograr que los últimos sean primeros, en lo que a las políticas sociales y económicas se refiere.
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Los que por sí mismos pueden ser primeros no necesitan ayudas. Por el contrario, tal condición, conforme con el principio de solidaridad, les impone a ellos ayudar a los rezagados, a los que sufren una suerte de descarte social. Es esta también una forma de aplicación de otro principio cardinal de la Doctrina Social de la Iglesia, el de subsidiariedad (MH, 68), que no solo está destinado a regir las relaciones entre el Estado y la sociedad, sino también, dentro de ésta, entre los más poderosos y los más débiles (MH,71). Este tiene que ser el verdadero “derrame” y no las migajas que, en la parábola evangélica, caen accidentalmente de la mesa del rico para alimento tanto del pobre Lázaro como de los perros del lugar (Lc 16, 19-31). El verdadero “derrame” es aquél donde el recipiente no se agranda en la misma medida de la cantidad de líquido vertido —de lo contrario impediría el aumento del derrame— sino el que, sin dejar de agrandarse, lo hace a un ritmo más lento, facilitando que el mayor líquido vertido (la riqueza socialmente generada) provoque un sensible incremento del derrame.

En ese clima de justicia social es donde podrá realizarse el bien común, como “…conjunto de condiciones de la vida social que hacen posible a las asociaciones y a cada uno de sus miembros el logro más pleno y más fácil de la propia perfección” (MH, 60). Si comparamos esta definición con la que la MH dedica a la justicia social, que hemos transcripto más arriba, comprobaremos la marcada cercanía que existe entre los conceptos de bien común y justicia social. Ambos se integran y alimentan recíprocamente como supuestos estrictamente necesarios para el pleno respeto de la dignidad humana.
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En el marco de la dignidad humana es donde debe concebirse, estudiarse, regularse y emplearse la Inteligencia Artificial. De lo contrario aquella servirá a sucedáneos deformados de la dignidad humana –el “transhumanismo” y el “posthumanismo”, denunciados por el Papa como “trasfondo ideológico que reside en algunos centros de poder tecnológico”, los que emplean las nuevas tecnologías “con una visión futurista de ‘humanidad potenciada’ o de ‘hombre hibridado’ con la máquina” (MH, 115).
¿Es este problema ajeno a la cuestión de la justicia social? Sin duda que no. Toda sociedad que no respete la dignidad humana es una sociedad injusta, simplemente porque conducirá a una “opción preferencial por los más dotados”, en tanto que más “hibridados”. Los demás, como en las novelas distópicas de Huxley y Bradbury, serán ciudadanos de segunda, una especie de humanoides sin derechos.
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