
Así como nuestro país, en 1816, declaró formalmente la independencia de España, la rebelión del general liberal Rafael del Riego en 1820 contra el absolutismo español sentenció la independencia efectiva definitiva de las Provincias Unidas del Río de la Plata.
En 1810, el Virreinato del Río de la Plata declaró su autogobierno como consecuencia de que el rey Fernando VII estaba prisionero de Napoleón: la soberanía debía “retrovertirse” al pueblo del Virreinato.
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Para Bartolomé Mitre, en Historia de Belgrano y la Independencia Argentina (1877), desde la revolución de Mayo de 1810, la guerra en Sudamérica era básicamente una guerra civil, debido al abandono fáctico de las colonias como consecuencia de la prisión del rey español.
Pero la liberación de Fernando VII en 1812 y la posterior anulación de la Constitución liberal de Cádiz, llamada “La Pepa”, de ahí el grito difundido de “Viva la Pepa”, mediante el Manifiesto de los Persas de 1814, no solo devolvieron el absolutismo a España, sino también la intención de recuperar las colonias a sangre y fuego, a partir de lo cual la insurrección americana se transformó de guerra civil en guerra oficial de reconquista.
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En efecto, el rey Fernando VII organizó sendas expediciones para reconquistar Buenos Aires. La primera, dirigida por el general Murillo en 1815, desvía el curso y termina por invadir lo que hoy es Venezuela y luego Colombia; posteriormente fue resistida por el general Bolívar. La segunda, finalmente, se dirigió a Perú, pero fracasó en Chile debido a un motín: sus sublevados se pusieron al servicio de Buenos Aires.
El éxito de las Provincias Unidas en expulsar a los españoles de Montevideo y liberar Chile, así como la expectativa de invadir el Perú, convenció al rey de armar una expedición invasora contra Buenos Aires
El éxito de las Provincias Unidas en expulsar a los españoles de Montevideo y liberar Chile, así como la expectativa de invadir el Perú, convenció al rey de armar una expedición invasora contra Buenos Aires, foco de la insurrección sudamericana, tan grande como nunca antes había visto España.
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De ahí en más, toda la política y la estrategia militar de las Provincias Unidas giraron en torno a la posible invasión española. Más aún, la intención del gobierno de retornar las tropas preparadas para invadir el Perú hacia Buenos Aires tuvo como objetivo no solo defenderse de los caudillos del interior, sino, sobre todo, de la posible invasión española.
La magnitud de la expedición preparada en Cádiz para masacrar Buenos Aires era enorme para la época. Según la Gaceta de Buenos Aires, edición n.º 153 del 29 de diciembre de 1819, la expedición comprendía seis navíos, 13 fragatas, 10 bergantines, tres goletas, 29 cañoneras y 40 transportes con 20 mil tropas de desembarco.
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Buenos Aires disponía únicamente del ejército preparado para invadir Perú: menos de 8.000 hombres, ubicados en el norte del país, con escasos recursos militares para hacer frente a semejante ejército invasor y, al mismo tiempo, reprimir las montoneras y la amenaza de los pueblos originarios.
A mediados de 1819 se produjo la rebelión de las tropas acantonadas en Cádiz para la invasión de Buenos Aires, en un complot dirigido por militares de tendencia liberal (“la conspiración del Palmar”), con vínculos con las logias masónicas de la época, y liderado por el propio comandante nombrado por el rey: el conde de la Bisbal, quien luego traicionó a la revolución y entregó a sus principales cabecillas.
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Los motivos de la rebelión eran derrocar el absolutismo de Fernando VII y restablecer la Constitución de Cádiz de 1812 mediante la insurrección de la expedición de ultramar contra Buenos Aires, aprovechando la situación de sueldos impagos y la fiebre amarilla que comenzaba a desatarse.
Cierto es que España ya estaba en decadencia: el fin de la hegemonía española en Europa, marcado por la Guerra de los 30 años a mediados del siglo XVII; el dispendio, el escaso ahorro y la mala administración de la bonanza producida por el oro americano, que había provocado inflación, la llamada “revolución de precios del siglo XVI y XVII”; la pérdida de la mayor parte de la armada en la Batalla de Trafalgar en 1805; y, por último, la crisis económica y social derivada de la invasión napoleónica y su resistencia.
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Se rearmó la conspiración liberal en España, que habría sido financiada en parte con recursos provenientes de Buenos Aires
Ayudados por estas circunstancias, se rearmó la conspiración liberal en España, que habría sido financiada en parte con recursos provenientes de Buenos Aires. En efecto, el Director Supremo Juan Martín de Pueyrredón designó como agentes conspiradores a Andrés Argüibel y Tomás Lezica, comerciantes argentinos radicados en Cádiz, con sucursales en Buenos Aires, para que financiaran e infiltraran las logias masónicas militares y las tropas invasoras, y las hicieran girar desde Buenos Aires hacia el interior de España en contra del rey, con el fin de restituir la Constitución liberal de Cádiz.
La leyenda historiográfica del oro americano sobornando la rebelión de la expedición española estaría confirmada por el testimonio de Alcalá Galeano, integrante de la conspiración liberal española, en sus Memorias de Ultramar (1821), y por el mismo Director Supremo Juan Martín de Pueyrredón (1816-1819), en una adición a su carta (1829) Refutación a una atroz calumnia hecha con demasiada ligereza a un general de la República Argentina, donde afirma:
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“Emprendí por fin la obra de insurreccionar el mismo ejército que debía obrar nuestra ruina. D.Ambrosio Lezica, negociante de esta ciudad, fue encargado de dirigirse à su hermano D.Tomás, establecido en Cádiz, para iniciar sus relaciones con los gefes de aquel ejército...Los señores D.Tomás Lezica y D.Andrés Arguibel, naturales de Buenos Aires y establecidos con crédito en la plaza de Cádiz, fueron los agentes que llevaron á su término aquella riesgosa empresa. Fueron facultados para invertir las sumas de dinero que fuesen necesarias y autorizados para empeñar la responsabilidad del gobierno á todo lo que obrasen conducente al intento. La eficacia y destreza con que se manejaron apareció en el resultado. El ejército de la Isla de León se insurreccionó, la terrible expedición que nos amenazaba se convirtió en daño del mismo que la formó y la República Argentina se vio por este medio libre y triunfante de sus enemigos. ¡Honor eterno a los nombres de Lezica y Arguibel entre los amigos de la libertad!”
Según el historiador José María de León, en su libro La Masonería Gaditana (1993), tanto Argüibel como Lezica contribuyeron al mismo con mil pares de zapatos y doce mil duros al Pronunciamiento de Riego para la rebelión de las tropas invasoras, que representarían unos 650 mil dólares actuales, suma quizá menor ante la magnitud de los sueldos impagos de las futuras tropas invasoras, pero reveladora del involucramiento de los agentes de Buenos Aires en las actividades conspirativas en Cádiz.
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Asimismo, Pueyrredón citó a Quiroga, líder de la rebelión junto a Riego, quien, en sus memorias, habría dado testimonio de la colaboración del gobierno argentino con la rebelión liberal española.
Con las partidas diezmadas por la fiebre amarilla y los sueldos impagos, el general liberal Rafael del Riego sublevó a parte de las tropas de Cabeza de San Juan el 1 de enero de 1820 y, de allí, al resto de España, imponiéndole finalmente la Constitución liberal al rey Fernando VII.
El fracaso de la expedición de Cádiz alivió la presión militar sobre las Provincias Unidas y facilitó la continuidad del plan continental de San Martín.

Paradójicamente, el liberalismo español sentenció la independencia efectiva y definitiva de la futura Nación Argentina, en parte gracias al apoyo financiero y a la infiltración argentina en sus filas, que ayudaron a España a liberarse del yugo absolutista.
El pueblo de España odia a Fernando VII no solo por su represión y terror indiscriminados contra la población para sostener su absolutismo, sino también por haber perdido las colonias americanas.
Posteriormente, Fernando VII, con la ayuda del ejército francés, los llamados “Cien Mil Hijos de San Luis”, aplastaría al gobierno del Trienio Liberal, surgido tras la rebelión, y sentenciaría a Del Riego a la horca. Con salvaje ironía, el rey gritó “¡Viva Riego!” cuando el general fue ajusticiado.
El general Del Riego se convirtió en prócer y símbolo antiautoritario no solo para el liberalismo español, sino también para el progresismo español y mundial, cuya leyenda cobró tal magnitud que el dictador general Franco prohibió el Himno a Riego.
Para el historiador español Alberto Gil Novales (España exporta la Revolución -1985-), un signo del impacto del mito del Riego en la Argentina independiente es que se cantara por parte de los unitarios contra los federales el himno liberal español antiabsolutista y provocador por excelencia: “el Trágala”, en versión argentina:
“Trágala Trágala, Federalón (vil servilón), traga la Constitución” (entre paréntesis, versión española original).
Cuando en 1976, para celebrar el fin del franquismo, se editó el disco 1936-1939: 25 himnos y canciones de la Guerra Civil Española, se incluyó el Trágala; pero los editores no se dieron cuenta de que el ejemplo escogido era un Trágala argentino, o argentinizado, con pampas y todo, difícil de encontrar en la geografía española.
El autor es profesor en UBA y Ucema, y Director Centro Estudios de la Productividad-Base Arklems+LAND
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